martes, 10 de diciembre de 2013

Adiós Sr. Mandela

 

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 Nelson Mandela

 

Adiós Sr. Mandela

En estos días estamos asistiendo a través de los medios de comunicación unos, y otros lo harán de forma física, al acontecimiento del año, homenaje y funeral de un gran hombre, Nelson Mandela.
Viendo la cantidad de líderes mundiales de diferentes ideologías políticas que van a asistir al funeral no he tenido más remedio que aceptar que el finado se lo merece, pero viendo también la catadura de muchos de los asistentes (y me refiero a la clase política) me asaltó la sospecha de que eso parecía una convención internacional de hipócritas, creo que sólo faltará el líder israelí Benjamín Netanyahu (por razones económicas, dice) y el líder del Ku Klux Klan (por razones de seguridad, creo) aunque hace tres décadas se hubiese encontrado en su propia salsa en Sudáfrica.

Tengo el mal hábito de preguntarme el porqué de las cosas, y analizarlas, ante la gran asistencia de reyes, príncipes, presidentes, dictadores, (Robert Mugawe, por ejemplo) que parece que todos están de acuerdo en que Mandela fue un gran hombre ¿Cómo permitieron que pasase 27 años en la cárcel?¿Por qué no presionaron al gobierno sudafricano para que lo excarcelase? siendo el apartheid tan malo ¿Por qué las fuerzas internacionales, OTAN, UE, no intervinieron como han hecho en otros países, Libia, Siria, etc.? La respuesta está clara, los recursos  naturales y ricos del país (oro, diamantes etc.) estaban en manos de los que hoy asisten al funeral,  entonces he llegado a una conclusión, no es el funeral lo que me parecía, una convención de hipócritas, es una convención de predadores agradecidos, ya que el señor Mandela a cambio de unas cuantas concesiones les permitió seguir expropiando al país.

Enumeremos algunas de las concesiones, el derecho al voto, bueno, el negro puede votar al que le va a seguir explotándo, a la vista está, el derecho a compartir el transporte público, bien, los blancos se mueven en buenos coches y limosinas, los autobuses para los negros, el poder compartir los retretes en los sitios públicos, vale, los blancos ya salen cagados y meados de casa, en fin, no voy a decir que los nativos sudafricanos no hayan mejorado un poquito.

Entonces, ¿cuál ha sido el mérito que se le atribuye a Nelson Mandela? indudablemente su humanidad, y algo más que los medios no dicen, el haber puesto la otra mejilla, su falta de revanchismo, cuando todo el mundo temía que al cambiar el régimen, habría un baño de sangre, llegó este buen señor y dijo, "pelillos a la mar", pero yo, siempre mal pensado, digo,¿no sería el comportamiento del señor Mandela algo pactado?, su libertad y subida al poder a cambio de mantener el statu quo económico, aunque el social cambiase.

 Porque, como he escrito antes, la situación social del ciudadano de a pie ha cambiado un poquito, pero la económica, no, los blancos siguen disfrutando de unas condiciones sociales y laborales mucho mejores que sus conciudadanos negros, y la prueba es que muchos de los que salieron del país huyendo de la quema con sus capitales (Australia se benefició de estos expatriados y sus fortunas) están volviendo, por algo será.

En fin, acabo diciendo lo que siempre he dicho, no me gustan los ídolos, todos tienen los pies de barro, no voy a dudar que Nelson Mandela fuese un buen hombre, siempre me gustó, igual que Gandhi, pero me mosquea que los que antaño lo vituperaran, ahora se desvivan en alabarle, es como si a la muerte natural de una gacela asistiesen llorosos las hienas y los leones.

Elías Montaño

martes, 21 de mayo de 2013

Calígula



Calígula


Calígula tendrá, en el futuro, un lugar de dudoso honor en la sangrienta lista de los emperadores romanos, sin que esto quiera decir que fue intrínsecamente peor que otros. Y es que la fama de algunos malvados de la Historia suele depender de un cúmulo de circunstancias presentes y futuras a partir de las cuales, los historiadores hacen su trabajo.
En el caso de Cayo César Germánico llovía sobre mojado tras su antecesor, el impresentable Tiberio. Con su mandato, el Imperio Romano alcanzará su plenitud tras la época puente del Principado que había iniciado Augusto y proseguido Tiberio, ya con el título de Imperio. Calígula añadiría a la
  
 nueva simbología imperial elementos helenístico-orientales que intentarían embellecer lo que, bajo su reinado, no sería otra cosa que una durísima monarquía teocrática a merced de sus caprichos.
Sobrino y sucesor de Tiberio (quien lo había adoptado), hijo de Germánico y de Agripina, y tercer Emperador romano, nació en Antium (hoy Porto D’Anzio). Será conocido como Calígula (diminutivo de caliga, sandalia militar). Antes de ser elevado al trono, debió dar señales alarmantes, ya que el propio Tiberio, a quien acompa ñaba en su retiro de la isla de Capri, comentó: «Educo una semiente para el Imperio». La serpiente lanzó muy pronto el veneno, pues con ocasión de la muerte de Tiberio, y cuando todos creyeron que el viejo crápula había dejado de vivir, con el cuerno aún caliente, Calígula arrancó el anillo del dedo del Emperador, y se lo puso para hacerse proclamar por los presentes nuevo César.
No obstante, en pleno juramento, Tiberio, el pretendido cadáver, pidió un vaso de agua, y el terror se enseñoreó de todos, y muy en especial de Calígula, que lucía ya el anillo imperial y se relamía de gusto ante la perspectiva inmediata de asumir el poder. Aunque Macro, allí presente, ante lo violento y peligroso de la situación, se abalanzó sobre el moribundo y, con su propia almohada, lo asfixió. Calígula, el nuevo Emperador, por fin pudo respirar tranquilo... Calígula era un hombre sin atractivos, de aspecto aterrador que acentuaba con su costumbre de ensayar continuamente las más diversas muecas con las que deseaba asustar, aún más, a los que le rodeaban. Su escasa cabellera era muy encrespada, lo que le acomplejaba doblemente. Muy pronto haría prácticas de sadismo en especial sobre las mujeres que tenía más próximas, con las que se ensañaba, según contaba Séneca.
Este sadismo, según el filósofo cordobés, además de por la utilización de castigos y martirios físicos, se presentaba bajo otras formas de tortura provocadas por el mismo emperador, exactamente a través de sus ojos, cuya mirada nadie era capaz de resistir sin empezar a temblar. Bien lo sabía el filósofo cordobés pues, odiado por el emperador, a punto estuvo de perecer por orden de Calígula. Fue salvado in extremis por una concubina del tirano, y no por humanidad sino porque, sabedor de que Séneca sufría una grave tuberculosis, pensó que no valía la pena adelantar por poco tiempo un final que parecía próximo. En el día a día de Calígula todo valía para llevar a la realidad uno de sus más pregonados deseos: «Que me odien, mientras me teman». No obstante, y llegado el momento, parece ser que Calígula era consciente de su patología mental, o sea, esquizoide, de origen genético.
Tanto es así que, consciente de su inestabilidad psíquica, pensó seriamente en retirarse del poder imperial y ponerse en manos de quienes pudieran curarlo, pues su enfermedad no era original, sino consecuencia de unas altísimas fiebres que padeció en sus primeros años. Un defenestrado (quitado de la circulación) y asustado Séneca, por ejemplo, no dudó en dar salida a su odio hacia Calígula escribiendo (aunque, por supuesto, sin publicarlo entonces) un libro titulado De la cólera, que era un ataque en toda regla, y sin perdón, hacia el odiado personaje que dirigía el Imperio.
Con ocasión de su acceso al trono a los 23 años, Calígula sacrificó 160.000 animales como acción de gracias por tan importante suceso, e inició desde aquel momento, su ascensión imparable hacia el poder máximo y caprichoso que culminará en su inclusión en la no muy ejemplar historia de los emperadores romanos en un destacado primerísimo puesto de crueldad y arbitrariedad, a pesar de que, sorprendentemente, inauguró su reinado ejerciendo una política de tolerancia como reacción al despotismo y maldad de su antecesor, su protector Tiberio. Incluso suspendió los odiosos procesos por lesa majestad de su antecesor, además de volver a los comicios en los que se elegía a los magistrados (con Tiberio lo había hecho el Senado). Además, nadie le negó su amor por los desfavorecidos y su odio por los ricos, conducta esta última que, al final, sería su perdición.
En correspondencia, en estos primeros tiempos el pueblo romano lo adoraba, quizá por ver en él al hijo de aquel Germanico desgraciado y bueno y deduciendo, erróneamente, que sería como su progenitor. Todo empezó a torcerse cuando, en apenas un año, gastó todo el tesoro que había heredado de Tiberio, unos 2.700 millones de sestercios, teniendo que tapar aquel enorme agujero con nuevos y gravosos impuestos de los que no se salvaba nadie. Por ejemplo, impuso un canon a los alimentos, otro por los juicios, a los mozos de cuerda, a las cortesanas e incluso a todos los que tenían la feliz idea de contraer matrimonio. Pero todo este atraco no era suficiente y, tras insistir una y otra vez en esta actitud de pedigüeño, en el transcurso de sus muchos delirios, aseguraría sentirse en la más absoluta ruina, llegando en su sicopatía a pedir limosna en las calles romanas además de obligar a testar en su benefició a sectores de la población bastante ricos, poniéndose muy nervioso si éstos, los llamados a cederles sus riquezas, no se morían pronto. Durante esta fiebre de miseria más o menos imaginaria, pero no menos obsesiva, llegó a confiscar las posesiones de sus propias hermanas, Julia y Agripina, y acusarlas de conspirar contra él. Pero volviendo atrás, a los primeros tiempos de su poder absoluto, aquellas primeras bondades del inicio de su reinado las olvidó Calígula apenas medio año más tarde, superando enseguida las atrocidades de su predecesor, acaso por sufrir un conjunto de enfermedades mentales que le provocaban noches interminables presididas por el insomnio, además de sufrir de continuo espantosos ataques de epilepsia, que nunca le abandonaron.
Precisamente sería tras un agravamiento de sus enfermedades, y después de una inesperada recuperación cuando todos le daban por perdido, cuando se evidenciaría aún más toda su crueldad, puede que como secuela de su enfermedad anterior. Según se levantara de un humor que siempre era variable y caprichoso, demostraba manía persecutoria, delirios y quimeras relacionadas, de nuevo, con el dinero como, por ejemplo, la necesidad que tenía de pisar físicamente un montón de monedas de oro con sus pies descalzos. También formaba parte de su esquizofrenia su desinterés, convertido en odio, por los más famosos autores contemporáneos, ordenando la destrucción (aunque, a la postre, no lo consiguió) de todas las obras de Homero, Virgilio, Tito Livio y otros. Tuvo una pasión incestuosa por una de sus hermanas, Julia Drusila. Muy jóvenes ambos, Calígula la había poseído por primera vez, siendo sorprendidos los dos adolescentes en el lecho por la abuela Antonia, en cuya casa vivían. Nunca renunciaría a ella, sino que, años después, y a pesar de que la habían casado con un tal Lucio Casio Longino, Calígula la compartió y fue Drusila, al mismo tiempo, esposa legítima de su hermano.
Incluso durante una grave enfermedad que parecía iba a ser definitiva y con un fatal desenlace, Calígula nombró como heredera a su misma adorada hermana y esposa. J.ustificaba esta atípica relación en que, en las dinastías de los Ptolomeos, en su adorado Egipto, esto —la unión de dos hermanos— era considerado una relación incluso sagrada. Su amor hacia Drusila le llevó a sentarla junto a él en el Olimpo que había creado con su misma persona como dios principal, divinizándola también. Cuando ella murió, Calígula no tuvo consuelo, y muy afectado, ordenó e impuso un luto general, dictando durísimos castigos para los que, en ese período de duelo, se bañaran, se rieran aunque fuese poco o, en fin, hubieran comido en familia de forma distendida o agradable. A continuación huyó de Roma y no paré hasta Siracusa. A su regreso, volvió desaliñado, con los cabellos enredados y obligando a que, en adelante, todos juraran por la divinidad de la difunta Julia Drusila. Desde el primer momento imprimió a su reinado de una pompa desconocida, asumiendo de hecho una teocracia en lo externo, deudora de lo helenístico-oriental entre lo que incluyó actos como el de acostarse, además de con Drusila —que siempre sería su preferida—, con sus otras hermanas, las cuales, después de yacer en el lecho del emperador, fueron entregadas por éste a varios amigos como auténticas prostitutas que estos podían utilizar y explotar a su antojo. En otra ocasión, habiendo sido invitado a la boda de un patricio llamado Pisón, durante el banquete decidió robarle la esposa (Livia Orestila) al atónito flamante marido, llevándosela a sus aposentos y poseyéndola. Justificó este rapto y posesión en que, realmente, Livia era su esposa, y amenazó a Pisón si tenía la audacia de tocar a su mujer. Y es que las caricias impacientes de los desposados habían enardecido a Calígula, que quiso adelantarse al marido en el disfrute de la todavía virgen esposa.
 Esta conducta indigna del Emperador no era excepcional, ya que en los banquetes solía examinar detenidamente a las damas asistentes, y no evitaba levantarles los vestidos y comparar sus intimidades, escogiendo a alguna y retirándose para gozarla, como hiciera con la desgraciada Livia Orestila. Después regresaba con evidencias del encuentro y se deleitaba ante los asistentes con confidencias sexuales sobre la arrebatada de turno. Fue también amante de Enia Nevia, esposa de Macron, y entre las cortesanas, su favorita fue Piralis. Asimismo, se divertía mucho divorciando, en ausencia de sus maridos, a damas de alta alcurnia, con las que también se acostaba. No obstante, y por medios legales, Calígula tuvo otras esposas: Junia Claudila (que Íallcció tras su primer parto), la misma esposa de Pisón, Livia Orestila, Lolia Paulin~ y Cesonia. Esta última fue la que más le duró, al parecer por sus artes libertinas, que excitaban al Emperador de manera especial y lo hacían deudor de sus caricias. La pasión por Cesonia y la manera cómo la consiguió, son dignas del carácter del Emperador. Era Cesonia una bella matrona llena de sabiduría a quien Calígula coiioció el mismo día que ella paría en palacio (de donde era habitante como una mas de las muchas personhs al servicio del emperador) una hermosa niña.
Encariñado desde ese momento con la madre y con la niña, puso a ésta el nombre de Drusila, en honor de su hermana y amante, y se proclamó padre de la criatura. Y, puesto que era el padre por su propia decisión, automáticamente obligó a que se le reconociera también como esposo de la madre, Cesonia. Momentáneamente metamorfoseado en ilusionado padre de familia, condujo a su esposa e hija a todos los templos de Roma, presentando a la pequeña a la diosa Minerva para que le insuflara saber y discreción. Sin embargo Cesonia ya había parido tres hijos de su matrimonio anterior con un funcionario de palacio, además era una mujer con la juventud ya perdida y no excesivamente hermosa. Por lo que se rumoreaba que aquella locura de Calígula por ella se debía a que Cesonia le había dado algún brebaje afrodisíaco, como por ejemplo, uno muy conocido extraído del sexo de las yeguas. Perdido el norte, Calígula empezó a practicar toda una serie de conductas absurdas y crueles como, por ejemplo, entre las primeras, el nombrar cónsul a su caballo favorito, Incitatus (Impetuoso), al que puso un pesebre de marfil y dotó de abundante servidumbre a su disposición. Y, entre las segundas, su deseo, expresado a gritos, de qUe «el pueblo sólo tuviera una cabeza para cortársela de un solo tajo», producto de una rabieta imperial al oponerse el público del circo a la muerte de un gladiador contra lo decidido por Calígula. También se distraía llevando sus cuentas personalmente, unas cuentas consistentes en redactar la lista de los prisioneros que, cada diez días, debían ser ejecutados.
Otra contabilidad llevada personalmente fue la de su propio gran prostíbulo, que había hecho construir dentro del recinto de su palacio y que resultó un negocio redondo. En otro orden de cosas, y para producir aún más terror, todas estas distracciones las vivía disfrazándose y maquillándose de forma que sus actos, de por sí ya terribles, contaran con el añadido de lo siniestro, de manera que sus caprichos resultaran implacables haciendo temblar a sus víctimas aún más. Las ejecuciones eran tan numerosas que, a veces, no había una razón medianamente comprensiva para tan definitivo castigo, como en el caso del poeta Aletto, que fue quemado vivo porque el Emperador creyó toparse con cierta falta retórica en unos versos compuestos, precisamente, a la mayor gloria de Calígula, por el desgraciado vate. La crueldad de Calígula podría resumirse en una frase que se trataba, en realidad, de una orden dada a sus matarifes respecto a cómo tenían que acabar con sus víctimas. Era ésta: «Heridlos de tal forma que se den cuenta de que mueren». La lista de sus desafueros sería interminable. A modo de muestreo, podemos decir que el Emperador, imbuido muy pronto de su carácter divino, hizo traer de Grecia algunas estatuas, entre ellas la de Júpiter Olímpico, escultura a la que ordenó arrancar la cabeza y sustituirla por una suya, y desde ese momento rebautizada como Júpiter Lacial (él mismo, transformado en el dios de dioses del Lacio).
El siguiente paso será la elevación de un templo en honor de ese nuevo dios y la presencia en el mismo de otra escultura, ésta de oro, y que cada día era vestida como el propio Calígula, en una especie de simbiosis y travestismo entre aquel artista llamado Pigmalión y su modelo, y que evidenciara de manera inequívoca, la naturaleza celestial del Emperador. También, y sin duda todavía en las alturas de su particular Olimpo, invitaba a la Luna (Selene) en su plenilunio, a que se acostara con él. Ya en terrenos más próximos a lo cotidiano, y en su afán por complicarle la vida a sus súbditos, se divertía, por ejemplo, regalando localidades a la plebe que, en principio, estaban destinadas a la aristocracia. Lo divertido para Calígula venía cuando, estos últimos, al encontrar ocupadas sus localidades, iniciaban un altercado con la chusma, espectáculo este mucho más divertido para Calígula que las propias representaciones teatrales. Calígula había sido un emperador que siempre había sorprendido y puesto a prueba a la gente. Como se quejara amargamente de que su reinado transcurría sin grandes cataclismos y, por tanto —según él—, su nombre y su tiempo apenas serían recordados por los historiadores, intentó suplir esta falta de terremotos, inundaciones, pestes o guerras auténticas, con la puesta en escena de batallas de ficción. Así, en una de sus incursiones por Germania y ante la nula presencia real de escaramuzas, decidió que parte de sus legiones pasaran al otro lado del río Rhin, desde donde se encontraban, e hiciesen como si pertenecieran a un ejército bárbaro. Una vez en la otra ribera, Calígula cayó sobre el enemigo con sus soldados, a los que venció sin paliativos.
Escribió, entonces, a Roma anunciando su triunfo al tiempo que se quejaba de que, mientras él exponía su preciosa existencia luchando, en la metrópoli el pueblo y los senadores se divertían en inacabable holganza. También humilló a sus legiones en las Galias obligando a los soldados a recoger, en el transcurso de jornadas agotadoras, toda clase de moluscos y otras especies de productos marinos. Tras agotar el tesoro imperial en su favor y mandar asesinar (como ya queda dicha) a destacados miembros de la aristocracia para quitarles el dinero, acabó siendo asesinado en una estancia de su palacio por el jefe de los pretorianos, Casio Quereas, en el pasillo que comunicaba aquél con el circo, al que volvía el Emperador tras un descanso en uno de los espectáculos de los Juegos Palatinos. Se vengaba así, de camino, Quereas del trato vejatorio que siempre le infligió el Emperador, tratándole de afeminado e impotente.

Ahora había llegado su hora, y ya pudo empezar a alegrarse con la primera herida producida en el cuerpo de un Calígula medroso (un hachazo en el imperial cuello), que, sin embargo, no lo mató inmediatamente, aunque sí provocara en el sádico personaje gritos de dolor y desesperación. Inmediatamente acudieron el resto de los conjurados (hasta treinta de ellos con sus espadas desenvainadas) quienes, tras una estocada en el pecho propiciada por Cornelio Sabino, se ensañaron en la faena de acabar, definitivamente, con la vida del Emperador, su esposa Cesonia e, incluso, con la de la hija de ambos, una niña que fue estrellada sin piedad contra un muro. Se ponía fin, con la misma violencia sufrida, al sangriento y violento reinado de un loco que había torturado a su pueblo durante tres años y diez meses de pesadilla.
Crudelísimo incluso después de su muerte, se encontraron abundantes listas de nombres destinados a ser ejecutados. Incluso, junto a estas, fueron hallados gran cantidad de venenos destinados a cumplir de ejecutores de aquéllos, tan abundantes que, al ser arrojados al mar, envenenaron las aguas marinas, que devolvieron a las playas miles de peces muertos. Calígula (que contaba 29 años al morir) fue borrado por el Senado de la lista de los emperadores de Roma. Había sido un hombre tan malvado y despiadado con los demás como cobarde él mismo. Por ejemplo, en vida sentía un terror patológico por las tormentas, que le arrastraba debajo de las camas cuando empezaban los relámpagos.
Murió, como ya se ha dicho, muy joven, y nadie sabría nunca lo que hubiera podido ser su reinado de vivir más años. Como en el caso de tantos personajes polémicos o indeseables, el cine no lo dejaría escapar, siendo uno de los films más conocidos uno seudo porno del escandaloso director Tinto Brass titulado Calígula

Heliogábalo


Heliogábalo (217-221)

El sucesor de Caracalla fue su primo Heliogábalo, natural de Siria. Emperador cruel y sanguinario, con rasgos afeminados.   No contó con el apoyo de sus tropas, y sumado a tantas locuras y tantos crímenes no podía ser mucho tiempo tolerados por los romanos, por lo que fue asesinado a los dieciocho años de edad.
Las intrigas de su abuela Julia Mesa, hermana política de Septimio Severo, consiguieron que a la muerte de Macrino, fuese nombrado Augusto el joven Heliogábalo, con el cual se entronizaron en Roma, la crueldad y la demencia, el desorden, el cinismo y la corrupción.
 Entre sus locuras, abandona el gobierno, se vá con un cochero, un cocinero y un barbero; se casa con cuatro mujeres a la vez, funda una academia de mujeres perdidas y de hombres corrompidos, dá participación en el senado a las mujeres, y casa al dios Baal, de quien era sacerdote, con Astarte, la diosa de Cartago, mandando celebrar las bodas con  musitaba pompa en todo el Imperio.
Tantas locuras y tantos crímenes no podían ser mucho tiempo tolerados por los romanos. Julia Mesa en unión con los pretorianos, consiguió que Heliogábalo adoptase a su primo Alejandro; pero no pudiendo arrastrarlo a la vida corrompida que él llevaba, intentó quitarle el título de César, y aun se propuso asesinarle. Por lo que se sublevaron los pretorianos, quitaron la vida á Heliogábalo, arrastraron su cadáver por las calles de Roma, y lo arrojaron al líber.
 Julia Mesa en unión con los pretorianos, consiguió que Heliogábalo adoptase a su primo Alejandro; pero no pudiendo arrastrarlo a la vida corrompida que él llevaba, intentó quitarle el titulo de César, y aun se propuso asesinarle. Por lo que se sublevaron los pretorianos, quitaron la vida a Heliogábalo, arrastraron su cadáver por las calles de Roma, y lo arrojaron al Tíber.
 Aunque es probable que Heliogábalo no tuviese ambiciones políticas, fue el instrumento de su abuela para decidir el destino del imperio romano. Ella despreciaba a Macrino y en su determinación por devolver los honores imperiales a la familia de los Severos, sobornó a los militares con cuantiosas sumas de dinero e hizo correr el rumor de que el verdadero padre de Heliogábalo no era otro que el emperador Caracalla.
 Heliogábalo era un joven raro y sensible al que habían asignado a un puesto para el que no estaba preparado. Sin embargo, a su abuela no le importó, pues supuso que podría ejercer el poder por medio de su nieto, que sólo sería una figura decorativa.
En sus primeros tiempo mantuvo contentos a los romanos con obsequios generosos y espectáculos magníficos en el anfiteatro, pero no tardó en disgustar a los senadores, cuyos sentimientos religiosos se vieron heridos cuando el emperador relegó a Júpiter a favor de su propio dios.Una de las primeras medidas que tornó fue ordenar la construcción de un templo deslumbrante donde se ubicaría la imagen del dios solar, que fue transportado a su nuevo hogar en una carroza decorada en oro y piedras preciosas tirada por seis caballos blancos. Inclusive llegó a casarse con una diosa.
El joven y bien parecido emperador tenía impulsos sexuales muy humanos y pronunciados, pero estaba confundido sexual y mentalmente. Tanto le atraía la ropa elegante que le dio por vestirse de mujer. Estaba siempre listo para bailar en público, y en esas ocasiones se maquillaba y usaba collares de oro que brillaban sobre túnicas de seda. "Tejía, a veces usaba redecillas para el cabello y se maquillaba los ojos con colores contrastantes. En una oportunidad, se afeitó la barba y celebró un festival para festejarlo, y después se depiló para parecerse más a una mujer." En otra oportunidad, llegó a considerar la posibilidad de castrarse.
El prestigio de Heliogábalo no se habría manchado por los rumores que corrían en relación con esas costumbres, si no hubiese sido porque había designado como funcionarios imperiales a hombres con gustos similares a los suyos. Su favorito era un ex esclavo cario, Hierocles, cuyo agraciado rostro y cabello rubio habían llamado la atención del emperador cuando se cayó durante una carrera de carros. Heliogábalo lo citó en el palacio, hizo que le enseñara el arte de las cuadrigas y, con el tiempo, empezaron a vivir una especie de vida matrimonial hasta el punto de que Heliogábalo le decía "mi marido".
Esa clase de costumbres afectaron el gobierno imperial y generaron una ola de descontento en el pueblo de Roma. Heliogábalo respondió a las críticas como lo habían hecho sus antecesores: arrojando a la prisión y ejecutando a quienes lo cuestionaban, y recompensando a sus subalternos con puestos jerárquicos.
A fines del año 221, el descontento de los soldados terminó en un motín que, a pesar de ser sofocado por el prefecto de la Guardia Pretoriana, sirvió para que el emperador comprendiese que el ejército, en cuyas manos estaba la decisión de que él siguiera ocupando el trono, lo detestaba. Con el propósito de volver a ganarse el apoyo de los soldados, echó a algunos de sus consejeros menos populares y devolvió el cargo de César a Alejandro Seveso, pero era demasiado tarde, pues los soldados, que habían sido comprados por los regalos de Julia Maesa, aclamaron al nuevo emperador Alejandro e ignoraron a Heliogábalo
 Finalmente le dieron muerte a él, a su madre,  y a los favoritos del emperador, Hierocles entre ellos. Los restos mortales fueron arrastrados por la ciudad, mutilados y arrojados a las alcantarillas que desembocaban en el Tíber, y Alejandro Severo fue proclamado emperador. Su abuela Julia Maesa y su madre Mamea volvieron a respirar en paz, y se prohibió la adoración al dios solar.

Caracalla





Caracalla

Después de la muerte de Cómodo, el imperio pasó por el gobierno fuerte e idóneo de Septimio Severo, que duró veinte años. Sin embargo, al morir éste en el año 211, hubo un período de anarquía en el que los generales se disputaron la diadema imperial, marcado por el gobierno de dos emperadores que parecían tener algún tipo de desequilibrio: Caracalla y Heliogábalo.
 Inicialmente Septimio Severo dejó el trono á sus dos hijos, Caracalla y Geta; de carácter amable y humanitario este último, y cruel y sanguinario el primero, la armonía en el mando era imposible entre ellos; y después de intentar la divisen del imperio, Caracalla hizo asesinar á su hermano en los brazos de su madre, y mandó quitar la vida al célebre jurisconsulto Papiniano, por haberse negado a hacer elogio del fratricidio.
 Caracalla, comenzada así la carrera de sus crímenes, se entregó ala corrupción mas desenfrenada, y lamas inaudita crueldad, sacrificando á miles de personas, ya para complacerse en sus sufrimientos, ya para apoderarse de sus riquezas. Tuvo que comprar la paz á los bárbaros del Danubio , queriendo imitar á Aquiles y á Alejandro, visitó las ruinas de Troya y ordenó en Alejandría de Egipto una matanza general. Cásase con la hija del rey de los Partos, pero los excesos de sus soldados provocan una guerra; antes de comenzar las hostilidades, muere Caracalla en Carras, asesinado; de orden de Macrino, prefecto del pretorio.
Un hecho importante registra la historia de Caracalla. Fue este la publicación de la Constitución Antonina, por la cual se concedió el derecho de ciudad á todos los subditos del Imperio, de condición libre; !a ciudadanía tan disputada por los plebeyos y después por los italianos, se extiende ahora á todas partes,, unificando á todos los pueblos bajo el punto de vista; del derecho. Tal vez se propusiera Caracalla con esta medida aumentar los impuestos, desde una vigésima, á una décima en las herencias y legados; pero el resultado es que contribuyó en gran manera a la unificación de todos los pueblos bajo Roma.

 Caracalla, hijo de Septimio Severo, se había ganado el apodo por haber introducido en Roma la túnica llamada caracallct, de origen celta o germano. Ocupó el trono imperial junto con su hermano Geta, pero los dos se odiaban, y Caracalla decidió eliminarlo.
Con la supuesta excusa de querer reconciliarse, lo invitó a reunirse con él en los aposentos de su madre, donde lo asesinó. Luego justificó su traición diciendo que se había anticipado a un ataque de Geta, y mandó eliminar a los seguidores de su hermano, ganándose el favor de los militares por medio de generosas donaciones que vaciaron las arcas del imperio.
Su breve mandato estuvo signado por las calamidades, debido a que era tan despótico y casi tan desquiciado como su antecesor. Obsesionado por su deseo de gloria militar, se veía como la reencarnación de Alejandro Magno, a quien imitaba poniéndose ropas típicas de Macedonia. Además, reclutó soldados macedonios con los que creó una falange especial cuyos comandantes debieron adoptar el nombre de los generales de Alejandro. Y cuando Caracalla pasó por Troya, visitó la tumba de Aquiles.
 Debido a la ansiedad y la sospecha, a las tortuosas pesadillas vinculadas con el fratricidio que había perpetrado y el temor a que lo asesinaran, el emperador solía consultar a videntes y adivinos, y se deshacía de todos los que, según él, lo criticaban, tuviera pruebas de ello o no. Ordenó una masacre brutal de jóvenes en Alejandría, porque estaba convencido de que la ciudad no lo honraba lo suficiente y se burlaba de él.
Su mal carácter y sus caprichos quizá se intensificaron porque siempre estaba enfermo. Aunque no se sabe con certeza cuál era la enfermedad que sufría, se comenta que, en busca de una cura, visitó el santuario de una divinidad celta, Apolo Grannus, en Baden-Baden, que en esa época se conocía como Aurelia Aquensis, y el templo dedicado a Esculapio en Pérgamo. En la primavera del año 217, el emperador fue asesinado por instigación de Macrino, el prefecto de la Guardia Pretoriana.

Cómodo



Cómodo

Durante el gobierno de Marco Aurelio, último de los cinco buenos emperadores, un número de catástrofes naturales golpearon a Roma. Inundaciones del Tíber, hambruna, y la plaga traída del oriente por ú ejército provocaron una disminución considerable de la población y una escasez de hombres en la milicia. Para muchos romanos, estos desastres naturales parecían augurar un futuro ominoso para Roma.
Pronto surgieron nuevas dificultades con la muerte de Marco Aurelio. A diferencia de los primeros cuatro buenos emperadores, quienes eligieron sucesores capaces adoptando a hombres competentes como sus propios hijos, Marco Aurelio permitió a su .hijo Cómodo (180-192) llegar a emperador. Hombre cruel, Cómodo resultó una pésima elección, y su asesinato trajo un breve rebrote de la guerra civil, hasta que Septimio Severo (193-211)

Cómodo Emperador de Roma Emperadores Romanos Familia Julio Claudios


Cómodo conjuntamente con Nerón y Calígula ocupará un puesto de honor dentro de la historia del Imperio Romano. Sin embargo, este lugar destacado que obtienen dentro de la historia universal, muchas veces se considera como injusto –por los altibajos y extremismos en los juicios sobre todos ellos–.
  
La historia de Cómodo demuestra que la herencia de su padre no determinaría su conducta ni su gobierno. Marco Aurelio, su padre, era un extraordinario emperador y padre mientras que Cómodo, un pequeño monstruo en crecimiento. A su vez, será uno de los últimos emperadores de la dinastía de los Antoninos (por Antonino Pío, sucesor de Adriano), y gobernante pacifista (Pax Romana).
 Nacido en Lanuvium, compartió el trono de Roma con su padre, Marco Aurelio –el Emperador filósofo–. En el año 180, inmediatamente después de la muerte de su padre, fue proclamado emperador. También, junto a Marco Aurelio había sido corregente, tras recibir el título de Augusto. Una de las primeras medidas que adoptó una vez en el poder, fue el principio dinástico –sucesión de padres a hijos–, abandonando el principio de adopción vigente hasta ese momento (mediante el cual los emperadores adoptaban a sus sucesores sin tener en cuenta la filiación).
  Además, el nuevo emperador se hizo adorar como la encarnación de Hércules y Mitra –lo que se denominó locura cesárea–, convencido de ser representación de aquellos personajes mitológicos, incluso adoptó el divinizado titulo de Hércules Romanus. Sin embargo, el pueblo –más crítico y desconfiado– refiriéndose a temas mucho más terrenales, señalaba al Emperador como el fruto deleznable de los amores de la emperatriz Faustina y un gladiador.
Una de las hipótesis que se establecen es el posible asesinato de Marco Aurelio por parte de Cómodo, aunque no existen pruebas contundentes de este hecho. Por el contrario, un acto comprobado era la violación de sus hermanas, que no pudo concretar en el caso de su madre. Sin embargo, pronto encontró la manera de acercarse a esa posibilidad, rebautizando a una de sus concubinas –que tenía cierto parecido con su madre– con el nombre de su progenitora, de manera que cada vez que la poseía, se hacía la idea de que estaba con su madre. Sí se sabe fehacientemente, por el contrario, que mató directamente a su hermana Sucilla y a una de sus esposas, Cripisca.
 Cómodo era un hombre sin complejos disfrutaba luchar con los gladiadores sin tener el final destinado a estos guerreros. En este sentido, el emperador siempre salía victorioso porque obligaba a sus contrincantes a emplear espadas de madera mientras que él bajaba a la arena pertrechado de todo el arsenal de espadas de verdad, mazos rotundos y demás armas de muerte, acabando con gran parte de ellos. Más de 700 veces bajó el Emperador a la arena a ejercitarse en estas luchas, aunque en otras ocasiones su crueldad llegaba aún más lejos y superaba todo lo conocido. Al respecto, en una de sus encarnaciones de Hércules, abusando de una gran preparación física –extraordinaria ya que mataba animales salvajes y torturaba esclavos– y blandiendo la famosa maza del héroe griego, aporreó hasta la muerte a cientos de lisiados que se arrastraban por las calles de Roma (adelantándose a futuras limpiezas étnicas) de forma cruel y despiadada. Incluso, solía ofrecer diariamente sacrificios en ofrenda a la diosa Isis, de la que era un adorador ferviente.
 Dejando de lado sus excentricidades y maldades, con respecto a las cuestiones del gobierno del Imperio, Cómodo dispuso la venalidad de los cargos públicos –que se condecía con su avaricia extrema que lo llevaba a arrancar hasta el último céntimo de los bolsillos de sus gobernados–. Esta orden se enfrentaría rápidamente con el Senado, que desde un principio la objetó. Desde este momento, el nuevo emperador se granjearía a gran parte del poder del Imperio y de amplias capas de la población y del Ejército. No obstante, este poder procedía del terror que emanaban sus decisiones caprichosas e inesperadas, incluso, en los momentos de su máximo poder, un Senado sumiso llegó a declararlo como «el más noble y más glorioso de los príncipes». Cabria agregar que su vida estuvo marcada por el escándalo y la perversión que exteriorizaba públicamente en sus orgías, durante las cuales gozaba utilizando constantemente un vocabulario soez de manera torrencial, con el ánimo de que desagradara a los que tenía cerca.
 Dotado de una personalidad ególatra y enfermiza, Cómodo estaba convencido que la posteridad agradecería poder conocer su paso por el poder y por la Historia, sirviendo de ejemplo para las generaciones futuras (quienes desearían imitarlo absolutamente en todos y cada uno de sus actos). Es por eso que ordenó, desde los inicios de su gobierno, que dataran absolutamente todos sus actos por escrito, resaltando sus propios hechos (incluidos los non sanctos). Estos actos serian volcados en las Actas de Roma (una especie de gaceta oficial), sin censurar ninguno de los actos innobles, de los que se autoproclamaba único protagonista.
En cierto sentido, no se ocupaba de todos los actos de gobierno, delegando la toma de deceisiones (referidos a los negocios del Imperio entre otros) a Perennis, quien era el verdadero gobernante. De esta forma, Perennis asumiendo todos los deberes y obligaciones del Imperio, dejaba libre a Cómodo para dedicarse a los placeres y a las maldades –generalmente unidos en este emperador–. Es necesario destacar que estos pasatiempos imperiales salían muy caros a Roma, pues Cómodo dilapidaba los tesoros del Imperio sin limites. A su vez, sus rarezas y excentricidades parecían no tener fin tampoco: sentía una extraña debilidad por las personas con nombres que recordaran a los animales. Así, un tal Onon (asno) fue colmado de riquezas y nombrado Gran Sacerdote de Hércules, haciendo honor no sólo al cuadrúpedo original sino también a la Naturaleza ( que le había regalado un miembro viril que recordaba al de un asno de verdad). Este detalle le hizo ser muy apreciado por el Emperador. Otras excentricidades eran las distracciones “escatológicas” que practicaba, como la de sorprender a sus invitados con la mezcla de sabrosísimos manjares y algo menos apetecibles excrementos y hasta sangre menstrual, que los asistentes estaban obligados a deglutir sin exteriorizar demasiado el asco correspondiente.
Las esperanzas depositadas en este príncipe rubio y de una apolínea presencia pronto se derrumbaron, hasta convertirse en un sentimiento de verdadero peligro para la continuidad del Imperio, animando a sus enemigos a decidirse a “cortar por lo sano”. El emperador se había recluido en el Palatino acompañado de 300 prostitutas y algunos pederastas, de manera que sus orgías no tuviesen fin en sus dominios domésticos. Se dice que él mismo se imponía el trabajo inmenso de poseer a todos ellos, posesiones sólo interrumpidas por el hastío y el derrumbe físico del Emperador.

 Progresivamente el fin de Cómodo y su reinado se iban configurando. Para derrocar a Cómodo se unieron Marcia (concubina del emperador, que funciono como directora del complot), Leto (prefecto) y Ecleto (el chambelán). De esta manera, Marcia, intentó matar a Cómodo suministrándole un veneno que no resultó suficiente para provocarle la muerte, lo que la llevó a solicitar la ayuda del resto de los conspiradores. 
 En este sentido, y con el fin de humillarlo aún más en su ultima hora, utilizó a Narciso, un esclavo –amante de Marcia– que demostraba una infidelidad humillante para el pretendido Hércules redivivo. Narciso y el resto de los conjurados, acabaron con la vida de Cómodo mediante el estrangulamiento y posterior asfixia (utilizando para ello el propio colchón del emperador, al que aplastaron hasta que exhaló). Dentro de sus ejecutores directos estaban el citado Narciso y uno de aquellos amados gladiadores que Cómodo siempre mimó, aunque fuese para posteriormente despedazarlos en el circo. 
 El mismo Senado que le aplaudió en sus desafueros, lo describiría posteriormente como «más cruel que Domiciano y más impuro que Nerón». Sus restos serían enterrados en el spolarium, la fosa común a donde iban a parar los cuerpos destrozados de los gladiadores muertos en el circo.

Nerón





Nerón


 Aunque, bajo su gobierno, no se cometieron las cotidianas crueldades de sus antecesores, varias circunstancias confluyeron para hacer de Nerón, el emperador más conocido y el más denigrado de todos. Se estima que esta calificación errónea se relacionaba con el hecho de que, durante su gobierno, murieran decapitados y crucificados los apóstoles Pablo y Pedro, representantes primigenios de aquella nueva religión que había surgido en Palestina, fundada por Jesús de Nazaret. Así, el fin trágico de los apóstoles y el de otros muchos cristianos seguidores, propició la ennegrecida leyenda de Nerón. A partir de este hecho, la historiografía cristiana, lo consideraría como el precursor de las persecuciones posteriores a los seguidores del cristianismo.
  

En otro orden de cuestiones, este emperador había nacido en Antium, era hijo de Julia Agripina y de Enobarbo –aunque también se decía que, en realidad, el verdadero padre había sido el hermano de la propia Agripina, Calígula–. Al nacer, su padre, en medio de un delirium tremens producto de una borrachera, expresó: «De Agripina y de mí —profetizó— sólo puede nacer un monstruo». Estas palabras no resultaban extrañas frente a un progenitor que había tenido relaciones incestuosas con su hermana Lépida (la llegada al poder del nuevo Emperador le habría salvado la vida).
Sin embargo, al poco tiempo quedaría huérfano de padre, y su madre sería desterrada. Nerón, vivió junto a su tía Domicia Lépida, “de costumbres y honorabilidad harto discutible”, que se había encargado de un niño prácticamente abandonado. La vida libertina de su tía se confirmaría con la designación de sus tutores: Domicia encargó la educación del niño a dos amigos suyos (un bailarín y un barbero). Al regreso del destierro, su madre, Agripina, volvió a ocuparse de su hijo, reemplazando a sus tutores por Aniceto, un individuo aún más inmoral que los anteriores y que la propia tía Lépida.
A los 13 años, fue adoptado por el emperador Claudio –bajo las presiones de su madre Agripina–, de esta forma, tras la muerte del Emperador, el joven Nerón heredaría el trono imperial. Una de las hipótesis que se manifiestan, considera que la muerte de Claudio estaba relacionada con el suministro de setas envenenadas preparadas por Locusta a indicación de la propia Agripina. A su vez, la madre de Nerón había comprado a los pretorianos (a los que previamente había sobornado con 15.000 sestercios para que no dudaran al momento de elegir al nuevo emperador).
 Empezaba así un nuevo reinado y un nuevo Emperador en la lista del mayor Imperio entonces conocido, quien gobernaría sobre más de 70 millones de ciudadanos romanos. Claro que, oculta tras la figura de su hijo, quien iba a llevar las riendas de los negocios imperiales iba a ser aquella, todavía joven y hermosa mujer, Agripina.
Sin embargo, el hijo de Enobarbo (de aenus, bronce, y barbo, barba —como su padre, Nerón tenía cabellos y barba rojizos–), en un primer momento, no deseaba ocupar el trono imperial, pues era consciente de que le alejaría de su verdadera buena vida. Ésta, para el joven Nerón, se encerraba en la práctica y conocimiento de las artes, de las que era un convencido y entusiasta aficionado, ya que se consideraba a sí mismo como buen cantante, poeta, escultor, actor y hasta bailarín. Además, estaba convencido también de su experticia en otras actividades como en la conducción de cuadrigas.
Nerón consideraba que todas estas actividades pasarían a un segundo plano cuando asumiera como Emperador, lo que explica su reticencia a ocupar el nuevo lugar, a no ser por las prisas de su madre, por él ese momento lo hubiera alejado lo más posible. Incluso intentó rechazar el matrimonio impuesto con la jovencísima Octavia cuando contaba apenas trece años, matrimonio que, aunque llegó a celebrarse, nunca se consumaría. Por el contrario, Nerón hizo saber de manera ostensible, que su auténtica esposa era una mujer llamada Actea, aquella era liberta y meretriz muy popular en la ciudad. Incluso, la debilidad de Nerón por esta mujer se prolongaría durante toda su vida, luchando contra la oposición de su madre. Agripina, no sólo detestaba los amores de su hijo con una inferior, sino que –según cuenta la leyenda– jugaba el factor celos, pues la esclava venía a interponerse en las relaciones que excedían los sentimientos materno-filiales de Agripina y su hijo, que al parecer, era de dominio público.
Nerón inició su reinado a la edad de 17 años de forma pacífica, aconsejado por sus maestros Burro y el filósofo cordobés Séneca (este último sería amante de su madre, Agripina, y sería ella la que lo introduciría en la corte imperial). Sin duda, las enseñanzas del filósofo bético habían hecho mella en el tierno y joven Emperador, que no obstante haber intentado aquel impregnar el corazón de Nerón con buenas lecciones, realmente estaba tan apegado a lo pecuniario, que su fortuna había crecido desmesuradamente al lado de la familia imperial (algunos historiadores hablan de una fortuna de 300 millones de sestercios en poder a momento de su muerte).
Tan benefactor aparecía a todos el joven Emperador que se contaba el caso de que, al tener que estampar su firma en una sentencia de muerte, se resistió a hacerlo, inbricándola al fin, pero tan contrariado que exclamó: «iQuisiera el cielo que no supiera ni escribir!». En otra ocasión, quisieron levantarle una estatua de oro, Nerón se negó a aceptarla, en razón de esta circunstancia: «Esperad que la merezca». Así mismo, se conformó con enviar al destierro a un escritor llamado Galo Veyento, porque se había confesado autor de unos terribles escritos contra los senadores y la casta sacerdotal.
De esta manera, su gobierno, en un principio estuvo dominado totalmente por la presencia imponente de su madre; el nuevo Emperador era un muchacho dócil y tímido que gobernaba a la sombra materna. Esta sumisión se apreciaba externamente en detalles como el de acurrucarse a los pies de Agripina, cuando estaba sentada en el trono imperial, y en el de caminar a pie en paralelo a la ostentosa litera de su madre, acompañándola en los desplazamientos por las calles de Roma.
A su vez, se apasionaba por los festejos de tal forma que cualquier suceso era la excusa para organizarlos: la aparición de su primera barba dio lugar a la organización de los primeros Juegos de la Juventud. No obstante, esta buena idea derivará en el inicio de la depravación y lo más disoluto que se entronaría intramuros del palacio imperial.
En sus primeros tiempos, otros detalles gratos del nuevo Emperador sorprendían a la gente: sus grandes dispendios al organizar, sin descanso, toda clase de diversiones y espectáculos para los romanos, actuando como “padre bondadoso” que impedía la muerte de los gladiadores que luchaban en el circo (incluidos los prisioneros de guerra y los condenados por la justicia). Además, como se proclamaba artista universal, se empeñó en diseñar las nuevas casas de la ciudad del Tíber, intentando limitar los lujos excesivos de las mismas. A su vez, proyectó prolongar las murallas de Roma hasta el puerto de Ostia.
Sin embargo, a partir de la muerte de su madre, Nerón cambiará rotundamente la dirección de su gobierno: ordenó la ejecución de sus dos maestros, Burro y Séneca, y a otros artistas y literatos (como el poeta Lucano, sobrino de Séneca). Progresivamente instauró una época de delirios y locuras asesinas. No obstante, antes de realizar cualquier conclusión apresurada frente al cambio de política de gobierno, sería conveniente entender que su maestro y el filósofo cordobés, se habían embarcado en una conspiración para eliminar a Nerón y sustituirle por su antiguo preceptor cordobés.
Pero esta razón, no resuelve de manera acabada el motivo del rotundo cambio. Entonces ¿a qué se debió el cambio?
Una posible respuesta sería la influencia del factor hereditario: como se sabe, Nerón pertenecía a la familia Julia-Claudia, una dinastía con representantes tan fuera de lo común en cuanto a patologías mentales como Cayo Julio César, Octavio Augusto o Tiberio.
El primero, había sido un obseso sexual (como denominaríamos hoy), tan volcado en los placeres genésicos que no hacía distingos entre hombres y mujeres, aunque eran éstas, desde las desconocidas hasta las esposas de los senadores, las que corrían más peligro («Encerrad a vuestras mujeres, que viene el calvo!» quedó como frase hecha que avisaba de las razzias del general asesinado por Bruto). En cuanto a Octavio Augusto, primer Emperador romano, siempre tuvo una salud delicada, no aguantando ni el frío ni el calor, era muy bajo de estatura, cojeaba y tenía la piel manchada. Como su padre adoptivo y pariente, se le puede considerar bisexual, y como con Julio César, tampoco las mujeres podían estar muy seguras a su lado. Por fin, Tiberio reunió en su persona todos los desenfrenos y nadie dudaba que estaba poseído por una peligrosa clase de esquizofrenia, cuyos síntomas, por cierto, aparecían agudizados en Calígula. En fin, de la misma familia, con parentescos más o menos cercanos, fueron Germánico, Livia Drusila o su predecesor, Claudio, un emperador considerado como imbécil.
Como se ve anteriormente, de toda esa ascendencia no podía salir nada bueno, y en Nerón parecieron confluir todos los desequilibrios de sus antepasados y familiares. A raíz de ello, empezó a actuar fuera de sí: ordenó matar a Británico, hijo de Claudio y sucesor al trono, que había presenciado la muerte de su padre cuando tenía 12 años, bajo el veneno de Locusta.
Se debe realizar, una consideración en torno a este hecho: Nerón, como premio a la preparación de sus venenos, premió a Locusta con la impunidad, grandes extensiones de tierras y la autorización para que tuviera discípulos en el arte de preparación de líquidos letales. La misma envenenadora falló en una primera ocasión, con su pócima destinada a matar al joven hijo de Claudio. No obstante, luego logró su cometido y a la muerte despiadada de Británico se sumaba la presencia del joven Nerón complacido y risueño, frente a la lentísima agonía de su presunto rival. Él mismo había suministrado la pócima mortal a su odiado enemigo, al que su madre ponía continuamente como ejemplo de joven bondadoso y dedicado al estudio, además de ser ajeno a cualquier ambición de poder. Nerón se ensañó con las personas más próximas a su entorno: las victimas fueron tres mujeres: la primera, su propia progenitora, Julia Agripina, después seguirían sus dos —y sucesivas— esposas: Octavia y Popea.
La necesidad de venganza y rebeldía estaban presentes en la figura de Nerón desde un comienzo: un primer intento de rebeldía surgió ante el odio de Agripina por la liberta Actea, oposición que el Emperador acabó por no digerir dado el apasionamiento para con la ex meretriz. En este sentido, progresivamente fue germinando en su cerebro la idea de desembarazarse de Agripina, convirtiéndose en obsesión cuando tuvo a su lado a su segunda esposa, Popea. El primer intento de acabar con la vida de su progenitora fracasó tras un fallo técnico: se trataba del lecho materno, donde unos operarios habían transformado el techo del dormitorio colocando planchas de plomo que debían caer, al accionar una palanca, sobre la regia durmiente, aplastándola literalmente. Pero la víctima pudo escapar y herida levemente, encerrarse en una de sus villas. El fracaso de aquel intento de asesinato sumió al hijo en una pesadilla continua en la que no lograba ahuyentar un miedo terrorífico, pensando Nerón —y no le faltaba razón— en que, dado el carácter de su madre, podía matarlo a él en venganza por su intento fallido.
Sin embargo, nada detuvo al rencoroso Nerón. Así, transcurridos unos días, volvió a la idea de intentar de nuevo la eliminación de quien le había llevado en su vientre. Habia pensado en un barco trucado para su crimen, en el que iría su madre, que previamente se había dirigido a las fiestas de Minerva cerca de Nápoles. Nuevamente, el dispositivo falló y aunque la barcaza se partió en dos, su madre, que era una gran nadadora, pudo ganar la orilla del golfo de Bayas. Aún más aterrorizado que la vez anterior por este nuevo chasco, ordenó que, de inmediato, mataran definitivamente a aquella mujer que parecía reírse de él desde una aparente inmortalidad. Será un incondicional del Emperador, Aniceto, el que hunda su espada en el vientre de Agripina. A su vez, visitó el cadáver desnudo de su madre y, según Suetonio, lo examinó y acarició durante largo rato. Después, presa de un aparente arrepentimiento, se ocultó de la mirada de todos.
 También eliminó a sus dos esposas sucesivas, Octavia y Popea. La primera llevaba una vida oscura y alejada de la vida activa fuera de Roma. Popea –el nuevo capricho del Emperador– exigía a éste compartir el trono para lo que, obviamente, estorbaba la Emperatriz nominal. Loco por Popea, aquella espléndida pelirroja (se la consideraba una de las mujeres más hermosas de Roma), el destino de Octavia estaba escrito. Al principio, Nerón intentó divorciarse de su esposa, pero las razones que exigía la ley no estaban muy claras, por lo que el éxito era dudoso. Entonces se decidió a dar el paso definitivo, aunque eliminarla no iba a ser fácil, pues el pueblo estaba con ella, y las contadas veces que salía por las calles la gente la vitoreaba con el cariño de las masas para con las gentes aparentemente desvalidas. No obstante, Popea seguía apremiando, y Nerón acudió, de nuevo, a los servicios de su incondicional Aniceto, que repitió crimen (antes había matado a Agripina) y ejecutó a la Emperatriz, a quien obligó a abrirse las venas y desangrarse hasta morir. 
 Octavia encontraría la muerte rápidamente, prácticamente virgen tras su matrimonio, había sido desterrada a la isla de Pandataria, y allí mismo sería sacrificada. Su cadáver fue decapitado, y su cabeza llevada por Aniceto como un trofeo a la victoriosa Popea, que se vanaglorió en el rostro doloroso de aquel despojo. Eliminados los obstáculos, Neron y Popea iniciaron la que parecía ser una etapa de bondades que no tendría fin.
Los dos amantes se entregaron absolutamente a toda clase de fiestas y goces, apurando hasta la última gota el néctar de la felicidad. Sus festejos y sus orgías los llevaban a mostrarse como dos dioses espléndidos para lo cual, era un secreto a voces, Popea y Nerón consumían en cantidades extraordinarias toda clase de cosméticos y perfumes, continuamente gastados e inmediatamente repuestos por atentos proveedores. Sin embargo el reinado de Popea no sería muy largo, y al final, acabaría como sus predecesoras.
Este sentimiento controvertido hacia su nueva esposa se desató tras la muerte del heredero fallido (Augusto), quien moriria con pocos meses. Sin embargo, Popea, volvio a quedar embarazada, lo que volvió loco de contento al Emperador, que sintió renacer los sentimientos paterno-filiales. Pero una noche, tras regresar de uno de sus interminables banquetes a los que asistía desde el mediodía hasta la medianoche, Nerón ebrio, propinó una patada fortísima en el ya abultado vientre de Popea, que le provocó una muerte casi inmediata. Ante estos terribles hechos, se propagaría la idea de que todo había sido la realización de un plan premeditado por él que pretendía eliminar de su vida a Popea, sin embargo, muchos historiadores se inclinan a hablar de accidente fatal con un resultado inesperado y accidental de muerte, tanto del bebé aún dentro de las entrañas de la Emperatriz como la propia madre.
Aquí no se terminaria la larga lista de victimas de segundo orden como, por ejemplo, su tía Lépida, a la que visitó en su lecho, tras desearle una pronta recuperación, ordenó confidencialmente a médico que la purgase definitivamente. A su vez, robó su testamento de forma inmediata, con lo que se apropió de todos sus bienes.
 También ordenó matar a una hija de Claudio, Antonia, porque habiendo prometido hacerla su esposa, ella le había rechazado los deseos del Emperador. Aunque en estos casos y en algún otro, el todavía humano Nerón sufriría demás de estos crímenes grandes conflictos de conciencia. No obstante, muy pronto se impondría aquel monstruo que profetizara su padre, que acabará por justificar sus crímenes. Al respecto, Nerón sostenía que había que apurar las «posibilidades del poder», no exilotadas lo suficiente por sus predecesores, en el sentido de imponer su voluntad absoluta sobre el Imperio.
En este sentido, haciendo realidad sus propios enunciados, mandó eliminar a Atico Vestino para juntarse con su viuda Estatilia Mesalina. Incluso, llegando a extremos absurdos, mató a su hijastro Rufo Crispitio porque alguien le dijo que el niño se divertía en sus juegos llamándose «el Emperador», lo que para la mente anormal de Nerón significaba que aquel pequeño le robaría el trono algún día.
 Liberado de las ataduras y la presencia familiar, se dedicó a vivir, dando entrada en palacio a un ejércitos de cortesanas y de histriones con los que se dedicaba a organizar grandes fiestas y nuevos juegos para el pueblo y para él mismo. Teniendo en cuenta que se consideraba un gran artista polifacético e inspirado, nadie ponía en duda la autenticidad del arte del Emperador, ¡y pobre del que lo desdijera!, pues podía acabar como el deslenguado Petronio, el autor de Satiricón. Aunque hay que apuntar que este poeta compaginaba sus creaciones literarias con diversas campañas y conjuras contra el Emperador, había sido un antiguo amigo, cuando ambos eran más jóvenes, lo que le hizo confiarse y acabar por despertar contra él la furia imperial. Nerón ordenó a su antiguo amigo que se suicidara. Muy digno, el desvergonzado escritor reunió en un gran banquete a sus amigos y a un grupo de meretrices. Tras la orgía que siguió al ágape y tras declamarse inspirados versos, Petronio se abrió y cerró varias veces las venas, dando tiempo a que un criado le trajera un preciado vaso que sabía muy deseado por el Emperador y que, de inmediato, hizo añicos contra el suelo. Al poco rato murió.
Entre sus actos de gobierno, el emperador recuperó los juegos y las diversiones para el pueblo de Roma, tras estar prohibidos en la anterior etapa de Tiberio. Se entregó totalmente a las atracciones del circo –no sólo para diversión de la gente sino para el suyo propio– sin evitar, a veces, intervenir él mismo en los diferentes cuadros. Para ello, creó una escuela de gladiadores donde se entrenaban estos luchadores que, después, luchaban en la arena con otros gladiadores o con las fieras.
Se sabe que bajo el mandato de Nerón llegó a contarse con más de 2.000 individuos perfectamente entrenados y preparados. Incluso impuso, de una especie de broma, a sus senadores y nobles, a que de vez en cuando, bajaran ellos mismos a la arena y se pelearan entre sí, igualándolos de esta manera con esclavos y prisioneros, cantera de los gladiadores. Estas bromas terminaron con la vida de 400 senadores y un numero mayor de hombres libres.
Como anteriormente se señaló, el deceso de su madre, trastornó aún más a Nerón, tornándolo desconfiado hasta el paroxismo, quebrando con cualquier limite moral (no distinguía entre amigos o enemigos) mezclando a unos y a otros en una irrealidad nefasta. Por ese entonces se descubrió la llamada conspiración de Cayo Pisón, tan minuciosamente preparada que hasta se fijó el día y el mes para llevarla a cabo: exactamente el 19 d abril del año 65. Con años de retraso, Pisón se vengaba de la humillación que Calígula le infligió el mismo día que celebraba el banquete de su boda con Livia Orestila, la que poseyó cuanto quiso en su palacio. Pero al estar mucha gente al tanto del complot (senadores, miembros de la nobleza, soldados y hasta el preceptor de Nerón, el filósofo Séneca), la noticia de lo que se preparaba llegó a oídos del Emperador, que lo atajó inmediatamente. Los legionarios ocuparon el Templo del Sol (elegido para realizar la venganza) impidiendo que la acción se lleve a cabo. Poco después se iniciaba el juicio contra todos los detenidos, y no sólo contra ellos, sino contra todas las ramificaciones detectadas en compulsivas denuncias que se amontonaban en el Palatino.
Luego de la masacre, el mismo Tácito expresaba que “la ciudad estaba llena de cadáveres”. A su vez, esta conspiración frustrada aumentaría los temores del Emperador, de tal manera que ordenó clausurar el puerto de Ostia y cerrar el curso del río Tíber, para evitar que llegaran los que pretendían acabar con él. Rodeado de los únicos soldados en los que confiaba, los germanos, se encerró en el Palatino y allí se dedicó a toda clase de excesos, como quien presiente que le queda poco de vida. De este modo, decidió abocarse a sus antiguos deseos ocultos, entregándose a todo tipo de prácticas y excesos extremos. Aburrido del amor más o menos habitual, se lanzaría a unas relaciones digamos equívocas, de tal manera que se le conocieron dos amantes: Esporo, un joven bellísimo a quien mandó mutilar sexualmente para así, mientras ser castrado y vestido con las mejores galas femeninas que habían pertenecido a emperatrices anteriores, poder casarse con él públicamente.
 Cuando recuperó las ganas de vivir decidió trasladarse a Grecia, ya que Roma había perdido el encanto, ya no era su ciudad. Así, en agosto del año 66 se puso en marcha la gran caravana de artistas que tenían como destino Brindisi y luego Corinto. La corte ambulante que acompañaba a Nerón estaba conformada por cantantes, danzantes, músicos, coristas y hasta modistos. Durante su estadía en Grecia, contrajo matrimonio con el joven Esporo. En este sentido, el “amor desaforado” por este bellísimo joven, tenía su origen en su parecido con Sabina Popea. Cuando el emperador decidió terminar con la vida de su segunda esposa, mandó castrar a Esporo. Luego, ordenó que lo vistieran con túnicas femeninas, y organizó la ceremonia matrimonial. Se llevaron a cabo grandes festejos en diversos lugares de la península helénica en honor de los novios. Nerón, obsesionado por Esporo-Popea, llegó a obligar a su esclavo-esposa a que se sometiera a una intervención, donde los cirujanos debían practicarle una incisión en el sexo que le facilitase, en caso necesario, poder dar a luz a un heredero.
 Durante un año de ausencia de Roma, Nerón pudo dar rienda suelta a sus grandes aficiones que, desde su juventud, le tentaban. Sin embargo, en una oportunidad el oráculo de Delfos le advirtió que, en una fecha determinada, su vida corría peligro y le invitaba a que se cuidara. La predicción provocó el retorno inmediato a Roma desatando nuevamente todo tipo de temores. Antes, en otra consulta al oráculo de Apolo de la misma ciudad, interpretó la profecía del mismo —«que se guardara de los 73 años»— como una garantía de que hasta esa edad no moría. No obstante, se trajo de Grecia un nuevo espectáculo inventado por él: las Justas Neronianas, una mezcla lúdica de canto, baile, música, poesía, gimnastas, caballos y oratoria. En realidad se trataba de una especie de espectáculo total que el Emperador instituyó para que se celebrara cada lustro. Él, más espectador que partícipe, sin embargo se reservaba el canto, del que estaba convencido de ser un gran intérprete. Durante sus actuaciones llegó a reclutar a 5.000 plebeyos a los que instruía en la forma de aplaudirle (en tres intensidades), mientras prohibía terminantemente que nadie abandonara sus localidades, de tal forma que allí se produjeron partos, muertes e imprudentes imprecaciones y maldiciones contra el Emperador. En general, el costado artístico del Emperador llamaba la atención del pueblo, ya que sus antecesores habían carecido de igual sensibilidad artística.
Sin embargo, tal sensibilidad en otro orden de cosas brilló por su ausencia. Respecto a esta cuestión, violó a una sacerdotisa llamada Rubria, dando cuenta de que sus prácticas religiosas eran bastante magras y el respeto por las mismas, mínimo. También solía recubrirse con una piel de animal con la cual destrozaba los genitales de hombres y mujeres –previamente atados a postes– en un acto depravado, luego descargaba su libido con su liberto, Dióforo. En esta relación el Emperador tenía un rol femenino, hasta incluso, una vez celebrada la boda, y vestido para la ocasión, en su primer noche de bodas (donde hubo hasta testigos) se presenciaron los gritos y gemidos que reproducía el propio emperador, aludiendo a la condición de “recién casada”.
Ahora bien, como se expresaba al comienzo de este apartado, Nerón sería considerado por los historiadores cristianos como aquel precursor de las persecuciones a los seguidores de las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Sin la insistencia de la literatura y el santoral cristianos, que estimularon la leyenda de la maldad del Emperador con los primeros seguidores de Pedro y Pablo, puede que Nerón fuese uno más de los emperadores. No obstante, fue un hecho innegable el que, bajo el reinado de Nerón, se inició una persecución de la que los historiadores romanos llamarán secta maléfica, por la que murieron muchos de aquellos esclavos —a veces cristiano y esclavo eran una misma cosa— al ser utilizados como cobayas sobre los que la cómplice del Emperador, la envenenadora Locusta, probaba los nuevos venenos que preparaba continuamente bajo la supervisión, y el entusiasmo, del Emperador.
 Además, durante su gobierno que se produjo el incendio de Roma en el año 64. Este incendio fue el más conocido de la Historia y puede que el más falsamente narrado, pues parece que el pretendido pirómano no sólo no quiso incendiar la urbe sino que, una vez destruida, se puso a la tarea de levantarla otra vez, pero más monumental y extraordinaria. Comenzó el 18 de julio del año 64, Nerón disfrutaba de su retiro veraniego de Anzio. Durante la noche, el Emperador fue despertado por un correo que le comunicaba el hecho fortuito, Roma ardía tras el inicio de las llamas en las cercanías del circo Máximo. Preocupado por la extensión de las llamas, montó su caballo inmediatamente, y galopó los más de 40 kilómetros que le separaban de Roma hasta avistar el resplandor de la gran hoguera que devoraba la capital del Imperio. Incluso, pensó en la posibilidad de que el fuego llegara a su mansión del Palatino, y consumiera sus amadas obras de arte encerradas en la residencia imperial. Desde un mirador estratégico apreció la gravedad de la catástrofe: más de 500 metros de llamas que se extendían y avanzaban sobre aquella ciudad de más de un millón y cuarto de habitantes.
El incendio duró cinco días, y destruyó 132 villas privadas y cuatro mil casas de vecinos. No se pudo probar el origen ni la realidad del ornamento de la pretendida oda (lira en mano) a la ruina de Roma por parte del Emperador. Tácito dudaba de esta acusación, aunque Suetonio la dio por válida (según este historiador, el recital poético declamado en tan insólita ocasión tenía un título: La toma de Troya), será siglos después cuando los padres de la Iglesia achaquen al Emperador un incendio que, a su vez, Nerón había cargado en la cuenta de los entonces subversivos adoradores de Jesús.
El emperador llevó a cabo una política tendiente a contrarrestar los daños ocasionados por la catástofre. En este sentido, mandaría levantar muchas barracas para alojar a los damnificados por las llamas e, incluso, en un primer momento abrió las puertas y jardines de sus palacios para acoger a los que lo habían perdido todo. Además, importó rápidamente provisiones y abarató por un tiempo las existencias. Pretendía reconstruir totalmente la ciudad eliminando la madera en el levantamiento de las nuevas casas y apostando, por el contrario, por la piedra. Sin embargo, empezó la reconstrucción por sus propias estancias, pues aprovechando los solares nacidos del desastre, empezó la construcción de su nuevo palacio llamado Domus Aurea, un despilfarro de columnas marmóreas, jardines lujosos, hermosas fuentes y atractivos lagos artificiales.
Nerón en poco tiempo se vio asediado por los rumores y las criticas severas a su gobierno: sumado a ello, historiadores benevolentes como Tácito, Suetonio o lion (que vivieron después y nunca llegaron a conocerle), pertenecían a otros reinados (con emperadores de otras dinastías diferentes a la de los Claudios). Entonces llamó a la única mujer que, corno él, vagaba por las estancias palaciegas, la envenenadora Locusta, a la que le suplicó que le preparara una fuerte tintura biliosa que guardó en una cajita dorada. Cada vez más enloquecido, pensó en huir a Egipto, donde creyó que no le encontrarían los soldados del general Galba. El sublevado y nuevo gobernante de facto había advertido que no quería ser nombrado con el título de Emperador —tan desprestigiado como estaba—, conformándose—dijo— con ser el general del pueblo romano.
 Pronto llegaría el final. Ante el hecho de que no tenia a nadie a quien comunicarle sus planes de huida, decide comentárselo a su criado Faonte, quien le propone que se esconda en su casa, en una gruta ubicada en la quinta de aquel humilde liberto. Nerón accede acompañado de algunos incondicionales, aunque al llegar a un campo, intenta suicidarse con un puñal sin éxito. Ante el fracaso del suicidio, Nerón llamó en su ayuda a su secretario y escudero, Epafrodito, para que impulsara su brazo con la fuerza capaz de producirle la muerte, orden que fue cumplida al instante. Antes de expirar, el Emperador aún tuvo humor para afirmar: «iQué gran artista pierde el mundo!» para, inmediatamente, concluir con esta pregunta: «Les ésta nuestra felicidad?». Los ojos brillantes del cadáver de Nerón, aun aterrorizaban a los que le rodeaban. Su cuerpo fue envuelto en un manto blanco recamado en oro. Los gastos del sepelio lo pagaron sus dos nodrizas, Egloga y Alejandria, y su humilde ex amante (puede que fuese a la única que amó), la corintia Actea.
Con el permiso de Galba, la humilde y dulce Actea, tuvo acceso al ilustre muerto. Así, lo desnudó, lo lavó y lo envolvió en aquel manto blanco bordado en oro que Nerón llevaba puesto. Trasladado el cadáver a Roma, ordenó hacerle unos discretos funerales. Después, llevó los restos hasta el monumento a Domiciano, en la colina de los Jardines, lugar elegido por Nerón para la construcción de una tumba de pórfido y mármoles. Luego de prepararlo en su camino a la eternidad, permaneció una jornada completa estática y muda ante la tumba. Al caer la noche, descendió de la colina y, sin volver la cabeza, continuó su camino hacia el valle Egeria.

Se estima que los anhelos de inmortalidad a través del tiempo, tuvieron dos ejemplos: su deseo de llamar al mes de abril Neroniano, y su idea de darle a Roma un nuevo nombre que la proyectara sobre los tiempos futuros: Nerópolis. Al morir, cumplía 32 años de edad y 14 de reinado, tanto contemporáneos y futuros historiadores se ensañarían con su reinado. Sin embargo, el pueblo romano se negaba a aceptar la desaparición de Nerón, esperando su regreso. Esta situación un tanto extraña no se repitió con sus predecesores. Se rumoreaba que en realidad había desembarcado en Ostia y, después, había emprendido viaje a Siria. Desde allí, decían, Nerón volvería a recuperar su trono y a gobernar el Imperio.
Estos rumores no perdieron vigencia dentro de las creencias del pueblo romano. Al contrario, con el paso del tiempo se fortalecieron. Así, quince años después de su muerte manos anónimas seguían adornando la tumba de Nerón, mientras otros recitaban ante el mausoleo imperial proclamas y versos del extinto. Incluso pasadas dos décadas, un hombre que aseguraba ser el César se pudo ver en la zona de Partos, siendo acogido por los naturales como el auténtico Nerón, y poniéndose a sus órdenes.
En fin, la vida de Nerón también se vería recreada en las producciones cinematográficas: en 1906, se realiza la primer película alusiva, titulada “Nerón quemando Roma”, otro film de origen italiano fue “Nerón y Agripina” , finalmente Alessandro Blasetti en 1930 plasmaria la vida del emperador en “Nerón”. En todos ellos el papel del Emperador fue un regalo para los actores. Pero donde esto se evidenciaría extraordinariamente, hasta el punto de identificar a un actor con su personaje, fue en la película norteamericana Quo Vadis (Mervyn Le Roy), en una buscada sobreactuación a cargo del actor Peter Ustinov, que desde ese momento (1951) será «Nerón», y no el señor Ustinov.
Nerón y Los primeros Cristianos
 Nerón [. . .] comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilatos, procurador de la Judea; y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición, tornaba otra vez a reverdecer no solamente en Judea, origen de este mal, pero también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes. Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento a la humana generación. Añadiose a la justicia que se hizo de éstos la burla y escarnio con que se les daba la muerte [...] Y así, aunque culpables éstos y merecedores del último suplicio, movían con todo eso a compasión y lástima grande, como personas a quien se quitaba tan miserablemente la vida, no por provecho público, sino para satisfacer a la crueldad de uno solo.

Tiberio



Tiberio Julio César

Este nombre es adoptado por este emperador antes de que ejerza el poder como tal. A su vez, su nombre es reconocido por haber ejercido el poder en la época en que Jesús de Nazareth fue ejecutado en la cruz.

 Además, la popularidad de su nombre deviene de su morbosa conducta sobre todo cuando se retira a la isla de Capri, que el historiador Suetonio supo describir, destacando su vida licenciosa. Tiberio, antes que emperador fue un excelente militar, luchó y ganó territorios para el Principado de Augusto I y luego para el Imperio. Se caracteriza por ser el primer Emperador de principio a fin, a diferencia de su padrino Octavio Augusto, que había empezado su mandato bajo el Principado –un régimen-puente entre la República Romana y el Imperio.
  

 Nacido en Fondi (Palatino), Tiberio fue el segundo mandatario que usó el título de emperador de Roma tras Octavio Augusto. Se supone que con Tiberio se inicia la serie de los emperadores monstruos, cuyos extravíos, en panicular los de Tiberio, serían conocidos y, de alguna manera, aceptados e imitados por el propio pueblo.
Julio César era hijo de Tiberio Nerón y de Livia Drusila, después mujer de Octavio Augusto, siendo adoptado por éste, al que sucedió en el trono imperial ya en plena madurez – a la edad de 55 años– en el año 14, con el nombre de Tiberio Julio César. Cuando nació el astrólogo Escribonio predijo que “aquel niño tenía al destino de su parte” y que llegaría a ser todopoderoso en la gobernación de Roma. Fue adoptado por el senador M. Galio, quedando huérfano de padre a los 9 años. A diferencia de los astros, según los cuales el destino le reservaba un porvenir espléndido y triunfal, su profesor de retórica Teodoro de Gadara, vio en su pupilo algo muy distinto: su alumno era «lodo amasado con sangre».
Dueño de una robusta juventud y una belleza serena, Tiberio gozaba de una excelente forma física, que le hacía despreciar a los médicos y sus consejos. Era vegetariano, costumbre que no consideraba incompatible con la afición de excelente bebedor, que llegaría a límites extraordinarios a partir de su autoexilio en la isla de Capri.
Como anteriormente se expresó, Tiberio fue adoptado por Octavio Augusto y nombrado heredero junto a Marco Agripa Póstumo. Ambos se destacaban por ser buenos guerreros, habían luchado juntos logrando la victoria sobre los panonios. Sin embargo, en un tiempo posterior, Tiberio deportó y mandó asesinar a Marco, quedando como único sucesor del primer emperador de Roma.
 Tiberio se había casado en primeras nupcias con Vipsania Agripina, con quien tuvo a su hijo Druso. No obstante, Octavio le fuerza al abandono de aquella primera esposa y le obliga a casarse con su propia hija, Julia. Sin embargo, este matrimonio no duraría ya que Julia solía llevar una vida disoluta y libertina. En este sentido, de acuerdo con Octavio, el esposo ultrajado agravará el destierro que le había impuesto el Emperador, prohibiéndole salir de su casa —castigo particularmente muy cruel para el temperamento de Julia— y mantener bajo ningún concepto relaciones sexuales (su último amante que no tenía empacho en exhibir en público fue Sempronio Graco). Además, y aprovechando la oportunidad de la ausencia de la hija de Octavio, Tiberio acabó apropiándose del dinero y de las rentas de su segunda esposa a la que posteriormente también ordenará matar junto a su amante. Tiberio había iniciado su carrera militar a las órdenes del que sería su suegro y protector, Octavio Augusto, combatiendo a los rebeldes cántabros en España, y a los armenios en el otro extremo del Mediterráneo. En este tiempo de servicio a Octavio, gobernó la Galia y guerreó en Germania.
Tras estas campañas militares, en las que se desarrolló como excelente estratega, regresó a Roma. Una vez allí, fue recibido multitudinariamente enarbolando las insignias del triunfo –nueva clase de trofeo inexistentes antes de él–. Dejando de lado el ambiente exitista que lo rodeaba, el general victorioso decide abandonar la ciudad dirigiéndose, primero a Ostia y después a Rodas, llevando allí una existencia modesta y tranquila durante siete años. Durante su autoexilio, recibe la noticia de que su suegro lo había divorciado en su nombre de su hija, legalizando así la separación de hecho que ya existía entre los esposos. Luego de este hecho, será nombrado Tribuno por un lustro y, a su regreso a Roma, coronado de laurel, podrá tomar asiento junto al Emperador. Cuando Octavio Augusto muera, Tiberio estará junto a él. A su vez, decide retardar el anuncio al resto de la gente, para así poder resolver una cuestión que lo preocupaba: desembarazarse de Agripa, su coheredero según el deseo del Emperador fallecido. Una vez cometido el crimen, entonces sí, Tiberio asumirá que es el nuevo amo de Roma.
Sin embargo, más allá del crimen cometido para poder acceder al poder, Tiberio fingió no desear esa posición, hasta el punto de sentirse verdaderamente presionado para que tomara el mando del Imperio, al cual accedió casi de “mala gana”. Una vez en el poder, prosiguió su etapa de abulia personal combinada con medidas de gobierno tendientes a sanear la vida romana y, al mismo tiempo, “hacer feliz a su pueblo”. En este sentido, se caracteriza por realizar medidas paradigmáticas como, por ejemplo, la que prohíbe terminantemente que se levanten templos en su honor, o que se cincelen estatuas con su figura, o que se reproduzca su rostro en retratos, entre otras en esta dirección. Tiberio evitó que se le coloque junto a los dioses como parte del panteón de las divinidades. Se estima que admitía las críticas, ello se evidencia en sus propias palabras: «En un Estado libre, la palabra y el pensamiento debían ser libres».
El gobierno de Tiberio también se caracterizó por la prohibición de las religiones (incluso la de Isis y la de los judíos), por la persecución de los astrólogos. Así, aunque al principio se mostró hábil y prudente muy pronto la desconfianza constante produjo una crueldad manifiesta. Sin embargo, hay historiadores que rescatan la figura de Tiberio como el más inteligente de los emperadores, gran trabajador y buen administrador, sin olvidarse de su buena disposición como guerrero. Sumado a ello, desde el primer momento, se entregó a la consecución de todo aquello que excitara y aumentara sus placeres –sobre todo los relacionados con el sexo– sin diferenciar el género de estos. Hasta tal punto de crear el cargo de “Intendente de los placeres”, cuya tarea era proporcionarle constantemente “carne joven y dispuesta” que satisficiera su gula sadopatológica. Se estima que esta patología se extendía a su crueldad incluso para con personas de su familia. Así, dejó morir a su propia madre y, una vez muerta, prohibió absolutamente que fuese recordada con cariño. Más tarde, y perdido ya el norte, impidió a los familiares de los que mandaba a matar que exteriorizaran su dolor llevando luto, al mismo tiempo, premiaba espléndidamente a toda clase de delatores, sin comprobar la veracidad de las delaciones.
A los fines de asegurar su posición de poder, persiguió con ensañamiento a los políticos más importantes que le rodeaban, apoderándose sistemáticamente –tras la defenestración de los mismos– de sus posesiones y riquezas. Estas prácticas persecutorias se basaban en la Lex Majestatis (Ley de Majestad), promulgadas durante su mandato. Esta ley le otorgaba plenos poderes y le permitía acabar con la vida y los bienes de cualquiera.
 Alrededor de estas medidas y acciones de gobierno, se destaca la figura influyente del prefecto Sempronio (muy cercano a Tiberio). De esta manera, las continuas delaciones del prefecto provocaban, indefectiblemente, la más dura represión del Emperador, que no sólo conseguía ejecutar y eliminar a cientos de personas acusadas de lesa majestad, sino que, sólo con el terror que se respiraba en el ambiente, provocó gran número de suicidios entre sus enemigos. Por ejemplo, ordenó la muerte de la madre de Fusio Gemino (al que acababa de matar) porque aquella lloró desconsoladamente el trágico fin de su hijo. Mató también al hijo adoptivo de Agripina, Germánico, muy querido por los romanos, haciendo que la gente le gritara con desesperación y rabia: «Devuélvenos a Germánico!». Incluso llegó a azotar de forma humillante a la misma Agripina (convertida en su nueva esposa) quien perdió uno de sus ojos luego de una terrible paliza. Como si esto fuera poco, la encerrará y la irá matando de hambre poco a poco. Como Agripina tardaba en morir, impaciente mandó a que la estrangulasen.
Su violencia no conocía límites: ordenó la muerte de su ministro cómplice (además de “brazo ejecutor”) Sejano. La medida se extendió a toda su familia, incluida una niña de once años, a quien ordenó violar antes de su ejecución, ya que las leyes prohibían condenar a muerte a las vírgenes.
A su vez, también condenó a la hija de un senador, Marco Sexto, por negarse a tener relaciones sexuales. Malonia, que así se llamaba, anunció su suicidio antes que yacer con «ese viejo sucio y repugnante». Tiberio, jugándoselo todo para conseguir aquella virgen, acusó a la hija y al padre de incesto, condenando a ambos según las leyes. Una vez con el camino más despejado, Tiberio quiso abusar de su prisionera quien, ante el ataque del César, se resistió violentamente, cediendo tan sólo a un cunilinguo de Tiberio. Fue después de esta humillación cuando Malonia anunció su suicidio antes que yacer con «ese viejo sucio y repugnante». Así, regresó a su casa y se atravesó el corazón con un puñal, no sin antes maldecir al viejo emperador.
 Exiliado en la isla de Capri, se entregará libremente a cumplir con todos sus deseos, dejando atrás cualquier atadura, dando rienda suelta a todos sus vicios hasta entonces más o menos controlados y ocultos. Así se desarrollaría su estancia en tan paradisíaco lugar hasta el último momento de su existencia, instalando una escandalosa corte en la que tenían lugar desenfrenadas orgías durante las que los protagonistas —y las víctimas también— eran niños y adolescentes con los que el selecto emperador practicaba y ensayaba todas las sevicias de las que su imaginación era capaz.
 También disfrutaba con jóvenes y adultos de ambos sexos, con los que se solazaba asistiendo a un espectáculo llamado spintries, que consistía en una unión sexual de tres (muchachas y jóvenes libertinos, revueltos), que tenían que actuar hasta que el tirano se desahogaba. Para excitarse él y los que actuaban para él, tenía una apropiada biblioteca con obras de una célebre poetisa llamada Elefántide de Mileto, y de otros autores como Hermógenes de Tarsia o Filene, todas ellas hijas de un mismo motivo y un estilo especialmente dirigido a la excitación de los sentidos. Conjuntamente con los textos sicalípticos poseía cuadros de la misma temática, que acompañaran a sus escenas orgiásticas. A precio de oro compró una obra –entonces célebre pintura– de un artista llamado Parrasio que representaba con todo detalle una felación de Atalanta a Meleagro. Tiberio la colocó en la parte más excitante de su alcoba, de manera que siempre la tuviera a la vista en sus encuentros íntimos. Todo ello redundaba en una inacabable y continua prueba de nuevas hazañas sexuales que ocuparán las veinticuatro horas del día del Emperador, que, si bien prefería a niños y mancebos, también llamaba a mujeres a su lado, como la referida Malonia.
En la bellísima isla, Tiberio era el dueño y señor de una docena de villas y palacios donde organizaba aquellas bacanales de sexo y sangre. En la hermosa Gruta Azul, por ejemplo, se bañaba desnudo junto a pequeñuelos a los que llamaba «mis pececitos». Si bien la mayoría de estas pequeñas víctimas les eran compradas a padres miserables, también provenían de algunos patricios y de ciertas familias nobles a las que, como compensación, el emperador hacía espléndidos regalos.
Sin embargo, los habitantes de la ciudad conocieron al poco tiempo la características de la vida licenciosa de Tiberio, y de sus practicas sexuales. Muy pronto, comenzaron a aparecer por la ciudad pasquines ofensivos para el déspota y hasta los senadores no se privaban de insultarlo en público. 
 Pronto encontraría su muerte, en el año 37, cuando se encontraba en la casa de un amigo llamado Lúculo, moriría estrangulado por Macrón –capitán de los pretorianos– a la edad de 78 años. Había sido emperador de los romanos durante 23 años. Sin embargo, las causas de su muerte son diversas: la primera, el posible estrangulamiento con su propia almohada, la segunda, el posible envenenamiento por Cayo (conocido luego como el emperador Calígula), la tercera, posible muerte por inanición (habrían provocado que se muera por falta de alimentos). Sea como fuere, con el cuerpo aún caliente, en las calles la gente ya pedía a gritos «iTiberio al Tíber!», desahogando así su odio para con un emperador maldito.
Más allá de las certezas o las puras especulaciones, tratar de examinar las razones de la supuesta maldad de los poderosos, resulta una tarea inútil y engorrosa. La mayoría de las veces, ocurre tras la muerte de los emperadores. En el caso de Tiberio no fue diferente, y tras su muerte, los juicios de sus contemporáneos y la de los que le juzgaron en los siglos futuros, dieron ocasión para satisfacer todas las opiniones. En este sentido, parece que –como gratuita justificación de los excesos de este segundo emperador romano– se afirmó que Tiberio estaba convencido de su indefectible unión con el poder, lo que le permitía dejarse llevar por la senda más agradable para él, aunque al mismo tiempo, fuese la más insufrible para los demás.

A su vez, murió rodeado de riquezas que, un tanto avaro, había atesorado durante su reinado. Había exigido también a los demás que fuesen buenos administradores, siendo premiados aquellos que lograban exprimir mejor al pueblo con descomunales impuestos. Sin embargo, a veces se conducía con cierta ambigüedad, precisamente, como algunos se extralimitaran en exprimir a los ciudadanos, les amonestó con la sabia frase de que «a las ovejas se las puede esquilar pero no despellejar».
En contra de lo habitual, el anciano de 78 años que murió en Capri (sus enemigos le llamaron el Caprineo, palabra que significaba natural o habitante de Capri, pero también cabrón), era la estampa contraria a la bondad que, en general, el paso de los años refleja en los rostros de los que se van.
Por último, el cine recreó su vida, si bien nunca como personaje central, sí como secundario: Tiberio estará en los numerosos films relacionados con la vida de Jesús como, entre muchos otros, Rey de Reyes (Cecil B. De Mille, 1927, y en la segunda versión de Nicholas Ray de 1961); La historia más grande jamás contada (George Stevens, 1965), sin olvidar la precursora Intolerancia (David Griffith, 1916) y otros cientos de títulos presentes en todas las cinematografías.

domingo, 10 de marzo de 2013

Sébastien Faure - Doce pruebas de la inexistencia de Dios


 

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Sébastien Faure 1858-1942

Doce pruebas de la inexistencia de Dios

"Cualquiera que niegue la autoridad y luche contra ella es un anarquista". (Sébastien Faure 1858-1942, escritor y filósofo anarquista y ateo francés).

Sébastien Faure (Saint-Étienne, Loira, 6 de enero de 1858 - Royan, Charente Marítimo, 14 de julio de 1942). Escritor y filósofo anarquista y ateo francés. Inició estudios de seminarista para ser religioso católico, pero fueron interrumpidos por cuestiones familiares. Se inicia en política de la mano del Partido Socialista Francés, pero lo abandona en (1888), pasándose al Anarquismo.

En (1894), fue juzgado en el llamado "Juicio de los Treinta". Durante el Caso Dreyfus, fue uno de los abanderados de la defensa de Alfred Dreyfus. En (1904), creó cerca de Rambouillet una escuela libertaria llamada "La Ruche". En (1916), edita el Periódico Ce qu'il faut dire. En (1918), es encarcelado por organizar un mitin ilegal. Viajó a España en (1936) invitado por la organización anarcosindicalista CNT. Fue también el iniciador de la "Enciclopedia Anarquista" y uno de los promotores de la denominada "Síntesis Anarquista".

Obras: "Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios"; "La Impostura Religiosa"; "El Dolor Universal"; "Observaciones Subversivas"; "La Síntesis Anarquista"; "Mi Comunismo".

Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios según Sébastien Faure:

1). Contra el Dios Creador

La acción de crear es inadmisible. ¿Qué es crear? ¿Es valerse de materiales diferentes y utilizando ciertos principios experimentales, aplicando ciertas reglas conocidas, aproximar, agrupar, asociar, ajustar esos materiales, a fin de hacer cualquier cosa?
 ¡No! Eso no es crear. Ejemplos: ¿Puede decirse de una casa que ha sido creada? ¡No! Ha sido construida. ¿Puede decirse de un mueble que ha sido creado? ¡No! Ha sido fabricado. ¿Puede decirse de un libro que ha sido creado? ¡No! Ha sido compuesto y luego impreso.
Así, tomar materiales existentes y hacer con ellos cosa alguna no es crear... ¿Qué es, pues, crear?
Crear... la verdad es que me encuentro indeciso para poder explicar lo inexplicable, definir lo indefinible. Procuraré, sin embargo, hacerme comprender. Crear es obtener algo de la nada; es formar lo existente de lo inexistente. Por tanto, yo imagino que no encontrará ni una sola persona dotada de mediana razón que conciba cómo con nada puede hacerse alguna cosa.
Supongamos un matemático. Buscad al calculador de más mérito: ponedle delante una pizarra; solicitad de él que trace ceros y más ceros, y una vez la operación terminada, ya puede multiplicar cuanto quiera, dividir hasta que se canse, realizar toda clase de operaciones matemáticas, y no llegará jamás a extraer de esa acumulación de ceros una sola unidad. Con nada, nada puede hacerse; de nada, no puede obtenerse nada, y el famoso aforismo de Lucrecio “ex nihilo nihil”, resulta de una certeza y una evidencia manifiestas. El gesto creador es un gesto imposible de admitir, es un absurdo.

Crear es, pues, una expresión místico-religiosa y que puede ser de algún valor a los ojos de las personas a quienes place creer lo que no comprenden y a quienes la fe se impone tanto más cuanto menos la comprenden. Es, en cambio, un contrasentido para todo individuo culto y sensato, para quien las palabras no tienen más valor que el que adquieren al contacto con la realidad o una posibilidad.
En consecuencia, la hipótesis de un Ser verdaderamente creador es una hipótesis que la razón rechaza. El Ser creador no existe, no puede existir.

2). El Espíritu puro no pudo determinar el Universo
A los creyentes que, a despecho de toda razón, se obstinan en admitir la posibilidad de la creación, les diré que, en último caso, es imposible poder atribuir esta creación a su Dios. Su Dios es el Espíritu puro. Por lo tanto, es imposible sostener que el Espíritu puro, lo inmaterial, haya determinado el Universo: lo material. He aquí por qué:
 El espíritu puro no está separado del Universo por diferencia de grado, de cantidad, sino por una diferencia de naturaleza, de calidad. De suerte que el espíritu puro no es, no puede ser, una amplificación del Universo; ni tampoco el Universo es, ni puede ser, una reducción del espíritu puro. La diferencia aquí no es solamente una distinción, es una oposición: Oposición de naturaleza; esencial, fundamental, irreductible, absoluta. Entre el Espíritu puro y el Universo, no solamente existe un foso más o menos ancho, más o menos profundo, y que, en rigor, pudiera llenarse o franquearse, no; existe un verdadero abismo, de una profundidad y extensión tan inmensas que por grande que sea el esfuerzo que se realice, nadie ni nada puede allanar.
Ateniéndome a mi razonamiento desafío al filosofo más sutil, como al matemático más consumado, a que establezca una relación (cualquiera que ella sea y mucho mejor la directa de causa a efecto), entre el puro espíritu y el Universo.
El Espíritu puro no admite ninguna alianza material; no tiene ni forma, ni cuerpo, ni línea, ni materia, ni proporción, ni profundidad, ni extensión, ni volumen, ni color, ni sonido, ni densidad, todas cualidades inherentes al Universo y que no han podido ser determinadas por la abstracción metafísica.
 Llegado a este punto de mi demostración, establezco sólidamente, en los 2 argumentos precedentes, la conclusión siguiente: Hemos visto que la hipótesis de un poder verdaderamente Creador es inadmisible; que aun persistiendo en esa creencia, no puede admitirse que el Universo, esencialmente material, haya sido creado por el Espíritu puro, esencialmente inmaterial.
Pero si, como creyentes, os obstináis afirmando que ha sido vuestro Dios quien ha creado el Universo, la pregunta se impone; en la hipótesis Dios, ¿dónde se hallaba la materia en su origen, en su principio?
Y bien: De 2 cosas una: O bien la materia estaba fuera de Dios, o bien era Dios mismo (no creo podáis otorgarle un tercer lugar). Así, pues, en el primer caso, si estaba fuera de Dios, no tuvo éste necesidad de crearla, puesto que ya existía, y si coexistía con Dios, no cabe la menor duda que estaban en concomitancia, de lo que se desprende vuestro Dios, ese concepto de Dios, no es creador.
 En el segundo caso, es decir, si no estaba fuera de Dios, es que estaba en Dios mismo, y en este caso, saco las conclusiones siguientes:
1-Que Dios no es el Espíritu puro, puesto que llevaba en sí una partícula de materia; ¡Y qué partícula! ¡La totalidad de los mundos materiales!
2-Que Dios, llevando materia en sí mismo, no ha tenido necesidad de crearla, dado que ya existía y que existiendo no hizo más que hacerla salir, y en este caso la creación cesa de ser un acto de verdadera creación y se reduce a un acto de exteriorización.
La creación no existe en ninguno de los 2 casos.

3). Lo Perfecto no produce lo Imperfecto
Estoy seguro que si hago a un creyente esta pregunta: ¿Lo imperfecto puede producir lo perfecto? Me respondería sin la menor vacilación negativamente.
 Lo perfecto es lo absoluto; lo imperfecto, lo relativo; enfrente de lo perfecto, que significa todo, lo relativo, lo contingente, no significa nada, no tiene valor, se eclipsa, y, por lo tanto, no hay nadie capaz de establecer relación alguna entre ambos; a "fortiori" sostenemos la imposibilidad de evidenciar, en este caso, la rigurosa concomitancia que debe existir entre la causa y el efecto.
 Es, por lo tanto, imposible que lo perfecto haya podido determinar lo imperfecto. Por el contrario, existe una relación directa, fatal y hasta matemática entre una obra y su autor. Por la producción se conoce el valor intelectual, la capacidad, la habilidad del sabio, del pensador, del obrero, del artista, como por la calidad del fruto se distingue el árbol al que pertenece.
La Naturaleza es bella; el Universo es grandioso y yo admiro apasionadamente, tanto como el que más, los esplendores y las magnificencias de las que nos ofrece un ininterrumpido espectáculo. Sin embargo, por muy entusiasta que yo sea de las bellezas naturales, y por grande que sea el homenaje que les rinda, no me atreveré a sostener que el Universo sea una obra sin defectos, irreprochable, perfecta. Y no creo que haya nadie capaz de sostener tal opinión.
Luego, no siendo la obra irreprochable, el autor, el Dios de los creyentes, tampoco es perfecto. En conclusión: O Dios no existe o no puede ser el Creador, tal es mi convicción. O bien: siendo el Universo una obra imperfecta, Dios no puede ser sino imperfecto. Silogismo o dilema, la conclusión del razonamiento es la misma. Lo perfecto no puede determinar lo imperfecto.

4). El Ser eterno, activo y necesario, no pudo estar inactivo o ser innecesario
Si Dios existe, es eterno, activo y necesario. ¿Eterno? Lo es por definición. Es su razón de ser. No puede concebirse comenzando o acabando; no puede haber aparición ni desaparición. Es de siempre.
 ¿Activo? Lo es y no puede dejar de serlo, puesto que su actividad se ha afirmado, dicen los creyentes, por la acción más colosal y más majestuosa que imaginarse pueda: la Creación de los Mundos.
 ¿Necesario? Lo es y no puede dejar de serlo pues sin su voluntad nada existiría, puesto que es el autor de todas las cosas, el punto inicial de donde todo salió, la fuente única y primera de donde todo emana, puesto que, suficiente en sí mismo, ha dependido de su sola voluntad que todo sea o que no sea nada. Por lo tanto es: eterno, activo, necesario.
Pretendo y voy a demostrarlo, que si es eterno, activo, necesario, también debió ser eternamente activo y eternamente necesario; en consecuencia, no pudo estar nunca inactivo o ser innecesario y, por lo tanto, no ha creado nunca.
Decir que Dios no es eternamente activo es admitir que no siempre lo fue, que ha llegado a serlo, que ha comenzado a ser activo, que antes de serlo no lo era, y puesto que por la creación es como se ha manifestado su actividad, es afirmar a un mismo tiempo que, durante los millares y millares de siglos que precedieron a la acción creadora, Dios estaba inactivo.
Decir que Dios no es eternamente necesario, es admitir que no siempre lo ha sido, que ha llegado a serlo, que ha comenzado a serlo y que antes de serlo no lo era, puesto que es la creación la que proclama y atestigua la necesidad de Dios; es afirmar a un mismo tiempo que, durante los millares y millares de siglos que seguramente precedieron a la acción creadora, Dios era innecesario. ¡Dios abandonado y perezoso! ¡Dios inútil y superfluo! ¡Qué postura para el Ser eternamente activo y esencialmente necesario!
Hay, pues, que confesar que Dios es en todo tiempo activo y necesario. Pero entonces no puede haber creado, desde el momento en que la idea de creación implica de manera absoluta la idea de principio, de origen. Una cosa que empieza, no ha existido siempre. Existió necesariamente un tiempo en que antes de ser no era y corto o largo, este tiempo fue el que precedió a la cosa creada, es imposible suprimirlo, pues de todos modos existe.
Así resulta que: o Dios no fue eternamente necesario, y sólo llegó a serlo por la creación. Y si es así, resulta que le faltaba a ese Dios antes de la creación estos dos atributos: La actividad y la necesidad. Era un Dios incompleto, era solo un pedazo de Dios y tuvo la necesidad de crear para llegar a ser activo y necesario, y completarse.
O bien Dios es eternamente activo y necesario y, en este caso, ha creado eternamente. La creación es eterna, el Universo no ha comenzado jamás, existió en todo tiempo, es eterno como Dios, es Dios mismo con el cual se confunde. Siendo así, el Universo no ha tenido principio alguno, no ha sido creado.
Así, pues, en el primer caso, Dios, antes de la creación, no era ni activo, ni necesario, estaba incompleto, es decir, era imperfecto, y, por lo tanto, no existía, o bien, en el segundo caso siendo Dios eternamente activo y eternamente necesario, no pudo llegar a serlo y no puede haber creado. Imposible salir de aquí.

5). El Ser inmutable no pudo haber creado
Si Dios existe, es inmutable. No cambia, no puede cambiar. Mientras que en la Naturaleza todo se modifica, se metamorfosea, se transforma, pues nada es definitivo, ni llega a serlo, pero Dios, punto fijo, inmóvil en el espacio, no sujeto a modificación alguna, no se transforma, ni puede llegar a transformarse. Es hoy lo que fue ayer, será mañana lo que es hoy. Que se busque a Dios en la lejanía de los siglos pasados como en la de los tiempos futuros, es y será constante idéntico en sí.
 Dios es inmutable. Sin embargo, sostengo que si Dios ha creado, no es inmutable, pues ha cambiado dos veces. Determinarse a querer, es cambiar. Es evidente que existe un cambio entre el ser que quiere una cosa y el que queriéndola la pone en ejecución. Si yo deseo y quiero hoy lo que no deseaba ni quería hace cuarenta y ocho horas, es que se ha producido en mi, o a mi alrededor, una serie de circunstancias que me han inducido a querer. Este nuevo deseo de querer constituye una modificación que no se puede poner en duda, que es indiscutible.
Paralelamente: Accionar o determinarse a accionar, es modificarse. Es también cierto que esta doble modificación, querer obrar, es mucho más considerable y más valiente, pues se trata de una resolución grave y de una acción importante.
Dios ha creado, decís vosotros. Sea. Entonces ha cambiado 2 veces: La primera vez, cuando tomó la determinación de crear; la segunda vez, al llevar a la práctica esta determinación y ejecutarla.
 Si ha cambiado 2 veces, no es inmutable. Y si no es inmutable, no es Dios, no existe. El Ser inmutable no puede haber creado.

6). Dios no pudo haber creado sin motivo
De cualquier forma que se pretenda examinarla, la Creación es inexplicable, enigmática, falta de sentido. Salta a la vista que, si Dios ha creado, es imposible admitir que realizara este acto tan grandioso, en el que las consecuencias debían ser fatalmente proporcionadas al acto mismo, y por consiguiente, incalculables, sin que lo hiciera determinado por una razón de primer orden.
Ahora bien: ¿Cuál pudo ser esta razón? ¿Por qué motivo tomó Dios la resolución de crear? ¿Qué móvil le impulso a ello? ¿Qué deseo germinó en él? ¿Qué designio se forjó? ¿Qué idea persiguió? ¿Qué fin se había propuesto?
 Bien mirado, este Dios no puede experimentar ningún deseo, puesto que su felicidad es infinita, ni perseguir ningún fin, cuando nada falta a su perfección; no puede formar ningún designio, puesto que nada puede extender su poder; no puede determinarse a querer nada no teniendo necesidad alguna.
¡Ea! Filósofos profundos, pensadores sutiles, teólogos prestigiosos, responded para qué Dios ha creado y puesto al hombre en el mundo y decid por qué Dios lo ha creado y lo ha lanzado al mundo. Estoy bien tranquilo: Vosotros no podéis responder, a menos que digáis: “Los misterios de dios son impenetrables”, y aceptéis esta respuesta como suficiente. Y haréis bien absteniéndoos de toda otra respuesta, porque ella, os lo prevengo caritativamente, entrañaría la ruina de vuestro sistema y el derrumbamiento de vuestro Dios. La conclusión se impone lógica, imperdonable: Dios, si ha creado, ha creado sin motivo, sin saber por qué, sin ideal.
 ¿Sabéis a dónde nos conducen las consecuencias de tal conclusión? Vais a verlo: Lo que diferencia los actos que realiza un hombre dotado de razón, de los de otro atacado de demencia; lo que hace que uno sea responsable y otro irresponsable, es que un hombre de razón sabe siempre o puede llegar a saber, cuando realiza algo, cuáles han sido los móviles que le han impulsado, cuales los motivos que le han inducido a practicar lo que pensaba.
 Mucho más cuando se trata de una acción importante y cuyas consecuencias entrañan gravemente su responsabilidad, es preciso que el hombre entre en posesión de su razón, se repliegue sobre sí mismo, se libre a un examen de conciencia, serio, persistente e imparcial, que por sus recuerdos reconstruya el cuadro obligado de los acontecimientos que ha convivido, en una palabra, que procure revivir las horas pasadas, para que pueda discernir con claridad cuáles fueron las causas y el mecanismo de los movimientos que le determinaron a obrar.
 Con frecuencia no puede vanagloriarse de las causas que le han impulsado y a menudo le hacen enrojecer de vergüenza: Más cualesquiera que sean estos motivos nobles o viles, interesados o generosos, llega a descubrirlos en un determinado momento.
 Un loco, al contrario, procede sin saber por qué, y una vez el acto realizado, por grandes que sean las consecuencias que de él puedan derivarse, interrogadle, encerradle si queréis, en un circulo estrecho de preguntas, y no obtendréis de este pobre demente más que vaguedades e incoherencias. Por tanto lo que diferencia los actos de un hombre sensato de los de un insensato, es que los actos del primero se explican, tienen una razón de ser, se distingue la causa y el efecto, el origen y el fin, mientras que los actos de un hombre privado de razón no se explican, y él mismo es incapaz de discernir el porqué los ha cometido y el fin que persiguió al realizarlos.
 Ahora bien: Si Dios ha creado sin motivo, sin causa, ha procedido como un loco, y en este caso la creación parece como un acto de demencia.
 Para terminar con el Dios de la Creación, me parece indispensable examinar dos objeciones. Pensaréis bien que aquí las objeciones abundan: por eso, cuando hablo de dos objeciones, me refiero a dos que son capitales, clásicas. Estas objeciones tienen tanto más importancia cuanto que se puede, con habilidad en la discusión, englobar todas las otras en estas dos:

1). ¿Imposibilidad de conocer a Dios?
 Se me dice: “No tiene usted derecho para hablar de Dios en la forma en que lo hace. No nos presenta sino a un Dios caricaturizado, sistemáticamente reducido a las proporciones de pequeñez que osa acordarle su entendimiento. Ese Dios no es el nuestro. El nuestro no puede usted concebirlo, puesto que es superior a usted, puesto que lo desconoce. Sepa que lo que es fabuloso para el hombre más fuerte y más inteligente en todas las ramas del saber, es para Dios un simple juego de niños. No olvide que la humanidad no puede moverse en el mismo plano que la divinidad. No pierda de vista que le es tan imposible comprender al hombre comprender la manera en que Dios precede como a los minerales imaginar cómo viven los vegetales, como a los vegetales concebir el desarrollo de los minerales y a los animales saber cómo viven y operan los hombres. Dios ocupa unas alturas a las que usted es incapaz de llegar; habita unas montañas para usted inaccesibles. Sepa que cualquiera que sea el grado de desarrollo de una inteligencia humana, por importantes e intensos que sean los esfuerzos realizados por esta inteligencia, jamás podrá elevarse a la altura de Dios”.
 “Advierta, en fin, que jamás el cerebro del hombre, que es limitado, podrá abarcar a Dios, que es ilimitado. Confiese lealmente que no es posible comprender ni explicar a Dios. Pero de no poder comprenderlo ni explicarlo, no saque la consecuencia de que ello le da derecho a negar su existencia.”
Mi contestación a los teístas:
 Me dais, señores, consejos de lealtad que estoy dispuesto a aceptar. Me hacéis recordar que soy un simple mortal, lo que legítimamente reconozco, y de lo que procuro no separarme.
 Me decís que Dios me supera, que lo desconozco. Sea. Consiento en reconocerlo, afirmo que lo finito no puede concebir ni explicar lo infinito, pues es una verdad tan cierta y tan evidente que no está en mi mano hacerle oposición alguna. Veis, pues, que hasta aquí estamos de perfecto acuerdo, de lo que espero estaréis bien contentos.
Solamente que me permitiréis os dé iguales consejos de lealtad y de modestia, que antes me ofrecisteis y yo acepte, para preguntaros: ¿No sois vosotros hombres lo mismo que yo? ¿No os supera Dios como a mí me supera? ¿No os es inaccesible como lo es para mí? ¿Tendréis la pretensión de creeros iguales a la Divinidad? ¿Tendréis la manía de pensar y la tontería de creer que de un vuelo podéis llegar a las alturas que Dios ocupa? ¿Seréis presuntuosos al extremo de creer que vuestro pensamiento, que es finito, pueda comprender lo infinito? No quiero haceros la injuria de creer que sostengáis una extravagancia tan banal.
 Así, pues, tened la modestia y la lealtad de confesar que, si a mí me es imposible comprender a Dios, vosotros tropezáis con el mismo obstáculo. Tened, en fin, la probidad de reconocer que, si porque a mí no me es permitido concebir y explicar a Dios, se me niega el derecho a negarlo, a vosotros, como a mí, no os es permitido concebirlo ni explicarlo, tampoco tenéis derecho a afirmarlo.
No creáis que por esto quedamos en igual situación que antes. Puesto que fuisteis los primeros en afirmar la existencia de Dios, tenéis el deber de ser los primeros en cesar en vuestras afirmaciones. ¿Hubiera yo soñado jamás en negar la existencia de Dios, si vosotros no hubierais empezado por afirmarla, y cuando era todavía un niño no se me hubiera impuesto la necesidad de creer en él, si cuando era adolescente no hubiera oído afirmaciones en este sentido, si hombre ya, mis miradas no hubieran constantemente contemplado las iglesias y los templos elevados a ese Dios?

Han sido vuestras afirmaciones las que han provocado mis negaciones. Cesad de afirmar vosotros y yo cesaré de negar.

2). La segunda objeción parece más invulnerable. Muchos la consideran sin réplica. Esta proviene de los filósofos espiritualistas. Estos señores dicen sentenciosamente: No hay efecto sin causa: el Universo es un efecto, y como no hay efecto sin causa, esta causa es Dios. El argumento está bien presentado y parece bien construido. Lo esencial estriba en saber si todo esto es verdad. Este razonamiento, en buena lógica, se llama silogismo. Un silogismo es un argumento compuesto de tres preposiciones: La mayor, la menor y la consecuencia; comprende 2 partes: Las premisas, constituidas por las 2 primeras proposiciones, y la conclusión representada por la tercera.
Para que un silogismo sea inatacable necesita: 1. Que la proposición mayor y la menor sean exactas; 2. Que la tercera proposición dimane lógicamente de las 2 primeras.
Si el silogismo de los filósofos espiritualistas reúne estas dos condiciones, es irrefutable y no me queda otra solución que aceptarlo; pero si carece de una sola de esas dos condiciones resulta nulo, sin valor y el argumento se hunde por sí solo.
A fin de reconocer su calor, examinemos las 3 proposiciones que lo componen.

Primera Proposición, Mayor: No hay efecto sin causa. El efecto no es más que la continuación, la prolongación, el fin de la causa. Quien dice efecto, dice causa. La idea de causa provoca necesariamente la idea de efecto. Creerlo en otro sentido es creer lo absurdo. Así, pues, en esta primera proposición estamos de acuerdo.
 Segunda Proposición, Menor: El Universo es un efecto. Antes de continuar, solicito algunas explicaciones: ¿Sobre qué se apoya una afirmación tan categórica? ¿Cuál es el fenómeno o el conjunto de fenómenos? ¿Cuál es la constatación o el conjunto de constataciones que permite hacer una declaración tan afirmativa? Y en primer lugar: ¿Es que conocemos lo suficiente el Universo? ¿Es que nuestros conocimientos lo han estudiado, comprendido, escrutado para que nos sea permitido hacer tales afirmaciones? ¿Hemos penetrado en sus entrañas y explorado sus espacios inconmensurables? ¿Acaso hemos descendido a las profundidades del océano? ¿Conocemos todas las cosas que son del dominio del Universo? ¿Es que este nos ha mostrado todos sus secretos y todos sus enigmas? ¿Lo hemos entendido, palpado, sentido, observado todo? ¿Nada tenemos que aprender? ¿Nada nos queda por descubrir? Abreviando: ¿Es que estamos en condiciones de hacer una apreciación formal, definitiva, un juicio indiscutible del Universo?
Ninguno osara, suponemos, responder afirmativamente a todas estas cuestiones, y seria digno de lástima el que tuviera la audacia, mejor dicho, la insensatez de sostener que conoce al Universo.
El Universo, es decir, no solamente este ínfimo planeta que nosotros habitamos, sobre el cual se arrastran nuestras miserables armaduras óseas; no solamente los millares de astros y de planetas que conocemos, que forman parte de nuestro sistema solar o que se descubren en el curso del tiempo, sino también los mundos, ¡esos otros mundos cuya existencia conocemos por conjetura, pero cuya distancia y número nos son incalculables!
 Si yo dijera: “el Universo es una causa”, tengo la certeza de que desencadenaría espontáneamente contra mí las rechiflas y las protestas de todos los creyentes, y sin embargo, mi afirmación no será más descabellada que la suya. Mi temeridad seria igual a la suya, esto es todo
 Si yo estudio y observo el Universo tanto como las circunstancias lo permiten al hombre hacerlo hoy, he de constatar que es un conjunto increíblemente complejo y denso, un entrecruzamiento impenetrable y colosal de causas y efectos que se determinan, se encadenan, se suceden, se repiten y se penetran. Observaré enseguida que el todo forma una cadena sin fin en la que los eslabones están indisolublemente ligados y en la que cada uno de estos eslabones es causa y efecto; efecto que sigue. ¿Quién podrá decir: “he aquí el ultimo anillo, el anillo efecto”? ¿O: “hay una causa número primero, hay un efecto número último”?
 A la segunda proposición: “El Universo es un efecto”, le falta una condición indispensable: la exactitud. En consecuencia, el citado silogismo no vale nada. Yo agrego que aun en el caso de que esta segunda proposición fuera exacta, quedaría por establecer que la conclusión fuese aceptable, que el Universo es el efecto de una causa única, de la causa primera, de una causa sin causa, de una causa eterna.
 Espero sin inquietud esta demostración que aunque muchas veces se ha deseado, no ha sido posible, y esto lo decimos sin temeridad alguna, establecer seria, positiva y científicamente.
 Por último, admitiendo que el silogismo entero fuera irreprochable, podría fácilmente volverse contra la tesis del Dios Creador y a favor de mi demostración. Ensayemos... ¿No hay efecto sin causa? Sea. ¿El Universo es un efecto? De acuerdo. Entonces, ¿este efecto tiene una causa que nosotros llamamos Dios? Sea. No os entusiasméis, deístas; escuchadme, que aún no habéis triunfado. Si es evidente que no hay efecto sin causa, es también rigurosamente cierto que no existe causa sin efecto. No hay, no puede haber, causa sin efecto.

Quien dice causa, dice efecto; la idea causa, implica necesariamente y llama inmediatamente la idea de efecto; en otro caso, la causa sin efecto sería una causa de la nada, lo que sería tan absurdo como un efecto de nada. Así, pues, está bien entendido que no hay causa sin efecto.

Vosotros decís que el Universo efecto, tiene por causa a Dios.
En sentido inverso, podemos decir que la causa Dios, tiene por efecto el Universo. De lo que resulta imposible separar el efecto de la causa e imposible resulta también separar la causa del efecto.
 Vosotros afirmáis, en fin, que Dios-Causa es eterno. De esto saco la conclusión de que el Universo-Efecto es igualmente eterno, puesto que a una causa eterna indudablemente corresponde un efecto también eterno. Si pudiera ser de otro modo, es decir, si el Universo no hubiera comenzado durante los millares y millares de siglos que quizá han precedido a la creación, Dios habría sido durante todo ese tiempo una causa sin efecto, lo que es imposible; una causa de la nada, lo que es absurdo.
 En consecuencia, si Dios es eterno, el Universo también lo es, y si el Universo es eterno, no ha comenzado jamás, de lo que resulta que no ha sido creado. ¿Esta esto claro?

7). Contra El Dios Gobernador o Providencia
El Gobernador niega al Creador. Son muchísimos, forman legión, los que a pesar de todo se obstinan en creer. Concibo que, en rigor, pudiera creerse en la existencia de un Creador perfecto, o que se creyera en un gobernador necesario; pero me parece imposible que razonablemente pueda creerse en la existencia de uno y de otro al mismo tiempo, porque estos dos seres perfectos se excluyen categóricamente: afirmar a uno es negar al otro; proclamar la perfección del primero es confesar la inutilidad del segundo; sostener la necesidad del otro; pero resulta desprovisto de toda lógica creer en la perfección de ambos: Es imposible; hay que escoger.
 El Universo creado por Dios hubiera sido una obra perfecta, si en conjunto, como en sus más mínimos detalles, esta obra careciera de defectos; si el mecanismo de esta gigantesca creación fuera irreprochable; si su perfección fuera tal que no hubiera temor de que se produjera ningún desarreglo, ninguna avería; concertando: Si la obra fuera digna de este obrero genial, de este artista incomparable, de este constructor fantástico que llaman Dios, la necesidad de un Gobernador no se hubiera sentido.
 Es lógico pensar que una vez puesta la maquina en marcha habría sido abandonada a sí misma, sin temor, pues los accidentes eran imposibles. ¿Para que este ingeniero, este mecánico, cuyo papel es vigilar la maquina, dirigirla, intervenir cuando es necesario realizar retoques, cuando está en movimiento y hacerle las reparaciones sucesivas y necesarias? Este ingeniero era inútil. Si el Gobernador existe, no puede negarse que su presencia, su vigilancia, su intervención son indispensables. La necesidad del Gobernador es como un insulto, un desafío lanzado al creador; su intervención corrobora el desconocimiento, la incapacidad, la impotencia del Creador.

8). La multiplicidad de los dioses atestigua que no existe ninguno
 El Dios Gobernador debe ser poderoso y justo, infinitamente poderoso e infinitamente justo. Afirmo que la multiplicidad de las religiones atestigua que le falta o poder o justicia. No hablemos de los dioses muertos, de los cultos abolidos, de las religiones olvidadas porque éstas se cuentan por miles de miles. No hablemos sino de las religiones existentes. Según los cálculos mejor fundados, se conocen actualmente ochocientas religiones que se disputan el imperio de los 1800 millones de conciencias que pueblan nuestro Planeta (Son los habitantes que había en nuestro planeta cuando Faure escribió su alegato). No puede dudarse que cada una reclama para sí el privilegio de que sólo su Dios es el verdadero, el auténtico, el indiscutible, el único, y que todos los otros dioses son dioses de risa, dioses falsos, dioses de contrabando y de pacotilla, y que es obra piadosa combatirlos y aplastarlos. A esto ya agrego que si en lugar de ochocientas no hubiera sino cien religiones, o 10, o 2, mi argumento tendría el mismo valor.
 Por tanto, sostengo que la multiplicidad de estos dioses atestigua que no hay ninguno, porque al mismo tiempo certifica que Dios no es poderoso ni justo. Si fuera poderoso, hubiera podido hablar a todos con la misma facilidad con que lo haría a unos pocos. Hubiera podido mostrarse, revelarse a todos, sin emplear más esfuerzo que para un reducido número. Un hombre (cualquiera que sea) no puede mostrarse ni hablar más que a un reducido número de hombres; sus cuerdas vocales tienen una resistencia que no puede exceder ciertos límites. ¡Pero Dios! Dios, que puede hablar a todos –por grande que sea el número– con la misma facilidad que a unos pocos. Cuando se eleva, la voz de Dios puede y debe repercutir en los cuatro puntos cardinales. El Verbo no conoce ni distancia ni obstáculo. Atraviesa los océanos, escala las alturas, franquea los espacios sin la más mínima dificultad.
Puesto que Él ha querido (la religión así lo afirma) hablar a los hombres, revelarse a ellos, confiarles sus designios, indicarles su voluntad, hacerles conocer su Ley, bien hubiera podido hacerlo a todos y no a un puñado de privilegiados.
Pero no ha sido así, puesto que unos lo ignoran, otros lo niegan y otros, en fin, establecen competencias poniendo unos dioses frente a otros. ¿Y en estas condiciones, no estimáis sensato pensar que no ha hablado a nadie y que las múltiples revelaciones que se le atribuyen son otras tantas imposturas, o, más aun, que si no ha hablado más que a unos pocos, ha sido porque era incapaz de hablar a todos?
Siendo así, yo le acuso de impotencia. Y si no queréis que le acuse de impotencia le acusaré de injusticia. ¿Qué pensar de un Dios que sólo se hace visible a un reducido número y se esconde para los otros? ¿Qué pensar de ese dios que dirige la palabra a unos y para otros guarda el más profundo silencio?
No olvidéis que los representantes de ese dios afirman que es el padre de todos y que todos somos también los hijos amados del padre que reina allá arriba, en los cielos. Y bien ¿Qué pensáis vosotros de ese padre que, exuberante de ternezas para algunos privilegiados, revelándose a ellos, les evita las angustias de la duda, las torturas de la vacilación, mientras que voluntariamente condena a la inmensa mayoría de sus hijos a los tormentos de la incertidumbre? ¿Qué pensáis vosotros de ese padre que se representa a una parte de sus hijos, en medio del esplendor de su majestad, mientras que para los otros queda envuelto en las más oscuras tinieblas? ¿Qué pensáis vosotros de ese padre que exige a sus hijos que practiquen un culto, le rindan adoración y respeto, y llama a unos pocos a escuchar su verdadera palabra, mientras que con deliberado propósito niega a los demás esta distinción, este insigne favor? Si vosotros estimáis que este padre es bueno, no os sorprendáis si mi opinión es diferente.
La multiplicidad de las religiones proclama bien claro que al Dios de los cristianos le falta poder o justicia.
Pero Dios debe ser infinitamente poderoso e infinitamente justo –afirman los cristianos– y si le falta alguno de estos dos atributos, el poder o la justicia, no es perfecto, y no siendo perfecto no tiene razón de ser y por lo tanto no existe. La multiplicidad de los dioses demuestra que no existe ninguno.

9). Dios no es infinitamente bueno: El infierno lo atestigua
El Dios Gobernador o Providencia es y debe ser infinitamente misericordioso. La existencia del infierno prueba, sin embargo, que no lo es. Seguid de cerca mi razonamiento: Dios podía –puesto que era libre– no crearnos, pero nos ha creado. Dios podía (puesto que es todopoderoso) crearnos buenos, pero nos ha creado buenos y malos. Dios podía –puesto que era bueno– admitirnos a todos en su Paraíso después de nuestra muerte, contentándose como castigo con el tiempo de sufrimientos y de tribulaciones que pasamos en la tierra. Dios podía, en fin (puesto que es justo) no admitir en su Paraíso a los malos, negándoles el acceso, mas antes debiera destruirlos totalmente a su muerte y no condenarlos a los sufrimientos del infierno.
 Porque quien puede crear, puede destruir; quien tiene poder para dar la vida, lo tiene para destruirla, para aniquilarla. Veamos: vosotros no sois dioses. Vosotros no sois ni infinitamente justos, ni infinitamente misericordiosos. Pero tengo la absoluta seguridad, sin que por esto os atribuya cualidades que quizás no poseéis, que si estuviera en poder vuestro, sin que esto os exigiera un gran esfuerzo, sin que resultara para vosotros ningún perjuicio moral ni material; si en vuestro poder estuviera, repito, dentro de las condiciones indicadas, evitar a un ser humano una lagrima, un dolor, un sufrimiento, afirmo que lo haríais sin titubeos, sin vacilaciones. ¡Y sin embargo, no sois ni infinitamente buenos, ni infinitamente misericordiosos! ¿Seriáis vosotros mejores, más misericordiosos que el Dios de los cristianos?
 Porque, en fin, el infierno existe. La Iglesia lo enseña; es la horrible visión, con cuya ayuda se siembra el espanto de los niños, en los viejos, y entre los pobres de espíritu y temerosos; es el espectro que se instala en la cabecera de los moribundos a la hora en que la muerte les arrebata todo su valor, toda su energía y toda su lucidez. ¡Y bien! El Dios de los cristianaos, que dicen es de piedad, de perdón, de indulgencia, de bondad y misericordia, arroja a una parte de sus hijos –para siempre– a un antro de torturas, las más crueles, y de suplicios, los más horrendos. ¡Cómo es de bueno! ¡Cuán misericordioso!
 Conoceréis sin duda estas palabras de las Escrituras: “Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos.” Estas palabras significan, sin abusar de su valor, cuán ínfimo será el número de los salvos, y considerable el de los condenados. Esta afirmación es de una crudeza tan monstruosa, que se ha procurado darle otro significado. Poco importa: el Infierno existe y es evidente que los condenados (muchos o pocos) sufrirán los más crueles tormentos. Preguntamos ahora nosotros: ¿a quién pueden beneficiar los tormentos de los condenados?
 ¿Acaso a los elegidos? ¡Evidentemente, no! Por definición, los elegidos serán los justos, los virtuosos, los fraternales, los compasivos, y sería absurdo suponer que su felicidad, ya incomparable, pudiera ser acrecentada con el espectáculo de sus hermanos torturados. ¿Será, pues, a los condenados mismos? Tampoco, puesto que la Iglesia afirma que el suplicio de estos desgraciados no acabará jamás, y que por los siglos de los siglos sus sufrimientos serán tan horripilantes como el primer día. ¿Entonces? Entonces, aparte de los elegidos y de los condenados, solo existe Dios.
 ¿Es, pues, Dios, quien obtendrá beneficios de los sufrimientos de los condenados? ¿Es, pues, Él, ese padre infinitamente bueno, infinitamente misericordioso, quien se regocijara sádicamente con los dolores a que voluntariamente ha condenado a sus hijos?
 ¡Ah! Si esto es así, este Dios se me aparece como un feroz inquisidor, el más implacable que se pueda imaginar. El infierno prueba que dios no es bueno ni misericordioso. La existencia de un Dios de bondad es incompatible con la existencia del Infierno. O bien el infierno no existe, o bien Dios no es infinitamente bueno.

 10). El problema del mal
 Es el problema del Mal el cuarto y último argumento contra el Dios gobernador, a la par que el primero va contra el Dios justiciero.
Yo no diré que la existencia del mal, mal físico, mal moral, sea incompatible con la existencia de Dios. Lo que digo es que es incompatible con el mal la existencia de un Dios infinitamente poderoso e infinitamente justo.
 El razonamiento es conocido, aunque no sea más que por las múltiples refutaciones (siempre importantes) que se le han opuesto. Se remonta a Epicuro, por lo cual cuenta ya con más de veinte siglos de existencia, pero, por viejo que sea, conserva a través del tiempo todo su vigor. Es el siguiente:
 El mal existe. Todos los seres sensibles conocen el sufrimiento. Dios, que todo lo sabe, no debe ignorarlo. ¡Y bien! De dos cosas una: O Dios quiere suprimir el mal y no puede. O Dios puede suprimir el mal y no quiere. En el primer caso, Dios quisiera suprimir el mal, y por ello es bueno, comparte los dolores que nos aniquilan, que nosotros sufrimos. ¡Ah, sí solo dependiera de Él! El mal seria suprimido y el bienestar reinaría sobre la tierra. Una vez más diremos que Dios es bueno, pero es impotente al no poder suprimir el mal.
 En el segundo caso, Dios podría suprimir el mal. Sería suficiente que lo quisiera, para que el mal fuera abolido. Es todopoderoso, mas no lo quiere suprimir, y, por lo tanto, no es infinitamente bueno.
Aquí Dios es poderoso pero no es bueno; allá Dios es bueno, mas no es poderoso. Pero para admitir su existencia no es suficiente que posea una de esas dos perfecciones: poder o voluntad, es indispensable que posea las dos. Este razonamiento no ha sido jamás refutado.
 Entendámonos: al decir jamás; quiero decir que no se ha llegado a refutarlo razonadamente, aunque muchas veces se ha ensayado. El intento de refutación más conocido es el siguiente: “Vosotros planteáis en términos erróneos el problema del mal. Es un equívoco cargar sobre Dios la responsabilidad. Cierto que el mal existe, es innegable; pero es al hombre a quien hay que hacer responsable: Dios no ha querido que el hombre sea un autómata, una máquina, que obedeciera fatalmente.
Al crearlo le dio completa libertad tan generosamente otorgada, le concedió la facultad de hacer en todas las circunstancias el uso que creyera más conveniente; y si el hombre en vez de hacer uso noble y juicioso de este don inestimable, lo hizo criminal y odioso, no es a Dios a quien hay que acusar, pues sería injusto: Hay que acusar al hombre, lo que es más equitativo”.
 He aquí la clásica objeción. ¿Cuánto vale? Nada. Me explicare: Hagamos distinción entre el mal físico y el mal moral. El mal físico es la enfermedad, el sufrimiento, el accidente, la vejez, con su cortejo de reminiscencias y enfermedades; es la muerte, que indica la perdida cruel del ser que amamos. Hay niños que mueren algunos días después de nacer, sin haber conocido otra cosa que el sufrimiento; existen numerosos individuos para quienes la vida no es sino una larga serie de sufrimientos, para los que hubiera sido preferible no haber nacido; en el orden natural, las epidemias, los cataclismos, los incendios, las sequías, las inundaciones, las tempestades, el hambre, toda esta enormidad de trágicas fatalidades, acumula el dolor y la muerte. ¿Quién osará decir que de este mal físico debe hacerse al hombre responsable? ¿Quién no comprende que si Dios ha creado el Universo, si es Él quien le ha dotado de las formidables leyes que lo rigen, y si el mal físico no es sino el conjunto de esas fatalidades que resultan del juego normal de las fuerzas de la naturaleza? ¿Quién no comprenderá que el autor responsable de estas calamidades lo es con toda certeza el que ha creado el Universo y lo gobierna?
 Supongo que sobre este punto no hay duda posible. Dios que gobierna el Universo, es el responsable del mal físico. Con esta respuesta sería suficiente, y, sin embargo, voy a continuar. Pretendo que el mal moral es tan imputable a Dios como el mal físico puesto que si Dios existe, es Él quien ha ordenado la organización del mundo físico y que, en consecuencia, el hombre, víctima del mal moral, como del mal físico, no es ni más ni menos responsable del uno que del otro.
Continuare, mas para ello he de ligar lo que sobre el mal moral tengo que decir en la tercera y última serie de mis argumentos.

11). Contra El Dios Justiciero
 Irresponsable, el hombre no puede ser ni castigado ni recompensado. ¿Qué somos nosotros? ¿Hemos deseado las condiciones de nuestro nacimiento? ¿Hemos sido consultados, para saber si queríamos nacer? ¿Hemos sido prevenidos para trazar cuál habría de ser nuestro destino? ¿Hemos tenido sobre algunas de estas cuestiones voz o voto?
 Si cada uno de nosotros hubiese tenido voz y voto para escoger, desde su nacimiento, salud, fuerza, belleza, inteligencia, energía, voluntad, etcétera, seguramente se hubiera otorgado todos estos beneficios. Cada uno hubiera sido un resumen de todas las perfecciones, una especie de Dios en miniatura.
 ¿Qué somos nosotros? ¿Somos lo que hemos querido ser? ¡Indiscutiblemente, no! Dentro de la hipótesis Dios, somos lo que Él ha querido que fuéramos. Dios, al ser libre, hubiera podido no crearnos.
Hubiera podido crearnos más perfectos, puesto que él es bueno. Colmarnos de todos los dones físicos, intelectuales y morales; crearnos más virtuosos, sanos y excelentes, puesto que es todopoderoso.
 Por tercera vez: ¿Qué somos nosotros? Nosotros somos lo que Dios ha querido que fuéramos. Nos ha creado según su capricho y su gusto. No puede darse otra respuesta a la interrogación, si se admite que Dios existe y que Él nos ha creado, Él ha previsto, querido, determinado nuestras condiciones de vida; ha coordinado nuestros deseos, nuestras necesidades, nuestras pasiones, nuestros temores, nuestras esperanzas, nuestros odios, nuestras ternuras, nuestras aspiraciones.

Él ha concebido, preparado el medio en el cual vivimos, determinando las circunstancias que a cada instante darán el asalto a nuestra voluntad, y determinaran nuestras acciones. Ante este Dios formidablemente armado, el hombre es irresponsable.
 El que no está bajo la dependencia de nadie es eternamente libre; el que se halla un “poco” bajo la dependencia de otro es un poco esclavo, y libre sólo por la diferencia; el que esta “mucho” bajo la dependencia de otro, es en el mismo grado esclavo, y no es libre más que el resto, y, en fin, el que se halla “por completo” bajo la dependencia de otro es “totalmente” esclavo, no gozando de ninguna libertad.
 El hombre existe como esclavo de la voluntad divina y su dependencia es tanto mayor cuanto más alejado esta de su Maestro. Si Dios existe, él solo sabe, puede y quiere; el solo es libre; el hombre no sabe nada, no puede nada, no vale nada; su dependencia es completa.
 El hombre sometido a esa esclavitud, aniquilado bajo la dependencia plena y entera de Dios, no puede aceptar responsabilidad alguna. Y si es irresponsable no puede ser juzgado. Todo juicio implica castigo o recompensa; pero los actos de un irresponsable, no poseyendo ningún valor moral, están exentos de toda responsabilidad.
 Los actos de un irresponsable pueden ser útiles o perjudiciales; moralmente no son ni buenos ni malos, ni meritorios ni responsables; juzgando equitativamente no pueden ser recompensados ni castigados. Por tanto, al erigirse en Justiciero, recompensado o castigando al hombre irresponsable, Dios es un usurpador que se arroga un derecho arbitrario y usa de él contra toda justicia.
 De lo dicho concluyo:
 a) Que la responsabilidad del mal moral es imputable a Dios, tanto como la del mal físico.
 b) Que Dios es un juez indigno, puesto que siendo irresponsable el hombre, no puede ser ni castigado ni recompensado.

12). Dios viola las reglas fundamentales de la equidad
 Admitamos por un instante que el hombre será responsable y veremos cómo, dentro de esta misma hipótesis, la divina justicia viola las reglas más elementales de la equidad. Si se admite que la práctica de la justicia no puede ejercerse sin sanción y sin que el magistrado la establezca, haya méritos o culpabilidad y debe haber otra de castigo y recompensa.
 El magistrado que mejor practique la justicia será aquél que proporcione lo más exactamente posible la recompensa al merito o el castigo a la culpabilidad, y el magistrado ideal, el impecable, el perfecto, será el que establezca una relación rigurosamente matemática entre el acto y la sanción. Yo pienso que esta regla elemental de justicia será aceptada por todos.
 Cualquiera que sea el merito de un hombre, es limitado (como lo es el hombre) y, sin embargo, la sanción de recompensa no lo es. El cielo es sin límites, aunque no lo sea nada más que por su carácter de perpetuidad. Cualquiera que sea la culpabilidad del hombre es limitada (como lo es el hombre), pero no lo es su castigo. El infierno no tiene límites, juzgado por su carácter de perpetuidad.
 Luego, no existe relación entre el merito y la recompensa; hay desproporción entre el castigo y la falta, puesto que el merito y la falta son limitados, e ilimitados la recompensa y el castigo. Desproporción siempre. Dios viola las reglas más fundamentales de la equidad.

Recapitulación
 He prometido una demostración terminante, substancial, decisiva; creo poder decir que he cumplido mi promesa. No perdáis de vista que yo no me había propuesto aportaros un sistema del Universo que hiciera inútil todo recurso a la hipótesis de una Fuerza sobrenatural, de una Energía o de una Potencia extramundana, de un Principio superior o anterior al Universo. Yo he tenido la lealtad como era mi deber, de deciros que: planteado así el problema no admite, dentro de los actuales conocimientos humanos, ninguna solución definitiva, y que la sola actitud que conviene a los espíritus reflexivos y razonables, es la expectativa.
 El Dios que yo he querido negar y el que ahora puedo decir que he negado su posibilidad, es el Dios de las religiones, el Dios Creador y Justiciero, el Dios infinitamente sabio, justo y bueno, que el clero se jacta en representar sobre la tierra e intenta ofrecer a nuestra veneración. No hay, no puede haber equivoco. Es ese Dios el que yo niego, o si se quiere discutir útilmente, es a ese Dios a quien hay que defender contra mis ataques.
 Todo debate sobre otro terreno será –y os lo prevengo, porque es necesario que os pongáis en guardia contra las insidias del adversario–, una diversión, y será, aún más, la prueba de que el Dios de las religiones no puede ser defendido ni justificado.

Conclusión
 Tal es, sin embargo, el Dios que desde tiempos inmemoriales se nos ha enseñado y que hoy todavía se enseña en la escuela y en el hogar comunes. ¡Qué de crímenes han sido cometidos en su nombre! ¡Qué de odios, guerras, calamidades han sido furiosamente desencadenados por sus representantes! ¡Ese Dios de cuántos sufrimientos ha sido la causa, y cuantos males engendra todavía!
 ¿No llegara jamás el día en que, cesando de creer en la Justicia Eterna, en sus edictos imaginarios, en sus recompensas problemáticas, los humanos trabajen con ardor infatigable por el advenimiento sobre la tierra de una Justicia inmediata, positiva y fraternal? ¿No sonara jamás la hora en que desengañados de consolaciones y esperanzas falaces, que les sugiera la creencia en un Paraíso compensador, los humanos hagan de nuestro planeta un Edén de abundancia, paz y libertad, en el que las puertas estén fraternalmente abiertas a todos?
 Tiempo ha que el contrato social se ha inspirado en un Dios sin justicia; tiempo es ya que se inspire en una justicia sin Dios. Tiempo ha que las relaciones entre los pueblos han difamado de un Dios sin filosofía; un tiempo es que monarcas, gobiernos, castas y clero, conductores de pueblos y directores de conciencia dejen de tratar a la humanidad como a un vil rebaño de carneros, para en último término ser esquilados, devorados, lanzados al matadero.
 Tú, que me escuchas, abre los ojos, observa, comprende. El cielo del que sin cesar te hablan; el cielo con cuya ayuda se intenta insensibilizar tu miseria, anestesiar tus sufrimientos y ahogar el gemido que a pesar de todo se exhala de tu pecho, es un cielo irracional, con un cielo desierto. Sólo tu infierno está poblado, es positivo.
 Basta de lamentaciones; las lamentaciones son vanas, basta de postergaciones; las postergaciones son estériles. Basta de plegarias; las plegarias son impotentes.
 ¡Levanta, hombre! Derecho, altivo, rebelde, declara una guerra implacable al Dios que tanto tiempo ha impuesto a ti y a tus hermanos una embrutecedora veneración. Desembarázate de ese tirano imaginario y sacude el yugo de ésos que se pretenden sus representantes aquí en la tierra. Más acuérdate de que si sólo haces esto, la tarea no será realizada más que a medias. No olvides que de nada te servirá romper las cadenas que los dioses imaginarios, celestes y eternos han forjado contra ti, si no rompes las que contra ti han formado los dioses pasajeros y positivos de la tierra. Estos dioses giran a tu alrededor, y procuran envilecerte y degradarte. Estos dioses son hombres como tú. Ricos y gobernantes, estos dioses de la tierra la han poblado de victimas numerosas y de injustificables tormentos.
 Puedan un día rebelarse los condenados de la tierra contra estos verdugos, para fundar la ciudad de la que estos monstruos queden para siempre desterrados.
 Y cuando te hayas emancipado de los dioses, de cielo y de la tierra; cuando te hayas desembarazado de los tiranos de abajo y de los tiranos de arriba; cuando hayas realizado ese doble gesto de liberación, entonces, solamente, ¡oh, hermano!, saldrás del infierno en que te hayas y realizarás tu cielo. Dejarás las tinieblas de tu ignorancia para entrar de lleno en las puras claridades de tu inteligencia, despierto ya de la influencia letárgica de las religiones.