domingo, 10 de marzo de 2013

Sébastien Faure - Doce pruebas de la inexistencia de Dios


 

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Sébastien Faure 1858-1942

Doce pruebas de la inexistencia de Dios

"Cualquiera que niegue la autoridad y luche contra ella es un anarquista". (Sébastien Faure 1858-1942, escritor y filósofo anarquista y ateo francés).

Sébastien Faure (Saint-Étienne, Loira, 6 de enero de 1858 - Royan, Charente Marítimo, 14 de julio de 1942). Escritor y filósofo anarquista y ateo francés. Inició estudios de seminarista para ser religioso católico, pero fueron interrumpidos por cuestiones familiares. Se inicia en política de la mano del Partido Socialista Francés, pero lo abandona en (1888), pasándose al Anarquismo.

En (1894), fue juzgado en el llamado "Juicio de los Treinta". Durante el Caso Dreyfus, fue uno de los abanderados de la defensa de Alfred Dreyfus. En (1904), creó cerca de Rambouillet una escuela libertaria llamada "La Ruche". En (1916), edita el Periódico Ce qu'il faut dire. En (1918), es encarcelado por organizar un mitin ilegal. Viajó a España en (1936) invitado por la organización anarcosindicalista CNT. Fue también el iniciador de la "Enciclopedia Anarquista" y uno de los promotores de la denominada "Síntesis Anarquista".

Obras: "Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios"; "La Impostura Religiosa"; "El Dolor Universal"; "Observaciones Subversivas"; "La Síntesis Anarquista"; "Mi Comunismo".

Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios según Sébastien Faure:

1). Contra el Dios Creador

La acción de crear es inadmisible. ¿Qué es crear? ¿Es valerse de materiales diferentes y utilizando ciertos principios experimentales, aplicando ciertas reglas conocidas, aproximar, agrupar, asociar, ajustar esos materiales, a fin de hacer cualquier cosa?
 ¡No! Eso no es crear. Ejemplos: ¿Puede decirse de una casa que ha sido creada? ¡No! Ha sido construida. ¿Puede decirse de un mueble que ha sido creado? ¡No! Ha sido fabricado. ¿Puede decirse de un libro que ha sido creado? ¡No! Ha sido compuesto y luego impreso.
Así, tomar materiales existentes y hacer con ellos cosa alguna no es crear... ¿Qué es, pues, crear?
Crear... la verdad es que me encuentro indeciso para poder explicar lo inexplicable, definir lo indefinible. Procuraré, sin embargo, hacerme comprender. Crear es obtener algo de la nada; es formar lo existente de lo inexistente. Por tanto, yo imagino que no encontrará ni una sola persona dotada de mediana razón que conciba cómo con nada puede hacerse alguna cosa.
Supongamos un matemático. Buscad al calculador de más mérito: ponedle delante una pizarra; solicitad de él que trace ceros y más ceros, y una vez la operación terminada, ya puede multiplicar cuanto quiera, dividir hasta que se canse, realizar toda clase de operaciones matemáticas, y no llegará jamás a extraer de esa acumulación de ceros una sola unidad. Con nada, nada puede hacerse; de nada, no puede obtenerse nada, y el famoso aforismo de Lucrecio “ex nihilo nihil”, resulta de una certeza y una evidencia manifiestas. El gesto creador es un gesto imposible de admitir, es un absurdo.

Crear es, pues, una expresión místico-religiosa y que puede ser de algún valor a los ojos de las personas a quienes place creer lo que no comprenden y a quienes la fe se impone tanto más cuanto menos la comprenden. Es, en cambio, un contrasentido para todo individuo culto y sensato, para quien las palabras no tienen más valor que el que adquieren al contacto con la realidad o una posibilidad.
En consecuencia, la hipótesis de un Ser verdaderamente creador es una hipótesis que la razón rechaza. El Ser creador no existe, no puede existir.

2). El Espíritu puro no pudo determinar el Universo
A los creyentes que, a despecho de toda razón, se obstinan en admitir la posibilidad de la creación, les diré que, en último caso, es imposible poder atribuir esta creación a su Dios. Su Dios es el Espíritu puro. Por lo tanto, es imposible sostener que el Espíritu puro, lo inmaterial, haya determinado el Universo: lo material. He aquí por qué:
 El espíritu puro no está separado del Universo por diferencia de grado, de cantidad, sino por una diferencia de naturaleza, de calidad. De suerte que el espíritu puro no es, no puede ser, una amplificación del Universo; ni tampoco el Universo es, ni puede ser, una reducción del espíritu puro. La diferencia aquí no es solamente una distinción, es una oposición: Oposición de naturaleza; esencial, fundamental, irreductible, absoluta. Entre el Espíritu puro y el Universo, no solamente existe un foso más o menos ancho, más o menos profundo, y que, en rigor, pudiera llenarse o franquearse, no; existe un verdadero abismo, de una profundidad y extensión tan inmensas que por grande que sea el esfuerzo que se realice, nadie ni nada puede allanar.
Ateniéndome a mi razonamiento desafío al filosofo más sutil, como al matemático más consumado, a que establezca una relación (cualquiera que ella sea y mucho mejor la directa de causa a efecto), entre el puro espíritu y el Universo.
El Espíritu puro no admite ninguna alianza material; no tiene ni forma, ni cuerpo, ni línea, ni materia, ni proporción, ni profundidad, ni extensión, ni volumen, ni color, ni sonido, ni densidad, todas cualidades inherentes al Universo y que no han podido ser determinadas por la abstracción metafísica.
 Llegado a este punto de mi demostración, establezco sólidamente, en los 2 argumentos precedentes, la conclusión siguiente: Hemos visto que la hipótesis de un poder verdaderamente Creador es inadmisible; que aun persistiendo en esa creencia, no puede admitirse que el Universo, esencialmente material, haya sido creado por el Espíritu puro, esencialmente inmaterial.
Pero si, como creyentes, os obstináis afirmando que ha sido vuestro Dios quien ha creado el Universo, la pregunta se impone; en la hipótesis Dios, ¿dónde se hallaba la materia en su origen, en su principio?
Y bien: De 2 cosas una: O bien la materia estaba fuera de Dios, o bien era Dios mismo (no creo podáis otorgarle un tercer lugar). Así, pues, en el primer caso, si estaba fuera de Dios, no tuvo éste necesidad de crearla, puesto que ya existía, y si coexistía con Dios, no cabe la menor duda que estaban en concomitancia, de lo que se desprende vuestro Dios, ese concepto de Dios, no es creador.
 En el segundo caso, es decir, si no estaba fuera de Dios, es que estaba en Dios mismo, y en este caso, saco las conclusiones siguientes:
1-Que Dios no es el Espíritu puro, puesto que llevaba en sí una partícula de materia; ¡Y qué partícula! ¡La totalidad de los mundos materiales!
2-Que Dios, llevando materia en sí mismo, no ha tenido necesidad de crearla, dado que ya existía y que existiendo no hizo más que hacerla salir, y en este caso la creación cesa de ser un acto de verdadera creación y se reduce a un acto de exteriorización.
La creación no existe en ninguno de los 2 casos.

3). Lo Perfecto no produce lo Imperfecto
Estoy seguro que si hago a un creyente esta pregunta: ¿Lo imperfecto puede producir lo perfecto? Me respondería sin la menor vacilación negativamente.
 Lo perfecto es lo absoluto; lo imperfecto, lo relativo; enfrente de lo perfecto, que significa todo, lo relativo, lo contingente, no significa nada, no tiene valor, se eclipsa, y, por lo tanto, no hay nadie capaz de establecer relación alguna entre ambos; a "fortiori" sostenemos la imposibilidad de evidenciar, en este caso, la rigurosa concomitancia que debe existir entre la causa y el efecto.
 Es, por lo tanto, imposible que lo perfecto haya podido determinar lo imperfecto. Por el contrario, existe una relación directa, fatal y hasta matemática entre una obra y su autor. Por la producción se conoce el valor intelectual, la capacidad, la habilidad del sabio, del pensador, del obrero, del artista, como por la calidad del fruto se distingue el árbol al que pertenece.
La Naturaleza es bella; el Universo es grandioso y yo admiro apasionadamente, tanto como el que más, los esplendores y las magnificencias de las que nos ofrece un ininterrumpido espectáculo. Sin embargo, por muy entusiasta que yo sea de las bellezas naturales, y por grande que sea el homenaje que les rinda, no me atreveré a sostener que el Universo sea una obra sin defectos, irreprochable, perfecta. Y no creo que haya nadie capaz de sostener tal opinión.
Luego, no siendo la obra irreprochable, el autor, el Dios de los creyentes, tampoco es perfecto. En conclusión: O Dios no existe o no puede ser el Creador, tal es mi convicción. O bien: siendo el Universo una obra imperfecta, Dios no puede ser sino imperfecto. Silogismo o dilema, la conclusión del razonamiento es la misma. Lo perfecto no puede determinar lo imperfecto.

4). El Ser eterno, activo y necesario, no pudo estar inactivo o ser innecesario
Si Dios existe, es eterno, activo y necesario. ¿Eterno? Lo es por definición. Es su razón de ser. No puede concebirse comenzando o acabando; no puede haber aparición ni desaparición. Es de siempre.
 ¿Activo? Lo es y no puede dejar de serlo, puesto que su actividad se ha afirmado, dicen los creyentes, por la acción más colosal y más majestuosa que imaginarse pueda: la Creación de los Mundos.
 ¿Necesario? Lo es y no puede dejar de serlo pues sin su voluntad nada existiría, puesto que es el autor de todas las cosas, el punto inicial de donde todo salió, la fuente única y primera de donde todo emana, puesto que, suficiente en sí mismo, ha dependido de su sola voluntad que todo sea o que no sea nada. Por lo tanto es: eterno, activo, necesario.
Pretendo y voy a demostrarlo, que si es eterno, activo, necesario, también debió ser eternamente activo y eternamente necesario; en consecuencia, no pudo estar nunca inactivo o ser innecesario y, por lo tanto, no ha creado nunca.
Decir que Dios no es eternamente activo es admitir que no siempre lo fue, que ha llegado a serlo, que ha comenzado a ser activo, que antes de serlo no lo era, y puesto que por la creación es como se ha manifestado su actividad, es afirmar a un mismo tiempo que, durante los millares y millares de siglos que precedieron a la acción creadora, Dios estaba inactivo.
Decir que Dios no es eternamente necesario, es admitir que no siempre lo ha sido, que ha llegado a serlo, que ha comenzado a serlo y que antes de serlo no lo era, puesto que es la creación la que proclama y atestigua la necesidad de Dios; es afirmar a un mismo tiempo que, durante los millares y millares de siglos que seguramente precedieron a la acción creadora, Dios era innecesario. ¡Dios abandonado y perezoso! ¡Dios inútil y superfluo! ¡Qué postura para el Ser eternamente activo y esencialmente necesario!
Hay, pues, que confesar que Dios es en todo tiempo activo y necesario. Pero entonces no puede haber creado, desde el momento en que la idea de creación implica de manera absoluta la idea de principio, de origen. Una cosa que empieza, no ha existido siempre. Existió necesariamente un tiempo en que antes de ser no era y corto o largo, este tiempo fue el que precedió a la cosa creada, es imposible suprimirlo, pues de todos modos existe.
Así resulta que: o Dios no fue eternamente necesario, y sólo llegó a serlo por la creación. Y si es así, resulta que le faltaba a ese Dios antes de la creación estos dos atributos: La actividad y la necesidad. Era un Dios incompleto, era solo un pedazo de Dios y tuvo la necesidad de crear para llegar a ser activo y necesario, y completarse.
O bien Dios es eternamente activo y necesario y, en este caso, ha creado eternamente. La creación es eterna, el Universo no ha comenzado jamás, existió en todo tiempo, es eterno como Dios, es Dios mismo con el cual se confunde. Siendo así, el Universo no ha tenido principio alguno, no ha sido creado.
Así, pues, en el primer caso, Dios, antes de la creación, no era ni activo, ni necesario, estaba incompleto, es decir, era imperfecto, y, por lo tanto, no existía, o bien, en el segundo caso siendo Dios eternamente activo y eternamente necesario, no pudo llegar a serlo y no puede haber creado. Imposible salir de aquí.

5). El Ser inmutable no pudo haber creado
Si Dios existe, es inmutable. No cambia, no puede cambiar. Mientras que en la Naturaleza todo se modifica, se metamorfosea, se transforma, pues nada es definitivo, ni llega a serlo, pero Dios, punto fijo, inmóvil en el espacio, no sujeto a modificación alguna, no se transforma, ni puede llegar a transformarse. Es hoy lo que fue ayer, será mañana lo que es hoy. Que se busque a Dios en la lejanía de los siglos pasados como en la de los tiempos futuros, es y será constante idéntico en sí.
 Dios es inmutable. Sin embargo, sostengo que si Dios ha creado, no es inmutable, pues ha cambiado dos veces. Determinarse a querer, es cambiar. Es evidente que existe un cambio entre el ser que quiere una cosa y el que queriéndola la pone en ejecución. Si yo deseo y quiero hoy lo que no deseaba ni quería hace cuarenta y ocho horas, es que se ha producido en mi, o a mi alrededor, una serie de circunstancias que me han inducido a querer. Este nuevo deseo de querer constituye una modificación que no se puede poner en duda, que es indiscutible.
Paralelamente: Accionar o determinarse a accionar, es modificarse. Es también cierto que esta doble modificación, querer obrar, es mucho más considerable y más valiente, pues se trata de una resolución grave y de una acción importante.
Dios ha creado, decís vosotros. Sea. Entonces ha cambiado 2 veces: La primera vez, cuando tomó la determinación de crear; la segunda vez, al llevar a la práctica esta determinación y ejecutarla.
 Si ha cambiado 2 veces, no es inmutable. Y si no es inmutable, no es Dios, no existe. El Ser inmutable no puede haber creado.

6). Dios no pudo haber creado sin motivo
De cualquier forma que se pretenda examinarla, la Creación es inexplicable, enigmática, falta de sentido. Salta a la vista que, si Dios ha creado, es imposible admitir que realizara este acto tan grandioso, en el que las consecuencias debían ser fatalmente proporcionadas al acto mismo, y por consiguiente, incalculables, sin que lo hiciera determinado por una razón de primer orden.
Ahora bien: ¿Cuál pudo ser esta razón? ¿Por qué motivo tomó Dios la resolución de crear? ¿Qué móvil le impulso a ello? ¿Qué deseo germinó en él? ¿Qué designio se forjó? ¿Qué idea persiguió? ¿Qué fin se había propuesto?
 Bien mirado, este Dios no puede experimentar ningún deseo, puesto que su felicidad es infinita, ni perseguir ningún fin, cuando nada falta a su perfección; no puede formar ningún designio, puesto que nada puede extender su poder; no puede determinarse a querer nada no teniendo necesidad alguna.
¡Ea! Filósofos profundos, pensadores sutiles, teólogos prestigiosos, responded para qué Dios ha creado y puesto al hombre en el mundo y decid por qué Dios lo ha creado y lo ha lanzado al mundo. Estoy bien tranquilo: Vosotros no podéis responder, a menos que digáis: “Los misterios de dios son impenetrables”, y aceptéis esta respuesta como suficiente. Y haréis bien absteniéndoos de toda otra respuesta, porque ella, os lo prevengo caritativamente, entrañaría la ruina de vuestro sistema y el derrumbamiento de vuestro Dios. La conclusión se impone lógica, imperdonable: Dios, si ha creado, ha creado sin motivo, sin saber por qué, sin ideal.
 ¿Sabéis a dónde nos conducen las consecuencias de tal conclusión? Vais a verlo: Lo que diferencia los actos que realiza un hombre dotado de razón, de los de otro atacado de demencia; lo que hace que uno sea responsable y otro irresponsable, es que un hombre de razón sabe siempre o puede llegar a saber, cuando realiza algo, cuáles han sido los móviles que le han impulsado, cuales los motivos que le han inducido a practicar lo que pensaba.
 Mucho más cuando se trata de una acción importante y cuyas consecuencias entrañan gravemente su responsabilidad, es preciso que el hombre entre en posesión de su razón, se repliegue sobre sí mismo, se libre a un examen de conciencia, serio, persistente e imparcial, que por sus recuerdos reconstruya el cuadro obligado de los acontecimientos que ha convivido, en una palabra, que procure revivir las horas pasadas, para que pueda discernir con claridad cuáles fueron las causas y el mecanismo de los movimientos que le determinaron a obrar.
 Con frecuencia no puede vanagloriarse de las causas que le han impulsado y a menudo le hacen enrojecer de vergüenza: Más cualesquiera que sean estos motivos nobles o viles, interesados o generosos, llega a descubrirlos en un determinado momento.
 Un loco, al contrario, procede sin saber por qué, y una vez el acto realizado, por grandes que sean las consecuencias que de él puedan derivarse, interrogadle, encerradle si queréis, en un circulo estrecho de preguntas, y no obtendréis de este pobre demente más que vaguedades e incoherencias. Por tanto lo que diferencia los actos de un hombre sensato de los de un insensato, es que los actos del primero se explican, tienen una razón de ser, se distingue la causa y el efecto, el origen y el fin, mientras que los actos de un hombre privado de razón no se explican, y él mismo es incapaz de discernir el porqué los ha cometido y el fin que persiguió al realizarlos.
 Ahora bien: Si Dios ha creado sin motivo, sin causa, ha procedido como un loco, y en este caso la creación parece como un acto de demencia.
 Para terminar con el Dios de la Creación, me parece indispensable examinar dos objeciones. Pensaréis bien que aquí las objeciones abundan: por eso, cuando hablo de dos objeciones, me refiero a dos que son capitales, clásicas. Estas objeciones tienen tanto más importancia cuanto que se puede, con habilidad en la discusión, englobar todas las otras en estas dos:

1). ¿Imposibilidad de conocer a Dios?
 Se me dice: “No tiene usted derecho para hablar de Dios en la forma en que lo hace. No nos presenta sino a un Dios caricaturizado, sistemáticamente reducido a las proporciones de pequeñez que osa acordarle su entendimiento. Ese Dios no es el nuestro. El nuestro no puede usted concebirlo, puesto que es superior a usted, puesto que lo desconoce. Sepa que lo que es fabuloso para el hombre más fuerte y más inteligente en todas las ramas del saber, es para Dios un simple juego de niños. No olvide que la humanidad no puede moverse en el mismo plano que la divinidad. No pierda de vista que le es tan imposible comprender al hombre comprender la manera en que Dios precede como a los minerales imaginar cómo viven los vegetales, como a los vegetales concebir el desarrollo de los minerales y a los animales saber cómo viven y operan los hombres. Dios ocupa unas alturas a las que usted es incapaz de llegar; habita unas montañas para usted inaccesibles. Sepa que cualquiera que sea el grado de desarrollo de una inteligencia humana, por importantes e intensos que sean los esfuerzos realizados por esta inteligencia, jamás podrá elevarse a la altura de Dios”.
 “Advierta, en fin, que jamás el cerebro del hombre, que es limitado, podrá abarcar a Dios, que es ilimitado. Confiese lealmente que no es posible comprender ni explicar a Dios. Pero de no poder comprenderlo ni explicarlo, no saque la consecuencia de que ello le da derecho a negar su existencia.”
Mi contestación a los teístas:
 Me dais, señores, consejos de lealtad que estoy dispuesto a aceptar. Me hacéis recordar que soy un simple mortal, lo que legítimamente reconozco, y de lo que procuro no separarme.
 Me decís que Dios me supera, que lo desconozco. Sea. Consiento en reconocerlo, afirmo que lo finito no puede concebir ni explicar lo infinito, pues es una verdad tan cierta y tan evidente que no está en mi mano hacerle oposición alguna. Veis, pues, que hasta aquí estamos de perfecto acuerdo, de lo que espero estaréis bien contentos.
Solamente que me permitiréis os dé iguales consejos de lealtad y de modestia, que antes me ofrecisteis y yo acepte, para preguntaros: ¿No sois vosotros hombres lo mismo que yo? ¿No os supera Dios como a mí me supera? ¿No os es inaccesible como lo es para mí? ¿Tendréis la pretensión de creeros iguales a la Divinidad? ¿Tendréis la manía de pensar y la tontería de creer que de un vuelo podéis llegar a las alturas que Dios ocupa? ¿Seréis presuntuosos al extremo de creer que vuestro pensamiento, que es finito, pueda comprender lo infinito? No quiero haceros la injuria de creer que sostengáis una extravagancia tan banal.
 Así, pues, tened la modestia y la lealtad de confesar que, si a mí me es imposible comprender a Dios, vosotros tropezáis con el mismo obstáculo. Tened, en fin, la probidad de reconocer que, si porque a mí no me es permitido concebir y explicar a Dios, se me niega el derecho a negarlo, a vosotros, como a mí, no os es permitido concebirlo ni explicarlo, tampoco tenéis derecho a afirmarlo.
No creáis que por esto quedamos en igual situación que antes. Puesto que fuisteis los primeros en afirmar la existencia de Dios, tenéis el deber de ser los primeros en cesar en vuestras afirmaciones. ¿Hubiera yo soñado jamás en negar la existencia de Dios, si vosotros no hubierais empezado por afirmarla, y cuando era todavía un niño no se me hubiera impuesto la necesidad de creer en él, si cuando era adolescente no hubiera oído afirmaciones en este sentido, si hombre ya, mis miradas no hubieran constantemente contemplado las iglesias y los templos elevados a ese Dios?

Han sido vuestras afirmaciones las que han provocado mis negaciones. Cesad de afirmar vosotros y yo cesaré de negar.

2). La segunda objeción parece más invulnerable. Muchos la consideran sin réplica. Esta proviene de los filósofos espiritualistas. Estos señores dicen sentenciosamente: No hay efecto sin causa: el Universo es un efecto, y como no hay efecto sin causa, esta causa es Dios. El argumento está bien presentado y parece bien construido. Lo esencial estriba en saber si todo esto es verdad. Este razonamiento, en buena lógica, se llama silogismo. Un silogismo es un argumento compuesto de tres preposiciones: La mayor, la menor y la consecuencia; comprende 2 partes: Las premisas, constituidas por las 2 primeras proposiciones, y la conclusión representada por la tercera.
Para que un silogismo sea inatacable necesita: 1. Que la proposición mayor y la menor sean exactas; 2. Que la tercera proposición dimane lógicamente de las 2 primeras.
Si el silogismo de los filósofos espiritualistas reúne estas dos condiciones, es irrefutable y no me queda otra solución que aceptarlo; pero si carece de una sola de esas dos condiciones resulta nulo, sin valor y el argumento se hunde por sí solo.
A fin de reconocer su calor, examinemos las 3 proposiciones que lo componen.

Primera Proposición, Mayor: No hay efecto sin causa. El efecto no es más que la continuación, la prolongación, el fin de la causa. Quien dice efecto, dice causa. La idea de causa provoca necesariamente la idea de efecto. Creerlo en otro sentido es creer lo absurdo. Así, pues, en esta primera proposición estamos de acuerdo.
 Segunda Proposición, Menor: El Universo es un efecto. Antes de continuar, solicito algunas explicaciones: ¿Sobre qué se apoya una afirmación tan categórica? ¿Cuál es el fenómeno o el conjunto de fenómenos? ¿Cuál es la constatación o el conjunto de constataciones que permite hacer una declaración tan afirmativa? Y en primer lugar: ¿Es que conocemos lo suficiente el Universo? ¿Es que nuestros conocimientos lo han estudiado, comprendido, escrutado para que nos sea permitido hacer tales afirmaciones? ¿Hemos penetrado en sus entrañas y explorado sus espacios inconmensurables? ¿Acaso hemos descendido a las profundidades del océano? ¿Conocemos todas las cosas que son del dominio del Universo? ¿Es que este nos ha mostrado todos sus secretos y todos sus enigmas? ¿Lo hemos entendido, palpado, sentido, observado todo? ¿Nada tenemos que aprender? ¿Nada nos queda por descubrir? Abreviando: ¿Es que estamos en condiciones de hacer una apreciación formal, definitiva, un juicio indiscutible del Universo?
Ninguno osara, suponemos, responder afirmativamente a todas estas cuestiones, y seria digno de lástima el que tuviera la audacia, mejor dicho, la insensatez de sostener que conoce al Universo.
El Universo, es decir, no solamente este ínfimo planeta que nosotros habitamos, sobre el cual se arrastran nuestras miserables armaduras óseas; no solamente los millares de astros y de planetas que conocemos, que forman parte de nuestro sistema solar o que se descubren en el curso del tiempo, sino también los mundos, ¡esos otros mundos cuya existencia conocemos por conjetura, pero cuya distancia y número nos son incalculables!
 Si yo dijera: “el Universo es una causa”, tengo la certeza de que desencadenaría espontáneamente contra mí las rechiflas y las protestas de todos los creyentes, y sin embargo, mi afirmación no será más descabellada que la suya. Mi temeridad seria igual a la suya, esto es todo
 Si yo estudio y observo el Universo tanto como las circunstancias lo permiten al hombre hacerlo hoy, he de constatar que es un conjunto increíblemente complejo y denso, un entrecruzamiento impenetrable y colosal de causas y efectos que se determinan, se encadenan, se suceden, se repiten y se penetran. Observaré enseguida que el todo forma una cadena sin fin en la que los eslabones están indisolublemente ligados y en la que cada uno de estos eslabones es causa y efecto; efecto que sigue. ¿Quién podrá decir: “he aquí el ultimo anillo, el anillo efecto”? ¿O: “hay una causa número primero, hay un efecto número último”?
 A la segunda proposición: “El Universo es un efecto”, le falta una condición indispensable: la exactitud. En consecuencia, el citado silogismo no vale nada. Yo agrego que aun en el caso de que esta segunda proposición fuera exacta, quedaría por establecer que la conclusión fuese aceptable, que el Universo es el efecto de una causa única, de la causa primera, de una causa sin causa, de una causa eterna.
 Espero sin inquietud esta demostración que aunque muchas veces se ha deseado, no ha sido posible, y esto lo decimos sin temeridad alguna, establecer seria, positiva y científicamente.
 Por último, admitiendo que el silogismo entero fuera irreprochable, podría fácilmente volverse contra la tesis del Dios Creador y a favor de mi demostración. Ensayemos... ¿No hay efecto sin causa? Sea. ¿El Universo es un efecto? De acuerdo. Entonces, ¿este efecto tiene una causa que nosotros llamamos Dios? Sea. No os entusiasméis, deístas; escuchadme, que aún no habéis triunfado. Si es evidente que no hay efecto sin causa, es también rigurosamente cierto que no existe causa sin efecto. No hay, no puede haber, causa sin efecto.

Quien dice causa, dice efecto; la idea causa, implica necesariamente y llama inmediatamente la idea de efecto; en otro caso, la causa sin efecto sería una causa de la nada, lo que sería tan absurdo como un efecto de nada. Así, pues, está bien entendido que no hay causa sin efecto.

Vosotros decís que el Universo efecto, tiene por causa a Dios.
En sentido inverso, podemos decir que la causa Dios, tiene por efecto el Universo. De lo que resulta imposible separar el efecto de la causa e imposible resulta también separar la causa del efecto.
 Vosotros afirmáis, en fin, que Dios-Causa es eterno. De esto saco la conclusión de que el Universo-Efecto es igualmente eterno, puesto que a una causa eterna indudablemente corresponde un efecto también eterno. Si pudiera ser de otro modo, es decir, si el Universo no hubiera comenzado durante los millares y millares de siglos que quizá han precedido a la creación, Dios habría sido durante todo ese tiempo una causa sin efecto, lo que es imposible; una causa de la nada, lo que es absurdo.
 En consecuencia, si Dios es eterno, el Universo también lo es, y si el Universo es eterno, no ha comenzado jamás, de lo que resulta que no ha sido creado. ¿Esta esto claro?

7). Contra El Dios Gobernador o Providencia
El Gobernador niega al Creador. Son muchísimos, forman legión, los que a pesar de todo se obstinan en creer. Concibo que, en rigor, pudiera creerse en la existencia de un Creador perfecto, o que se creyera en un gobernador necesario; pero me parece imposible que razonablemente pueda creerse en la existencia de uno y de otro al mismo tiempo, porque estos dos seres perfectos se excluyen categóricamente: afirmar a uno es negar al otro; proclamar la perfección del primero es confesar la inutilidad del segundo; sostener la necesidad del otro; pero resulta desprovisto de toda lógica creer en la perfección de ambos: Es imposible; hay que escoger.
 El Universo creado por Dios hubiera sido una obra perfecta, si en conjunto, como en sus más mínimos detalles, esta obra careciera de defectos; si el mecanismo de esta gigantesca creación fuera irreprochable; si su perfección fuera tal que no hubiera temor de que se produjera ningún desarreglo, ninguna avería; concertando: Si la obra fuera digna de este obrero genial, de este artista incomparable, de este constructor fantástico que llaman Dios, la necesidad de un Gobernador no se hubiera sentido.
 Es lógico pensar que una vez puesta la maquina en marcha habría sido abandonada a sí misma, sin temor, pues los accidentes eran imposibles. ¿Para que este ingeniero, este mecánico, cuyo papel es vigilar la maquina, dirigirla, intervenir cuando es necesario realizar retoques, cuando está en movimiento y hacerle las reparaciones sucesivas y necesarias? Este ingeniero era inútil. Si el Gobernador existe, no puede negarse que su presencia, su vigilancia, su intervención son indispensables. La necesidad del Gobernador es como un insulto, un desafío lanzado al creador; su intervención corrobora el desconocimiento, la incapacidad, la impotencia del Creador.

8). La multiplicidad de los dioses atestigua que no existe ninguno
 El Dios Gobernador debe ser poderoso y justo, infinitamente poderoso e infinitamente justo. Afirmo que la multiplicidad de las religiones atestigua que le falta o poder o justicia. No hablemos de los dioses muertos, de los cultos abolidos, de las religiones olvidadas porque éstas se cuentan por miles de miles. No hablemos sino de las religiones existentes. Según los cálculos mejor fundados, se conocen actualmente ochocientas religiones que se disputan el imperio de los 1800 millones de conciencias que pueblan nuestro Planeta (Son los habitantes que había en nuestro planeta cuando Faure escribió su alegato). No puede dudarse que cada una reclama para sí el privilegio de que sólo su Dios es el verdadero, el auténtico, el indiscutible, el único, y que todos los otros dioses son dioses de risa, dioses falsos, dioses de contrabando y de pacotilla, y que es obra piadosa combatirlos y aplastarlos. A esto ya agrego que si en lugar de ochocientas no hubiera sino cien religiones, o 10, o 2, mi argumento tendría el mismo valor.
 Por tanto, sostengo que la multiplicidad de estos dioses atestigua que no hay ninguno, porque al mismo tiempo certifica que Dios no es poderoso ni justo. Si fuera poderoso, hubiera podido hablar a todos con la misma facilidad con que lo haría a unos pocos. Hubiera podido mostrarse, revelarse a todos, sin emplear más esfuerzo que para un reducido número. Un hombre (cualquiera que sea) no puede mostrarse ni hablar más que a un reducido número de hombres; sus cuerdas vocales tienen una resistencia que no puede exceder ciertos límites. ¡Pero Dios! Dios, que puede hablar a todos –por grande que sea el número– con la misma facilidad que a unos pocos. Cuando se eleva, la voz de Dios puede y debe repercutir en los cuatro puntos cardinales. El Verbo no conoce ni distancia ni obstáculo. Atraviesa los océanos, escala las alturas, franquea los espacios sin la más mínima dificultad.
Puesto que Él ha querido (la religión así lo afirma) hablar a los hombres, revelarse a ellos, confiarles sus designios, indicarles su voluntad, hacerles conocer su Ley, bien hubiera podido hacerlo a todos y no a un puñado de privilegiados.
Pero no ha sido así, puesto que unos lo ignoran, otros lo niegan y otros, en fin, establecen competencias poniendo unos dioses frente a otros. ¿Y en estas condiciones, no estimáis sensato pensar que no ha hablado a nadie y que las múltiples revelaciones que se le atribuyen son otras tantas imposturas, o, más aun, que si no ha hablado más que a unos pocos, ha sido porque era incapaz de hablar a todos?
Siendo así, yo le acuso de impotencia. Y si no queréis que le acuse de impotencia le acusaré de injusticia. ¿Qué pensar de un Dios que sólo se hace visible a un reducido número y se esconde para los otros? ¿Qué pensar de ese dios que dirige la palabra a unos y para otros guarda el más profundo silencio?
No olvidéis que los representantes de ese dios afirman que es el padre de todos y que todos somos también los hijos amados del padre que reina allá arriba, en los cielos. Y bien ¿Qué pensáis vosotros de ese padre que, exuberante de ternezas para algunos privilegiados, revelándose a ellos, les evita las angustias de la duda, las torturas de la vacilación, mientras que voluntariamente condena a la inmensa mayoría de sus hijos a los tormentos de la incertidumbre? ¿Qué pensáis vosotros de ese padre que se representa a una parte de sus hijos, en medio del esplendor de su majestad, mientras que para los otros queda envuelto en las más oscuras tinieblas? ¿Qué pensáis vosotros de ese padre que exige a sus hijos que practiquen un culto, le rindan adoración y respeto, y llama a unos pocos a escuchar su verdadera palabra, mientras que con deliberado propósito niega a los demás esta distinción, este insigne favor? Si vosotros estimáis que este padre es bueno, no os sorprendáis si mi opinión es diferente.
La multiplicidad de las religiones proclama bien claro que al Dios de los cristianos le falta poder o justicia.
Pero Dios debe ser infinitamente poderoso e infinitamente justo –afirman los cristianos– y si le falta alguno de estos dos atributos, el poder o la justicia, no es perfecto, y no siendo perfecto no tiene razón de ser y por lo tanto no existe. La multiplicidad de los dioses demuestra que no existe ninguno.

9). Dios no es infinitamente bueno: El infierno lo atestigua
El Dios Gobernador o Providencia es y debe ser infinitamente misericordioso. La existencia del infierno prueba, sin embargo, que no lo es. Seguid de cerca mi razonamiento: Dios podía –puesto que era libre– no crearnos, pero nos ha creado. Dios podía (puesto que es todopoderoso) crearnos buenos, pero nos ha creado buenos y malos. Dios podía –puesto que era bueno– admitirnos a todos en su Paraíso después de nuestra muerte, contentándose como castigo con el tiempo de sufrimientos y de tribulaciones que pasamos en la tierra. Dios podía, en fin (puesto que es justo) no admitir en su Paraíso a los malos, negándoles el acceso, mas antes debiera destruirlos totalmente a su muerte y no condenarlos a los sufrimientos del infierno.
 Porque quien puede crear, puede destruir; quien tiene poder para dar la vida, lo tiene para destruirla, para aniquilarla. Veamos: vosotros no sois dioses. Vosotros no sois ni infinitamente justos, ni infinitamente misericordiosos. Pero tengo la absoluta seguridad, sin que por esto os atribuya cualidades que quizás no poseéis, que si estuviera en poder vuestro, sin que esto os exigiera un gran esfuerzo, sin que resultara para vosotros ningún perjuicio moral ni material; si en vuestro poder estuviera, repito, dentro de las condiciones indicadas, evitar a un ser humano una lagrima, un dolor, un sufrimiento, afirmo que lo haríais sin titubeos, sin vacilaciones. ¡Y sin embargo, no sois ni infinitamente buenos, ni infinitamente misericordiosos! ¿Seriáis vosotros mejores, más misericordiosos que el Dios de los cristianos?
 Porque, en fin, el infierno existe. La Iglesia lo enseña; es la horrible visión, con cuya ayuda se siembra el espanto de los niños, en los viejos, y entre los pobres de espíritu y temerosos; es el espectro que se instala en la cabecera de los moribundos a la hora en que la muerte les arrebata todo su valor, toda su energía y toda su lucidez. ¡Y bien! El Dios de los cristianaos, que dicen es de piedad, de perdón, de indulgencia, de bondad y misericordia, arroja a una parte de sus hijos –para siempre– a un antro de torturas, las más crueles, y de suplicios, los más horrendos. ¡Cómo es de bueno! ¡Cuán misericordioso!
 Conoceréis sin duda estas palabras de las Escrituras: “Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.” Estas palabras significan, sin abusar de su valor, cuán ínfimo será el número de los salvos, y considerable el de los condenados. Esta afirmación es de una crudeza tan monstruosa, que se ha procurado darle otro significado. Poco importa: el Infierno existe y es evidente que los condenados (muchos o pocos) sufrirán los más crueles tormentos. Preguntamos ahora nosotros: ¿a quién pueden beneficiar los tormentos de los condenados?
 ¿Acaso a los elegidos? ¡Evidentemente, no! Por definición, los elegidos serán los justos, los virtuosos, los fraternales, los compasivos, y sería absurdo suponer que su felicidad, ya incomparable, pudiera ser acrecentada con el espectáculo de sus hermanos torturados. ¿Será, pues, a los condenados mismos? Tampoco, puesto que la Iglesia afirma que el suplicio de estos desgraciados no acabará jamás, y que por los siglos de los siglos sus sufrimientos serán tan horripilantes como el primer día. ¿Entonces? Entonces, aparte de los elegidos y de los condenados, solo existe Dios.
 ¿Es, pues, Dios, quien obtendrá beneficios de los sufrimientos de los condenados? ¿Es, pues, Él, ese padre infinitamente bueno, infinitamente misericordioso, quien se regocijara sádicamente con los dolores a que voluntariamente ha condenado a sus hijos?
 ¡Ah! Si esto es así, este Dios se me aparece como un feroz inquisidor, el más implacable que se pueda imaginar. El infierno prueba que dios no es bueno ni misericordioso. La existencia de un Dios de bondad es incompatible con la existencia del Infierno. O bien el infierno no existe, o bien Dios no es infinitamente bueno.

 10). El problema del mal
 Es el problema del Mal el cuarto y último argumento contra el Dios gobernador, a la par que el primero va contra el Dios justiciero.
Yo no diré que la existencia del mal, mal físico, mal moral, sea incompatible con la existencia de Dios. Lo que digo es que es incompatible con el mal la existencia de un Dios infinitamente poderoso e infinitamente justo.
 El razonamiento es conocido, aunque no sea más que por las múltiples refutaciones (siempre importantes) que se le han opuesto. Se remonta a Epicuro, por lo cual cuenta ya con más de veinte siglos de existencia, pero, por viejo que sea, conserva a través del tiempo todo su vigor. Es el siguiente:
 El mal existe. Todos los seres sensibles conocen el sufrimiento. Dios, que todo lo sabe, no debe ignorarlo. ¡Y bien! De dos cosas una: O Dios quiere suprimir el mal y no puede. O Dios puede suprimir el mal y no quiere. En el primer caso, Dios quisiera suprimir el mal, y por ello es bueno, comparte los dolores que nos aniquilan, que nosotros sufrimos. ¡Ah, sí solo dependiera de Él! El mal seria suprimido y el bienestar reinaría sobre la tierra. Una vez más diremos que Dios es bueno, pero es impotente al no poder suprimir el mal.
 En el segundo caso, Dios podría suprimir el mal. Sería suficiente que lo quisiera, para que el mal fuera abolido. Es todopoderoso, mas no lo quiere suprimir, y, por lo tanto, no es infinitamente bueno.
Aquí Dios es poderoso pero no es bueno; allá Dios es bueno, mas no es poderoso. Pero para admitir su existencia no es suficiente que posea una de esas dos perfecciones: poder o voluntad, es indispensable que posea las dos. Este razonamiento no ha sido jamás refutado.
 Entendámonos: al decir jamás; quiero decir que no se ha llegado a refutarlo razonadamente, aunque muchas veces se ha ensayado. El intento de refutación más conocido es el siguiente: “Vosotros planteáis en términos erróneos el problema del mal. Es un equívoco cargar sobre Dios la responsabilidad. Cierto que el mal existe, es innegable; pero es al hombre a quien hay que hacer responsable: Dios no ha querido que el hombre sea un autómata, una máquina, que obedeciera fatalmente.
Al crearlo le dio completa libertad tan generosamente otorgada, le concedió la facultad de hacer en todas las circunstancias el uso que creyera más conveniente; y si el hombre en vez de hacer uso noble y juicioso de este don inestimable, lo hizo criminal y odioso, no es a Dios a quien hay que acusar, pues sería injusto: Hay que acusar al hombre, lo que es más equitativo”.
 He aquí la clásica objeción. ¿Cuánto vale? Nada. Me explicare: Hagamos distinción entre el mal físico y el mal moral. El mal físico es la enfermedad, el sufrimiento, el accidente, la vejez, con su cortejo de reminiscencias y enfermedades; es la muerte, que indica la perdida cruel del ser que amamos. Hay niños que mueren algunos días después de nacer, sin haber conocido otra cosa que el sufrimiento; existen numerosos individuos para quienes la vida no es sino una larga serie de sufrimientos, para los que hubiera sido preferible no haber nacido; en el orden natural, las epidemias, los cataclismos, los incendios, las sequías, las inundaciones, las tempestades, el hambre, toda esta enormidad de trágicas fatalidades, acumula el dolor y la muerte. ¿Quién osará decir que de este mal físico debe hacerse al hombre responsable? ¿Quién no comprende que si Dios ha creado el Universo, si es Él quien le ha dotado de las formidables leyes que lo rigen, y si el mal físico no es sino el conjunto de esas fatalidades que resultan del juego normal de las fuerzas de la naturaleza? ¿Quién no comprenderá que el autor responsable de estas calamidades lo es con toda certeza el que ha creado el Universo y lo gobierna?
 Supongo que sobre este punto no hay duda posible. Dios que gobierna el Universo, es el responsable del mal físico. Con esta respuesta sería suficiente, y, sin embargo, voy a continuar. Pretendo que el mal moral es tan imputable a Dios como el mal físico puesto que si Dios existe, es Él quien ha ordenado la organización del mundo físico y que, en consecuencia, el hombre, víctima del mal moral, como del mal físico, no es ni más ni menos responsable del uno que del otro.
Continuare, mas para ello he de ligar lo que sobre el mal moral tengo que decir en la tercera y última serie de mis argumentos.

11). Contra El Dios Justiciero
 Irresponsable, el hombre no puede ser ni castigado ni recompensado. ¿Qué somos nosotros? ¿Hemos deseado las condiciones de nuestro nacimiento? ¿Hemos sido consultados, para saber si queríamos nacer? ¿Hemos sido prevenidos para trazar cuál habría de ser nuestro destino? ¿Hemos tenido sobre algunas de estas cuestiones voz o voto?
 Si cada uno de nosotros hubiese tenido voz y voto para escoger, desde su nacimiento, salud, fuerza, belleza, inteligencia, energía, voluntad, etcétera, seguramente se hubiera otorgado todos estos beneficios. Cada uno hubiera sido un resumen de todas las perfecciones, una especie de Dios en miniatura.
 ¿Qué somos nosotros? ¿Somos lo que hemos querido ser? ¡Indiscutiblemente, no! Dentro de la hipótesis Dios, somos lo que Él ha querido que fuéramos. Dios, al ser libre, hubiera podido no crearnos.
Hubiera podido crearnos más perfectos, puesto que él es bueno. Colmarnos de todos los dones físicos, intelectuales y morales; crearnos más virtuosos, sanos y excelentes, puesto que es todopoderoso.
 Por tercera vez: ¿Qué somos nosotros? Nosotros somos lo que Dios ha querido que fuéramos. Nos ha creado según su capricho y su gusto. No puede darse otra respuesta a la interrogación, si se admite que Dios existe y que Él nos ha creado, Él ha previsto, querido, determinado nuestras condiciones de vida; ha coordinado nuestros deseos, nuestras necesidades, nuestras pasiones, nuestros temores, nuestras esperanzas, nuestros odios, nuestras ternuras, nuestras aspiraciones.

Él ha concebido, preparado el medio en el cual vivimos, determinando las circunstancias que a cada instante darán el asalto a nuestra voluntad, y determinaran nuestras acciones. Ante este Dios formidablemente armado, el hombre es irresponsable.
 El que no está bajo la dependencia de nadie es eternamente libre; el que se halla un “poco” bajo la dependencia de otro es un poco esclavo, y libre sólo por la diferencia; el que esta “mucho” bajo la dependencia de otro, es en el mismo grado esclavo, y no es libre más que el resto, y, en fin, el que se halla “por completo” bajo la dependencia de otro es “totalmente” esclavo, no gozando de ninguna libertad.
 El hombre existe como esclavo de la voluntad divina y su dependencia es tanto mayor cuanto más alejado esta de su Maestro. Si Dios existe, él solo sabe, puede y quiere; el solo es libre; el hombre no sabe nada, no puede nada, no vale nada; su dependencia es completa.
 El hombre sometido a esa esclavitud, aniquilado bajo la dependencia plena y entera de Dios, no puede aceptar responsabilidad alguna. Y si es irresponsable no puede ser juzgado. Todo juicio implica castigo o recompensa; pero los actos de un irresponsable, no poseyendo ningún valor moral, están exentos de toda responsabilidad.
 Los actos de un irresponsable pueden ser útiles o perjudiciales; moralmente no son ni buenos ni malos, ni meritorios ni responsables; juzgando equitativamente no pueden ser recompensados ni castigados. Por tanto, al erigirse en Justiciero, recompensado o castigando al hombre irresponsable, Dios es un usurpador que se arroga un derecho arbitrario y usa de él contra toda justicia.
 De lo dicho concluyo:
 a) Que la responsabilidad del mal moral es imputable a Dios, tanto como la del mal físico.
 b) Que Dios es un juez indigno, puesto que siendo irresponsable el hombre, no puede ser ni castigado ni recompensado.

12). Dios viola las reglas fundamentales de la equidad
 Admitamos por un instante que el hombre será responsable y veremos cómo, dentro de esta misma hipótesis, la divina justicia viola las reglas más elementales de la equidad. Si se admite que la práctica de la justicia no puede ejercerse sin sanción y sin que el magistrado la establezca, haya méritos o culpabilidad y debe haber otra de castigo y recompensa.
 El magistrado que mejor practique la justicia será aquél que proporcione lo más exactamente posible la recompensa al merito o el castigo a la culpabilidad, y el magistrado ideal, el impecable, el perfecto, será el que establezca una relación rigurosamente matemática entre el acto y la sanción. Yo pienso que esta regla elemental de justicia será aceptada por todos.
 Cualquiera que sea el merito de un hombre, es limitado (como lo es el hombre) y, sin embargo, la sanción de recompensa no lo es. El cielo es sin límites, aunque no lo sea nada más que por su carácter de perpetuidad. Cualquiera que sea la culpabilidad del hombre es limitada (como lo es el hombre), pero no lo es su castigo. El infierno no tiene límites, juzgado por su carácter de perpetuidad.
 Luego, no existe relación entre el merito y la recompensa; hay desproporción entre el castigo y la falta, puesto que el merito y la falta son limitados, e ilimitados la recompensa y el castigo. Desproporción siempre. Dios viola las reglas más fundamentales de la equidad.

Recapitulación
 He prometido una demostración terminante, substancial, decisiva; creo poder decir que he cumplido mi promesa. No perdáis de vista que yo no me había propuesto aportaros un sistema del Universo que hiciera inútil todo recurso a la hipótesis de una Fuerza sobrenatural, de una Energía o de una Potencia extramundana, de un Principio superior o anterior al Universo. Yo he tenido la lealtad como era mi deber, de deciros que: planteado así el problema no admite, dentro de los actuales conocimientos humanos, ninguna solución definitiva, y que la sola actitud que conviene a los espíritus reflexivos y razonables, es la expectativa.
 El Dios que yo he querido negar y el que ahora puedo decir que he negado su posibilidad, es el Dios de las religiones, el Dios Creador y Justiciero, el Dios infinitamente sabio, justo y bueno, que el clero se jacta en representar sobre la tierra e intenta ofrecer a nuestra veneración. No hay, no puede haber equivoco. Es ese Dios el que yo niego, o si se quiere discutir útilmente, es a ese Dios a quien hay que defender contra mis ataques.
 Todo debate sobre otro terreno será –y os lo prevengo, porque es necesario que os pongáis en guardia contra las insidias del adversario–, una diversión, y será, aún más, la prueba de que el Dios de las religiones no puede ser defendido ni justificado.

Conclusión
 Tal es, sin embargo, el Dios que desde tiempos inmemoriales se nos ha enseñado y que hoy todavía se enseña en la escuela y en el hogar comunes. ¡Qué de crímenes han sido cometidos en su nombre! ¡Qué de odios, guerras, calamidades han sido furiosamente desencadenados por sus representantes! ¡Ese Dios de cuántos sufrimientos ha sido la causa, y cuantos males engendra todavía!
 ¿No llegara jamás el día en que, cesando de creer en la Justicia Eterna, en sus edictos imaginarios, en sus recompensas problemáticas, los humanos trabajen con ardor infatigable por el advenimiento sobre la tierra de una Justicia inmediata, positiva y fraternal? ¿No sonara jamás la hora en que desengañados de consolaciones y esperanzas falaces, que les sugiera la creencia en un Paraíso compensador, los humanos hagan de nuestro planeta un Edén de abundancia, paz y libertad, en el que las puertas estén fraternalmente abiertas a todos?
 Tiempo ha que el contrato social se ha inspirado en un Dios sin justicia; tiempo es ya que se inspire en una justicia sin Dios. Tiempo ha que las relaciones entre los pueblos han difamado de un Dios sin filosofía; un tiempo es que monarcas, gobiernos, castas y clero, conductores de pueblos y directores de conciencia dejen de tratar a la humanidad como a un vil rebaño de carneros, para en último término ser esquilados, devorados, lanzados al matadero.
 Tú, que me escuchas, abre los ojos, observa, comprende. El cielo del que sin cesar te hablan; el cielo con cuya ayuda se intenta insensibilizar tu miseria, anestesiar tus sufrimientos y ahogar el gemido que a pesar de todo se exhala de tu pecho, es un cielo irracional, con un cielo desierto. Sólo tu infierno está poblado, es positivo.
 Basta de lamentaciones; las lamentaciones son vanas, basta de postergaciones; las postergaciones son estériles. Basta de plegarias; las plegarias son impotentes.
 ¡Levanta, hombre! Derecho, altivo, rebelde, declara una guerra implacable al Dios que tanto tiempo ha impuesto a ti y a tus hermanos una embrutecedora veneración. Desembarázate de ese tirano imaginario y sacude el yugo de ésos que se pretenden sus representantes aquí en la tierra. Más acuérdate de que si sólo haces esto, la tarea no será realizada más que a medias. No olvides que de nada te servirá romper las cadenas que los dioses imaginarios, celestes y eternos han forjado contra ti, si no rompes las que contra ti han formado los dioses pasajeros y positivos de la tierra. Estos dioses giran a tu alrededor, y procuran envilecerte y degradarte. Estos dioses son hombres como tú. Ricos y gobernantes, estos dioses de la tierra la han poblado de victimas numerosas y de injustificables tormentos.
 Puedan un día rebelarse los condenados de la tierra contra estos verdugos, para fundar la ciudad de la que estos monstruos queden para siempre desterrados.
 Y cuando te hayas emancipado de los dioses, de cielo y de la tierra; cuando te hayas desembarazado de los tiranos de abajo y de los tiranos de arriba; cuando hayas realizado ese doble gesto de liberación, entonces, solamente, ¡oh, hermano!, saldrás del infierno en que te hayas y realizarás tu cielo. Dejarás las tinieblas de tu ignorancia para entrar de lleno en las puras claridades de tu inteligencia, despierto ya de la influencia letárgica de las religiones.

martes, 19 de febrero de 2013

¿Quién fue y como murió Giordano Bruno?


 
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Giordano Bruno
 
Campo Dei Fiori, Roma. Allí se encuentra la estatua del escultor Ettore Ferrari del año 1887, en honor al astrónomo, filósofo y poeta italiano Giordano Bruno. En este sitio, se ejecutaba a los senten...ciados por la Inquisición. Debe su nombre, a que antiguamente era un prado de flores, pero posteriormente, en el año 1456, el Papa Calixto III ordenó adoquinarlo.

En la base del monumento, se observan tres medallones en bronce, con escenas de la vida de Bruno: disertando en la Catedra de Oxford, compadeciendo ante el Tribunal de la Inquisición y su ejecución en la hoguera. Al frente del monumento, se encuentra una placa con la siguiente inscripción: “A bruno II – Secolo da lui divinato, quid ove il rogo arse.” (A Bruno - El siglo que él adivinó, aquí donde el fuego ardía)

El monumento, no sólo es un homenaje a Bruno, sino también a otras víctimas de la Inquisición. Los personajes allí recordados son: Fray Paolo Sarpi (1552-1625), Fray Tommaso Campanella (1568-1639), Erasmo de Rotterdam (1466 - 1536), Giulio Cesare Vanini (1585 - 1619), Aonio Paleario (1503 - 1570), Miguel Servet (1511 - 1553), John Wiclef (1320 - 1384) y John Huss (1370 - 1415).

Sabemos por sus escritos, que Bruno adhirió a la Teoría Heliocéntrica de Copérnico y aseveró que el Universo era infinito y que existía la posibilidad de vida fuera de la Tierra, algo absolutamente inaceptable para la Iglesia. Sus escritos más importantes son: “De umbris idearum”, de 1582; “La cena de las cenizas”, “Sobre el infinito: el Universo y los mundos” y “Sobre la causa, el principio y el uno”, las tres últimas escritas en 1584. En 1585 escribió “De los heroicos furores”, en estilo de dialogo platónico, obra en la que describe el camino hacia Dios a través de la sabiduría.

Al ser sus ideas contrarias a las propuestas por la Iglesia, fue acusado de herejía, y la Inquisición, tras enjuiciarlo por blasfemo inmoral, lo encarceló en 1593 por ocho años. Luego de su encierro, Bruno fue sometido a un segundo juicio en el tribunal de Venecia, por cargos de blasfemia, herejía, conducta inmoral y enseñanzas falsas sobre los sistemas solares y sobre la infinitud del Universo. El proceso fue dirigido por Belarmino, quien posteriormente llevaría el similar proceso contra Galileo. Se expusieron los cargos en contra de Bruno y las múltiples ofertas de retractación fueron desestimadas. Giordano Bruno decidió reafirmarse en sus ideas y el Papa Clemente ordenó que fuera llevado ante las autoridades seculares.

El 8 de febrero, fue leída la sentencia en donde se le declaraba herético, impenitente, pertinaz y obstinado. Es famosa la frase que dirigió a sus jueces: “Tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”. Fue expulsado de la Iglesia y sus trabajos fueron quemados en la plaza pública.

Durante todo el proceso, fue acompañado por monjes de la Iglesia. Antes de ser ejecutado en la hoguera, uno de ellos le ofreció un crucifijo para besarlo, pero Bruno lo rechazó, sosteniendo que moriría como un mártir por la Ciencia y por sus ideales.

Sus últimas y memorables palabras fueron:


“Decid, ¿cuál es mi crimen? ¿Lo sospecháis siquiera?
Y me acusáis, ¡sabiendo que nunca delinquí!
Quemadme, que mañana, donde encendáis la hoguera,
Levantará la historia una estatua para mí.
Yo sé que me condena vuestra demencia suma,
¿Por qué?... Porque las luces busqué de la verdad,
No en vuestra falsa ciencia que el pensamiento abruma
Con dogmas y con mitos robados a otra edad,
Sino en el libro eterno del Universo mundo,
que encierra entre sus folios de inmensa duración;
los gérmenes benditos de un porvenir fecundo,
basado en la justicia, fundado en la razón.
Y bien, sabéis que el hombre, si busca en su conciencia,
la causa de las causas, el último por qué
ha de trocar muy pronto, la Biblia por la Ciencia,
los templos por la escuela, la razón por la fe.
Yo sé que esto os asusta, como os asusta todo
todo lo grande, y quisierais poderme desmentir.
Más aún, vuestras conciencias, hundidas en el lodo
de un servilismo que hace de lástima gemir...
Aún allá, en el fondo, bien saben que la idea,
es intangible, eterna, divina, inmaterial...
Que no es ella el Dios y la religión vuestra
Sino la que forma con sus cambios , la historia universal.
Que es ella la que saca la vida del osario
la que convierte al hombre, de polvo, en creador,
la que escribió con sangre la escena del calvario,
después de haber escrito con luz, la de Tabor.
Más sois siempre los mismos, los viejos fariseos,
Los que oran y se postran donde los puedan ver,
fingiendo fe, sois falsos llamando a Dios, ateos
¡chacales que un cadáver buscáis para roer!
¿Cuál es vuestra doctrina? Tejido de patrañas,
vuestra ortodoxia, embuste; vuestro patriarca, un rey;
leyenda vuestra historia, fantástica y extraña.
Vuestra razón la fuerza; y el oro vuestra ley.
Tenéis todos los vicios que antaño los gentiles
Tenéis la bacanales, su pérfida maldad;
como ellos sois farsantes, hipócritas y viles
Queréis, como quisieron, matar a la verdad;
Más... ¡Vano vuestro empeño!... Si en esto vence alguno;
soy yo porque la historia dirá en lo porvenir;
"Respeto a los que mueren como muriera Bruno"
Y en cambio vuestros nombres... ¿Quién los podrá decir?

¡Ah!...Prefiero mil veces mi muerte a vuestra suerte;
Morir como yo muero...no es una muerte ¡no!
Morir así es la vida; vuestro vivir, la muerte
Por eso habrá quien triunfe, y no es Roma ¡Soy Yo!
Decid a vuestro Papa, vuestro señor y dueño,
Decidle que a la muerte me entrego como un sueño,
porque es la muerte un sueño, que nos conduce a Dios...
Más no a ese Dios siniestro, con vicios y pasiones
que al hombre da la vida y al par su maldición,
Sino a ese Dios-Idea, que en mil evoluciones
da a la materia forma, y vida a la creación.
No al Dios de las batallas, sí al Dios del pensamiento,
al Dios de la conciencia, al Dios que vive en mí,
Al Dios que anima el fuego, la luz, la tierra, el viento,
Al Dios de las bondades, no al Dios de ira sin fin.
Decidle que diez años, con fiebre, con delirio,
Con hambre, no pudieron mi voluntad quebrar,
Que niegue Pedro al Maestro Jesús, que a mí ante el martirio,
de la verdad que sepa, no me haréis apostatar.
¡Más basta!... ¡Yo os aguardo! Dad fin a vuestra obra,
¡Cobardes! ¿Qué os detiene?... ¿Teméis al porvenir?
¡Ah!...Tembláis...Es porque os falta la fe que a mí me sobra...
Miradme...Yo no tiemblo... ¡Y soy quien va a morir!...”

lunes, 11 de febrero de 2013

La insana fe religiosa


                  «Creo que la decadencia de la fe dogmática sólo puede hacer bien»
                                                           Bertrand Russell.  

 

 La insana fe religiosa

La cantinela de la inmoralidad congénita que padecerían los ateos es lugar común en la crítica proveniente de círculos confesionales. Teólogos, religiosos y moralistas de toda laya argumentan que, al carecer de lo que John Rawls llama «estructura moral previa», los ateos son náufragos del mar inmoral, sin salvavidas éticos de los cuales aferrarse. Pero, ¿qué otro asidero más que la pura especulación tiene esta creencia? Quienes sostienen tal argumento apelan irreflexivamente a la historia del siglo XX y a los gobiernos criminales de Pol Pot o Stalin, cuyos regímenes acabaron con millones de vidas humanas. Es cierto, uno y otro eran ateos pero, ¿está en el ateísmo y su supuesta «carencia de valores» la razón de esta perfidia? ¿Qué pasa entonces con la moral de otros criminales de ese siglo, no menos sangrientos, como Franco, Videla, Pinochet, Mussolini o el propio Hitler, confesadamente religiosos ellos? ¿No será, en estos casos, la irracionalidad antes que la irreligiosidad la que ha abierto las puertas al espanto? Y, a propósito, ¿quiénes conceden más terreno a la irracionalidad en uno y otro bando, si es que de bandos hablarse puede?
Un buen modo de responder estas cuestiones con algo que escape a la vacuidad de lo especulativo es preguntarse, por ejemplo, si la «religiosidad» contribuye de manera positiva a la «salud» de una sociedad, y si los creyentes tienen, como suele ser opinión común (sobre todo porque hay más creyentes que ateos), una moral de la que los incrédulos carecen.
Al hablar de religión pensemos con el ejemplo del cristianismo. Si es cierto que la religión es la fuente de acceso a la moralidad, y dado que no habría, según se dice, bases seculares para ser moral, una sociedad en la que la población sea mayormente religiosa (i. e. cristiana) dará por resultado una armonía social alta. Y si es verdad que la creencia en un Dios creador, omnipotente y amoroso permite a cada uno de los creyentes en él preocuparse por la inmortalidad de su alma, tendremos por resultado que los ateos serán, cuanto menos, quienes llenen las cárceles, que es el lugar donde acaban los inmorales cuando la justicia civil funciona.


Mayor religiosidad, peor sociedad
Pero resulta que nada de eso se corresponde con la realidad, a juzgar por lo que puede considerarse la investigación más rigurosa, amplia y concluyente de las realizadas hasta hoy para conocer la relación entre religiosidad y salud social. Un estudio cuyos resultados muestran no sólo que las personas creyentes no tienen un sistema moral más infalible que el de los que no creen en Dios ni la inmortalidad, sino algo «peor»: que mientras más religiosa es una sociedad, mayores son los índices de disfuncionalidad. Y, a sensu contrario, mientras más laicismo se respira, mejor van las cosas.
 El estudio en cuestión se dio en llamar «Las correlaciones internacionales entre salud social cuantificable con la religión popular y laicismo en las democracias prósperas», y fue publicado por su autor, Gregory S. Paul, en 2005 en el Journal of Religion and Society (EEUU).
Se trata de un impresionante muestreo realizado sobre 18 de las democracias más desarrolladas del mundo, y que relaciona la cantidad de población que confiesa ser religiosa –no sólo creyente, sino también practicante– con las tasas de homicidio, aborto y embarazo adolescente. Sobre una base de datos de nada menos que 800 millones de personas, el resultado es un verdadero escándalo para quienes siguen sosteniendo que la religión es fuente y garantía de moralidad. Es que, en efecto, el estudio muestra por ejemplo que los índices de homicidio son notablemente altos en aquellos países en los que el porcentaje de «creencia absoluta en Dios» o de ciudadanos que «asisten a servicios religiosos varias veces al mes», y muy inferiores entre los que se dicen «agnósticos y ateos».


Los creyentes abortan más
En otro de los cotos más defendidos por el dogmatismo religioso, el aborto, hay más motivos para que recapitulen todos quienes equiparan ateísmo con relativismo y perdición. Los hechos hablan: no importa cuán legalizada esté esta práctica en tal o cual país, mientras las sociedades tienden a ser más religiosas, más abortos se registran. Al destacar el hecho de que los Estados Unidos encabece las peores estadísticas, Gregory Paul se permite una ironía: «El actual (en ese entonces) líder de la mayoría de la Casa Blanca, T. De Lay, cree que los altos índices de crimen y tragedias como el atentado en Columbine continuarán mientras se continúe enseñando a los niños que “no son más que monos superiores que han evolucionado (sic) a partir de una sopa primordial de fango”». Sin embargo, los datos gritan lo opuesto: Estados Unidos es la democracia más desarrollada en la que menor crédito se da a la teoría evolucionista y, al mismo tiempo, el país donde mayor cantidad de homicidios se cometen.


Divorcio y dogmatismo
Si nos salimos de este apabullante estudio en busca de más evidencias, seguimos encontrando más anomalías entre creyentes que entre ateos. Al punto que incluso bajo algunas premisas morales que los religiosos tienen por dogmáticas, los ateos y agnósticos se muestran más «eficientes». Por ejemplo: ¿se divorcian menos o más las personas religiosas que las que aconfesionales? El divorcio para los cristianos católicos es «ofensa grave contra la ley natural» (sic). Según el Catecismo, «el matrimonio celebrado y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte». Pero a la hora de mirar los números proporcionados por una investigación del Barna Research Group, los ateos y agnósticos se ubican en lo más bajo (con 21%) de una tabla que consigna también los casos de divorcios de judíos (30%) y cristianos de diversas ramas (entre un 24% y un 27%). ¡Para los ateos no es pecado divorciarse y, sin embargo, son «menos pecadores»! Vaya ironía.
Casi no hay ateos en las cárceles
Si hacemos caso a las estadísticas elaboradas por la Oficina Federal de Prisiones de los Estados Unidos en 1997, los ateos ocupan, además, los puestos más bajos de las nóminas entre los criminales condenados (0,209%), en un país en el que los cristianos representan entre el 75% y el 82% de la población y los ateos y agnósticos, juntos, apenas entre 0,3% y 2%. Quien sabe leer las estadísticas notará que el porcentaje de ateos es incluso menor que el del total de los ateos. Por cierto, el porcentaje de cristianos encarcelados es casi equivalente al de la población (cerca del 80%) y los católicos lideran el deshonroso ranking, aun cuando no son mayoría en ese país norteamericano. Vale decir que los números de este estudio se parecen a otros similares, por ejemplo a alguno realizado en Colombia y del que hablaba el abogado Juan Carlos Bircamm en un artículo hace un par de años.


Mito sobre mito
La fe no es más que una casa de espejos. Y cuando se instala el «espejismo de Dios» a éste comienzan, indefectiblemente, a crecerle más espectros. Entre esos está, al parecer, la inmoralidad del «insensato ateo». Sam Harris le llama a este fantasma «el mito del caos moral laico». Su razonamiento es límpido y resume lo escrito hasta este punto, aunque haga referencia a otra investigación:
«Si la religión fuera necesaria para la moralidad, habría alguna evidencia de que los ateos son menos morales que los creyentes». Pero «de acuerdo al Informe de Desarrollo Humano de la ONU (2005), las sociedades más ateas –países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá, Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Holanda, Dinamarca y el Reino Unido– son en realidad las más saludables, según indicadores que destacan la expectativa de vida, alfabetismo, ingresos per cápita, nivel educativo, trato equitativo de los sexos, tasas de homicidios y mortalidad infantil. A la inversa, las 50 naciones actualmente clasificadas por las Naciones Unidas en los puestos más bajos del desarrollo son decididamente religiosas. Por supuesto, datos correlativos de este tipo no resuelven cuestiones de causalidad: la creencia en Dios puede conducir a la disfunción social, la disfunción social puede fomentar la creencia en Dios, cada uno de estos factores puede posibilitar el otro, o ambos pueden surgir de una fuente más profunda de malestar. Si dejamos de lado el tema de causa y efecto, estos hechos demuestran que el ateísmo es perfectamente compatible con las aspiraciones básicas de una sociedad civil; y prueban además, concluyentemente, que la fe religiosa no asegura en absoluto la salud de una sociedad».
Al principio nos preguntábamos si era más bien la irracionalidad antes que la «impiedad» la causa de lo que llamamos «actos inmorales», y ahora podemos dar respuesta afirmativa a esa cuestión y equiparar la irracionalidad con la religiosidad. Acaso porque una moralidad basada en seres imaginarios tenga un efecto apenas relativo en el mundo real, que es donde vivimos y para el cual construimos toda moral.

An Atheist Manifesto - Sam Harris

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 Sam Harris

 An Atheist Manifesto

Sam Harris argues against irrational faith and its adherents.

Editor’s Note: At a time when fundamentalist religion has an unparalleled influence in the highest government levels in the United States, and religion-based terror dominates the world stage, Sam Harris argues that progressive tolerance of faith-based unreason is as great a menace as religion itself.  Harris, a philosophy graduate of Stanford who has studied eastern and western religions, won the 2005 PEN Award for nonfiction for The End of Faith, which powerfully examines and explodes the absurdities of organized religion. Truth-dig asked Harris to write a charter document for his thesis that belief in God, and appeasement of religious extremists of all faiths by moderates, has been and continues to be the greatest threat to world peace and a sustained assault on reason.
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Somewhere in the world a man has abducted a little girl. Soon he will rape, torture and kill her. If an atrocity of this kind is not occurring at precisely this moment, it will happen in a few hours, or days at most. And when that happens, there would be a witness, God, and he would do nothing to stop that crime, no matter how much the poor victim ask that God for help. Such is the confidence we can draw from the statistical laws that govern the lives of 6 billion human beings. The same statistics also suggest that this girl s parents believe at this very moment that an all-powerful and all-loving God is watching over them and their family. Are they right to believe this? Is it good that they believe this?
No.
 The entirety of atheism is contained in this response. Atheism is not a philosophy; it is not even a view of the world; it is simply a refusal to deny the obvious.  Unfortunately, we live in a world in which the obvious is overlooked as a matter of principle. The obvious must be observed and re-observed and argued for. This is a thankless job. It carries with it an aura of petulance and insensitivity. It is, moreover, a job that the atheist does not want.
It is worth noting that no one ever needs to identify himself as a non-astrologer or a non-alchemist. Consequently, we do not have words for people who deny the validity of these pseudo-disciplines. Likewise, atheism is a term that should not even exist. Atheism is nothing more than the noises reasonable people make when in the presence of religious dogma. The atheist is merely a person who believes that the 260 million Americans (87% of the population) who claim to never doubt the existence of God  should be obliged to present evidence for his existence and, indeed, for his benevolence, given the relentless destruction of innocent human beings we witness in the world each day. Only the atheist appreciates just how uncanny our situation is: Most of us believe in a God that is every bit as specious as the gods of Mount Olympus; no person, whatever his or her qualifications, can seek public office in the United States wi ask to that god for helpthout pretending to be certain that such a God exists; and much of what passes for public policy in our country conforms to religious taboos and superstitions appropriate to a medieval theocracy. Our circumstance is abject, indefensible and terrifying. It would be hilarious if the stakes were not so high.
We live in a world where all things, good and bad, are finally destroyed by change. Parents lose their children and children their parents. Husbands and wives are separated in an instant, never to meet again. Friends part company in haste, without knowing that it will be for the last time. This life, when surveyed with a broad glance, presents little more than a vast spectacle of loss. Most people in this world, however, imagine that there is a cure for this. If we live rightly—not necessarily ethically, but within the framework of certain ancient beliefs and stereotyped behaviors—we will get everything we want after we die. When our bodies finally fail us, we just shed our corporeal ballast and travel to a land where we are reunited with everyone we loved while alive. Of course, overly rational people and other rabble will be kept out of this happy place, and those who suspended their disbelief while alive will be free to enjoy themselves for all eternity.
We live in a world of unimaginable surprises—from the fusion energy that lights the sun to the genetic and evolutionary consequences of this lights dancing for eons upon the Earth—and yet Paradise conforms to our most superficial concerns with all the fidelity of a Caribbean cruise. This is wondrously strange. If one didn’t know better, one would think that man, in his fear of losing all that he loves, had created heaven, along with its gatekeeper God, in his own image.
Consider the destruction that Hurricane Katrina leveled on New Orleans. More than a thousand people died, tens of thousands lost all their earthly possessions, and nearly a million were displaced. It is safe to say that almost every person living in New Orleans at the moment Katrina struck believed in an omnipotent, omniscient and compassionate God. But what was God doing while a hurricane laid waste to their city? Surely he heard the prayers of those elderly men and women who fled the rising waters for the safety of their attics, only to be slowly drowned there. These were people of faith. These were good men and women who had prayed throughout their lives. Only the atheist has the courage to admit the obvious: These poor people died talking to an imaginary friend.
Of course, there had been ample warning that a storm of biblical proportions would strike New Orleans, and the human response to the ensuing disaster was tragically inept. But it was inept only by the light of science. Advance warning of Katrina’s path was wrested from mute Nature by meteorological calculations and satellite imagery. God told no one of his plans. Had the residents of New Orleans been content to rely on the beneficence of the Lord, they wouldn’t have known that a killer hurricane was bearing down upon them until they felt the first gusts of wind on their faces. Nevertheless, a poll conducted by The Washington Post found that 80% of Katrina’s survivors claim that the event has only strengthened their faith in God.
As Hurricane Katrina was devouring New Orleans, nearly a thousand Shiite pilgrims were trampled to death on a bridge in Iraq. There can be no doubt that these pilgrims believed mightily in the God of the Koran: Their lives were organized around the indisputable fact of his existence; their women walked veiled before him; their men regularly murdered one another over rival interpretations of his word. It would be remarkable if a single survivor of this tragedy lost his faith. More likely, the survivors imagine that they were spared through God’s grace.
Only the atheist recognizes the boundless narcissism and self-deceit of the saved. Only the atheist realizes how morally objectionable it is for survivors of a catastrophe to believe themselves spared by a loving God while this same God drowned infants in their cribs. Because he refuses to cloak the reality of the world’s suffering in a cloying fantasy of eternal life, the atheist feels in his bones just how precious life is—and, indeed, how unfortunate it is that millions of human beings suffer the most harrowing abridgements of their happiness for no good reason at all.
One wonders just how vast and gratuitous a catastrophe would have to be to shake the world’s faith. The Holocaust did not do it. Neither did the genocide in Rwanda, even with machete-wielding priests among the perpetrators. Five hundred million people died of smallpox in the 20th Century, many of them infants. God’s ways are, indeed, inscrutable. It seems that any fact, no matter how infelicitous, can be rendered compatible with religious faith. In matters of faith, we have kicked ourselves loose of the Earth.
Of course, people of faith regularly assure one another that God is not responsible for human suffering. But how else can we understand the claim that God is both omniscient and omnipotent? There is no other way, and it is time for sane human beings to own up to this. This is the age-old problem of theodicy, of course, and we should consider it solved. If God exists, either he can do nothing to stop the most egregious calamities or he does not care to. God, therefore, is either impotent or evil. Pious readers will now execute the following pirouette: God cannot be judged by merely human standards of morality. But, of course, human standards of morality are precisely what the faithful use to establish God’s goodness in the first place. And any God who could concern himself with something as trivial as gay marriage, or the name by which he is addressed in prayer, is not as inscrutable as all that. If he exists, the God of Abraham is not merely unworthy of the immensity of creation; he is unworthy even of man.
There is another possibility, of course, and it is both the most reasonable and least odious: The biblical God is a fiction. As Richard Dawkins has observed, we are all atheists with respect to Zeus and Thor. Only the atheist has realized that the biblical god is no different. Consequently, only the atheist is compassionate enough to take the profundity of the world’s suffering at face value. It is terrible that we all die and lose everything we love; it is doubly terrible that so many human beings suffer needlessly while alive. That so much of this suffering can be directly attributed to religion—to religious hatreds, religious wars, religious delusions and religious diversions of scarce resources—is what makes atheism a moral and intellectual necessity. It is a necessity, however, that places the atheist at the margins of society. The atheist, by merely being in touch with reality, appears shamefully out of touch with the fantasy life of his neighbors.

The Nature of Belief

 According to several recent polls, 22% of Americans are certain that Jesus will return to Earth sometime in the next 50 years. Another 22% believe that he will probably do so. This is likely the same 44% who go to church once a week or more, who believe that God literally promised the land of Israel to the Jews and who want to stop teaching our children about the biological fact of evolution. As President Bush is well aware, believers of this sort constitute the most cohesive and motivated segment of the American electorate. Consequently, their views and prejudices now influence almost every decision of national importance. Political liberals seem to have drawn the wrong lesson from these developments and are now thumbing Scripture, wondering how best to ingratiate themselves to the legions of men and women in our country who vote largely on the basis of religious dogma. More than 50% of Americans have a “negative” or “highly negative” view of people who do not believe in God; 70% think it important for presidential candidates to be “strongly religious.” Unreason is now ascendant in the United States—in our schools, in our courts and in each branch of the federal government. Only 28% of Americans believe in evolution; 68% believe in Satan. Ignorance in this degree, concentrated in both the head and belly of a lumbering superpower, is now a problem for the entire world.
Although it is easy enough for smart people to criticize religious fundamentalism, something called “religious moderation” still enjoys immense prestige in our society, even in the ivory tower. This is ironic, as fundamentalists tend to make a more principled use of their brains than “moderates” do. While fundamentalists justify their religious beliefs with extraordinarily poor evidence and arguments,  at least they make an attempt at rational justification. Moderates, on the other hand, generally do nothing more than cite the good consequences of religious belief. Rather than say that they believe in God because certain biblical prophecies have come true, moderates will say that they believe in God because this belief “gives their lives meaning.” When a tsunami killed a few hundred thousand people on the day after Christmas, fundamentalists readily interpreted this cataclysm as evidence of God’s wrath. As it turns out, God was sending humanity another oblique message about the evils of abortion, idolatry and homosexuality. While morally obscene, this interpretation of events is actually reasonable, given certain (ludicrous) assumptions. Moderates, on the other hand, refuse to draw any conclusions whatsoever about God from his works. God remains a perfect mystery, a mere source of consolation that is compatible with the most desolating evil. In the face of disasters like the Asian tsunami, liberal piety is apt to produce the most unctuous and stupefying nonsense imaginable. And yet, men and women of goodwill naturally prefer such vacuities to the odious moralizing and prophesizing of true believers. Between catastrophes, it is surely a virtue of liberal theology that it emphasizes mercy over wrath. It is worth noting, however, that it is human mercy on display—not God’s—when the bloated bodies of the dead are pulled from the sea. On days when thousands of children are simultaneously torn from their mothers’ arms and casually drowned, liberal theology must stand revealed for what it is—the sheerest of mortal pretenses. Even the theology of wrath has more intellectual merit. If God exists, his will is not inscrutable. The only thing inscrutable in these terrible events is that so many neurologically healthy men and women can believe the unbelievable and think this the height of moral wisdom.
It is perfectly absurd for religious moderates to suggest that a rational human being can believe in God simply because this belief makes him happy, relieves his fear of death or gives his life meaning. The absurdity becomes obvious the moment we swap the notion of God for some other consoling proposition: Imagine, for instance, that a man wants to believe that there is a diamond buried somewhere in his yard that is the size of a refrigerator. No doubt it would feel uncommonly good to believe this. Just imagine what would happen if he then followed the example of religious moderates and maintained this belief along pragmatic lines: When asked why he thinks that there is a diamond in his yard that is thousands of times larger than any yet discovered, he says things like, “This belief gives my life meaning,” or “My family and I enjoy digging for it on Sundays,” or “I wouldn’t want to live in a universe where there wasn’t a diamond buried in my backyard that is the size of a refrigerator.” Clearly these responses are inadequate. But they are worse than that. They are the responses of a madman or an idiot.
Here we can see why Pascal’s wager, Kierkegaard’s leap of faith and other epistemological Ponzi schemes won’t do. To believe that God exists is to believe that one stands in some relation to his existence such that his existence is itself the reason for one’s belief. There must be some causal connection, or an appearance thereof, between the fact in question and a person’s acceptance of it. In this way, we can see that religious beliefs, to be beliefs about the way the world is, must be as evidentiary in spirit as any other. For all their sins against reason, religious fundamentalists understand this; moderates—almost by definition—do not.
The incompatibility of reason and faith has been a self-evident feature of human cognition and public discourse for centuries. Either a person has good reasons for what he strongly believes or he does not. People of all creeds naturally recognize the primacy of reasons and resort to reasoning and evidence wherever they possibly can. When rational inquiry supports the creed it is always championed; when it poses a threat, it is derided; sometimes in the same sentence. Only when the evidence for a religious doctrine is thin or nonexistent, or there is compelling evidence against it, do its adherents invoke “faith.” Otherwise, they simply cite the reasons for their beliefs (e.g. “the New Testament confirms Old Testament prophecy,” “I saw the face of Jesus in a window,” “We prayed, and our daughter’s cancer went into remission”). Such reasons are generally inadequate, but they are better than no reasons at all. Faith is nothing more than the license religious people give themselves to keep believing when reasons fail. In a world that has been shattered by mutually incompatible religious beliefs, in a nation that is growing increasingly beholden to Iron Age conceptions of God, the end of history and the immortality of the soul, this lazy partitioning of our discourse into matters of reason and matters of faith is now unconscionable.

Faith and the Good Society

 People of faith regularly claim that atheism is responsible for some of the most appalling crimes of the 20th century. Although it is true that the regimes of Hitler, Stalin, Mao and Pol Pot were irreligious to varying degrees, they were not especially rational. In fact, their public pronouncements were little more than litanies of delusion—delusions about race, economics, national identity, the march of history or the moral dangers of intellectualism. In many respects, religion was directly culpable even here. Consider the Holocaust: The anti-Semitism that built the Nazi crematoria brick by brick was a direct inheritance from medieval Christianity. For centuries, religious Germans had viewed the Jews as the worst species of heretics and attributed every societal ill to their continued presence among the faithful. While the hatred of Jews in Germany expressed itself in a predominately secular way, the religious demonization of the Jews of Europe continued. (The Vatican itself perpetuated the blood libel in its newspapers as late as 1914.)
Auschwitz, the gulag and the killing fields are not examples of what happens when people become too critical of unjustified beliefs; to the contrary, these horrors testify to the dangers of not thinking critically enough about specific secular ideologies. Needless to say, a rational argument against religious faith is not an argument for the blind embrace of atheism as a dogma. The problem that the atheist exposes is none other than the problem of dogma itself—of which every religion has more than its fair share. There is no society in recorded history that ever suffered because its people became too reasonable.
While most Americans believe that getting rid of religion is an impossible goal, much of the developed world has already accomplished it. Any account of a “god gene” that causes the majority of Americans to helplessly organize their lives around ancient works of religious fiction must explain why so many inhabitants of other First World societies apparently lack such a gene. The level of atheism throughout the rest of the developed world refutes any argument that religion is somehow a moral necessity. Countries like Norway, Iceland, Australia, Canada, Sweden, Switzerland, Belgium, Japan, the Netherlands, Denmark and the United Kingdom are among the least religious societies on Earth. According to the United Nations’ Human Development Report (2005) they are also the healthiest, as indicated by measures of life expectancy, adult literacy, per capita income, educational attainment, gender equality, homicide rate and infant mortality. Conversely, the 50 nations now ranked lowest in terms of human development are unwaveringly religious. Other analyses paint the same picture: The United States is unique among wealthy democracies in its level of religious literalism and opposition to evolutionary theory; it is also uniquely beleaguered by high rates of homicide, abortion, teen pregnancy, STD infection and infant mortality. The same comparison holds true within the United States itself: Southern and Midwestern states, characterized by the highest levels of religious superstition and hostility to evolutionary theory, are especially plagued by the above indicators of societal dysfunction, while the comparatively secular states of the Northeast conform to European norms. Of course, co relational data of this sort do not resolve questions of causality—belief in God may lead to societal dysfunction; societal dysfunction may foster a belief in God; each factor may enable the other; or both may spring from some deeper source of mischief. Leaving aside the issue of cause and effect, these facts prove that atheism is perfectly compatible with the basic aspirations of a civil society; they also prove, conclusively, that religious faith does nothing to ensure a society’s health.
Countries with high levels of atheism also are the most charitable in terms of giving foreign aid to the developing world. The dubious link between Christian literalism and Christian values is also belied by other indices of charity. Consider the ratio in salaries between top-tier CEOs and their average employee: in Britain it is 24 to 1; France 15 to 1; Sweden 13 to 1; in the United States, where 83% of the population believes that Jesus literally rose from the dead, it is 475 to 1. Many a camel, it would seem, expects to squeeze easily through the eye of a needle.

Religion as a Source of Violence

 One of the greatest challenges facing civilization in the 21st century is for human beings to learn to speak about their deepest personal concerns—about ethics, spiritual experience and the inevitability of human suffering—in ways that are not flagrantly irrational. Nothing stands in the way of this project more than the respect we accord religious faith. Incompatible religious doctrines have balkanized our world into separate moral communities—Christians, Muslims, Jews, Hindus, etc.—and these divisions have become a continuous source of human conflict. Indeed, religion is as much a living spring of violence today as it was at any time in the past. The recent conflicts in Palestine (Jews versus Muslims), the Balkans (Orthodox Serbians versus Catholic Croatians; Orthodox Serbians versus Bosnian and Albanian Muslims), Northern Ireland (Protestants versus Catholics), Kashmir (Muslims versus Hindus), Sudan (Muslims versus Christians and animists), Nigeria (Muslims versus Christians), Ethiopia and Eritrea (Muslims versus Christians), Sri Lanka (Sinhalese Buddhists versus Tamil Hindus), Indonesia (Muslims versus Timorese Christians), Iran and Iraq (Shiite versus Sunni Muslims), and the Caucasus (Orthodox Russians versus Chechen Muslims; Muslim Azerbaijanis versus Catholic and Orthodox Armenians) are merely a few cases in point. In these places religion has been the explicit cause of literally millions of deaths in the last 10 years.
In a world driven by ignorance, only the atheist refuses to deny the obvious: Religious faith promotes human violence to an astonishing degree. Religion inspires violence in at least two senses: (1) People often kill other human beings because they believe that the creator of the universe wants them to do it (the inevitable psychopathic corollary being that the act will ensure them an eternity of happiness after death). Examples of this sort of behavior are practically innumerable, jihadist suicide bombing being the most prominent. (2) Larger numbers of people are inclined toward religious conflict simply because their religion constitutes the core of their moral identities. One of the enduring pathologies of human culture is the tendency to raise children to fear and demonize other human beings on the basis of religion. Many religious conflicts that seem driven by terrestrial concerns, therefore, are religious in origin. (Just ask the Irish.)
These facts notwithstanding, religious moderates tend to imagine that human conflict is always reducible to a lack of education, to poverty or to political grievances. This is one of the many delusions of liberal piety. To dispel it, we need only reflect on the fact that the Sept. 11 hijackers were college educated and middle class and had no discernible history of political oppression. They did, however, spend an inordinate amount of time at their local mosque talking about the depravity of infidels and about the pleasures that await martyrs in Paradise. How many more architects and mechanical engineers must hit the wall at 400 miles an hour before we admit to ourselves that jihadist violence is not a matter of education, poverty or politics? The truth, astonishingly enough, is this: A person can be so well educated that he can build a nuclear bomb while still believing that he will get 72 virgins in Paradise. Such is the ease with which the human mind can be partitioned by faith, and such is the degree to which our intellectual discourse still patiently accommodates religious delusion. Only the atheist has observed what should now be obvious to every thinking human being: If we want to uproot the causes of religious violence we must uproot the false certainties of religion.
Why is religion such a potent source of human violence?
•Our religions are intrinsically incompatible with one another. Either Jesus rose from the dead and will be returning to Earth like a superhero or not; either the Koran is the infallible word of God or it isn’t. Every religion makes explicit claims about the way the world is, and the sheer profusion of these incompatible claims creates an enduring basis for conflict.
 •There is no other sphere of discourse in which human beings so fully articulate their differences from one another, or cast these differences in terms of everlasting rewards and punishments. Religion is the one endeavor in which us-them thinking achieves a transcendent significance. If a person really believes that calling God by the right name can spell the difference between eternal happiness and eternal suffering, then it becomes quite reasonable to treat heretics and unbelievers rather badly. It may even be reasonable to kill them. If a person thinks there is something that another person can say to his children that could put their souls in jeopardy for all eternity, then the heretic next door is actually far more dangerous than the child molester. The stakes of our religious differences are immeasurably higher than those born of mere tribalism, racism or politics.
•Religious faith is a conversation-stopper. Religion is only area of our discourse in which people are systematically protected from the demand to give evidence in defense of their strongly held beliefs. And yet these beliefs often determine what they live for, what they will die for, and—all too often—what they will kill for. This is a problem, because when the stakes are high, human beings have a simple choice between conversation and violence. Only a fundamental willingness to be reasonable—to have our beliefs about the world revised by new evidence and new arguments—can guarantee that we will keep talking to one another. Certainty without evidence is necessarily divisive and dehumanizing. While there is no guarantee that rational people will always agree, the irrational are certain to be divided by their dogmas.
 It seems profoundly unlikely that we will heal the divisions in our world simply by multiplying the opportunities for interfaith dialogue. The endgame for civilization cannot be mutual tolerance of patent irrationality. While all parties to liberal religious discourse have agreed to tread lightly over those points where their worldviews would otherwise collide, these very points remain perpetual sources of conflict for their coreligionists. Political correctness, therefore, does not offer an enduring basis for human cooperation. If religious war is ever to become unthinkable for us, in the way that slavery and cannibalism seem poised to, it will be a matter of our having dispensed with the dogma of faith.
When we have reasons for what we believe, we have no need of faith; when we have no reasons, or bad ones, we have lost our connection to the world and to one another. Atheism is nothing more than a commitment to the most basic standard of intellectual honesty: One’s convictions should be proportional to one’s evidence. Pretending to be certain when one isn’t—indeed, pretending to be certain about propositions for which no evidence is even conceivable—is both an intellectual and a moral failing. Only the atheist has realized this. The atheist is simply a person who has perceived the lies of religion and refused to make them his own.