viernes, 25 de septiembre de 2020

Un castellano leal - Ángel de Saavedra. Duque de Rivas

 

Ángel de Saavedra, duque de Rivas (Museo del Prado).jpg

Ángel de Saavedra
Duque de Rivas

Un castellano leal



I

   «Hola, hidalgos y escuderos
de mi alcurnia y mi blasón,
mirad, como bien nacidos,
de mi sangre y casa en pro.
    »Esas puertas se defiendan,
que no ha de entrar, ¡vive Dios!,
por ellas, quien no estuviere
más limpio que lo está el sol.
    »No profane mi palacio
un fementido traidor,
que contra su rey combate
y que a su patria vendió.
    »Pues si él es de reyes primo,
primo de reyes soy yo;
y conde de Benavente,
si él es duque de Borbón.
    »Llevándole de ventaja,
que nunca jamás manchó
la traición mi noble sangre,
y haber nacido español.»

    Así atronaba la calle
una ya cascada voz,
que de un palacio salía
cuya puerta se cerró;
    y a la que estaba a caballo
sobre un negro pisador,
siendo en su escudo las lises
más bien que timbre, baldón;
    y de pajes y escuderos
llevando un tropel en pos,
cubierto de ricas galas,
el gran duque de Borbón,
    el que, lidiando en Pavía,
más que valiente, feroz,
gozose en ver prisionero
a su natural señor;
    y que a Toledo ha venido,
ufano de su traición,
para recibir mercedes,
y ver al emperador.


II

   En una anchurosa cuadra
del alcázar de Toledo,
cuyas paredes adornan
ricos tapices flamencos,
    al lado de una gran mesa
que cubre de terciopelo
napolitano tapete
con borlones de oro y flecos,
    ante un sillón de respaldo,
que entre bordado arabesco
los timbres de España ostenta
y el águila del Imperio,
    de pie estaba Carlos quinto,
que en España era primero,
con gallardo y noble talle,
con noble y tranquilo aspecto.
    De brocado de oro blanco
viste tabardo tudesco,
de rubias martas orlado,
y desabrochado y suelto,
    dejando ver un justillo
de raso jalde, cubierto
con primorosos bordados
y costosos sobrepuestos,
    y la excelsa y noble insignia
del Toisón de Oro pendiendo
de una preciosa cadena
en la mitad de su pecho.
    Un birrete de velludo
con un blanco airón, sujeto
por un joyel de diamantes
y un antiguo camafeo,
    descubre por ambos lados,
tanta majestad cubriendo,
rubio, cual barba y bigote,
bien atusado el cabello.
    Apoyada en la cadera
la potente diestra ha puesto,
que aprieta dos guantes de ámbar
y un primoroso mosquero.
    Y con la siniestra halaga,
de un mastín muy corpulento,
blanco, y las orejas rubias,
el ancho y carnoso cuello.

    Con el condestable insigne,
apaciguador del reino,
de los pasados disturbios
acaso está discurriendo.
    O del trato que dispone
con el rey de Francia, preso,
o de asuntos de Alemania,
agitada por Lutero,
    cuando un tropel de caballos
oye venir a lo lejos
y ante el alcázar pararse,
quedando todo en silencio.
    En la antecámara suena
rumor impensado luego;
ábrese al fin la mampara
y entra el de Borbón soberbio.
    Con el semblante de azufre
y con los ojos de fuego,
bramando de ira y de rabia
que enfrena mal el respeto,
    y con balbuciente lengua
y con mal borrado ceño,
acusa al de Benavente,
un desagravio pidiendo.

    Del español condestable
latió con orgullo el pecho,
ufano de la entereza
de su esclarecido deudo.
    Y, aunque advertido, procura
disimular cual discreto,
a su noble rostro asoman
la aprobación y el contento.
    El emperador un punto
quedó indeciso y suspenso,
sin saber qué responderle
al francés, de enojo ciego.
    Y aunque en su interior se goza
con el proceder violento
del conde de Benavente,
de altas esperanzas lleno
    por tener tales vasallos,
de noble lealtad modelos,
y con los que el ancho mundo
será a sus glorias estrecho.
    Mucho al de Borbón le debe
y es fuerza satisfacerlo;
le ofrece para calmarlo
un desagravio completo.
    Y llamando a un gentilhombre,
con el semblante severo
manda que el de Benavente
venga a su presencia presto.


III

   Sostenido por sus pajes,
desciende de su litera
el conde de Benavente,
del alcázar a la puerta.
    Era un viejo respetable,
cuerpo enjuto, cara seca,
con dos ojos como chispas,
cargados de largas cejas.
    Y con semblante muy noble,
mas de gravedad tan seria,
que veneración de lejos
y miedo causa de cerca.
    Era su traje unas calzas
de púrpura de Valencia,
y de recamado ante
un coleto a la leonesa.
    De fino lienzo gallego
los puños y la gorguera,
unos y otra guarnecidos
con randas barcelonesas.
    Un birretón de velludo
con un cintillo de perlas,
y el gabán de paño verde
con alamares de seda.
    Tan solo de Calatrava
la insignia española lleva,
que el Toisón ha despreciado
por ser Orden extranjera.

    Con paso tardo, aunque firme,
sube por las escaleras,
y al verle, las alabardas
un golpe dan en la tierra.
    Golpe de honor y de aviso
de que en el alcázar entra
un grande, a quien se le debe
todo honor y reverencia.
    Al llegar a la antesala,
los pajes que están en ella
con respeto le saludan,
abriendo las anchas puertas.
    Con grave paso entra el conde,
sin que otro aviso preceda,
salones atravesando
hasta la cámara regia.

    Pensativo está el monarca,
discurriendo cómo pueda
componer aquel disturbio,
sin hacer a nadie ofensa.
    Mucho al de Borbón le debe,
aún mucho más de él espera,
y al de Benavente mucho
considerar le interesa.
    Dilación no admite el caso,
no hay quien dar consejo pueda,
y Villalar y Pavía
a un tiempo se le recuerdan.
    En el sillón asentado,
y el codo sobre la mesa,
al personaje recibe,
que, comedido, se acerca.
    Grave el conde lo saluda
con una rodilla en tierra,
mas como grande del reino
sin descubrir la cabeza.
    El emperador, benigno,
que alce del suelo le ordena,
y la plática difícil
con sagacidad empieza.
    Y entre severo y afable,
al cabo le manifiesta
que es el que a Borbón aloje
voluntad suya resuelta.
    Con respeto muy profundo,
pero con la voz entera,
respóndele Benavente
destocando la cabeza:
    «Soy, señor, vuestro vasallo;
vos sois mi rey en la tierra,
a vos ordenar os cumple
de mi vida y de mi hacienda.
    »Vuestro soy, vuestra mi casa,
de mí disponed y de ella,
pero no toquéis mi honra
y respetad mi conciencia.
    »Mi casa Borbón ocupe,
puesto que es voluntad vuestra;
contamine sus paredes,
sus blasones envilezca,
    »que a mí me sobra en Toledo
donde vivir, sin que tenga
que rozarme con traidores,
cuyo solo aliento infesta;
    »y en cuanto él deje mi casa,
antes de tornar yo a ella,
purificaré con fuego
sus paredes y sus puertas.»

    Dijo el conde, la real mano
besó, cubrió su cabeza
y retirose, bajando
a do estaba su litera.
    Y a casa de un su pariente
mandó que le condujeran,
abandonando la suya
con cuanto dentro se encierra.
    Quedó absorto Carlos quinto
de ver tan noble firmeza,
estimando la de España
más que la imperial diadema.


IV

   Muy pocos días el duque
hizo mansión en Toledo,
del noble conde ocupando
los honrados aposentos.
    Y la noche en que el palacio
dejó vacío, partiendo
con su séquito y sus pajes
orgulloso y satisfecho,
    turbó la apacible luna
un vapor blanco y espeso,
que de las altas techumbres
se iba elevando y creciendo.
    A poco rato tornose
en humo confuso y denso,
que en nubarrones obscuros
ofuscaba el claro cielo;
    después, en ardientes chispas,
y en un resplandor horrendo
que iluminaba los valles,
dando en el Tajo reflejos,
    y al fin su furor mostrando
en embravecido incendio,
que devoraba altas torres
y derrumbaba altos techos.

    Resonaron las campanas,
conmoviose todo el pueblo,
de Benavente el palacio
presa de las llamas viendo.
    El emperador, confuso,
corre a procurar remedio,
en atajar tanto daño
mostrando tenaz empeño.
    En vano todo; tragose
tantas riquezas el fuego,
a la lealtad castellana
levantando un monumento.
    Aún hoy unos viejos muros
del humo y las llamas negros,
recuerdan acción tan grande
en la famosa Toledo.


La Donación de mis órganos - Camilo José Cela

 

Biografia de Camilo José Cela

Camilo José Cela

La Donación de mis órganos.....


Quiero el día que yo muera
Poder donar mis riñones,
Mis ojos y mis pulmones.
Que se los den a cualquiera.

Si hay un paciente que espera
Por lo que yo ofrezco aquí
Espero que lo hagan así
Para salvar una vida.
Si no puedo respirar,
Que otro respire por mí.

Donaré mí corazón
Para algún pecho cansado
Que quiera ser restaurado
Y entrar de nuevo en acción.

Hago firme donación
Y que se cumpla confío
Antes de sentirlo frío,
Roto, podrido y maltrecho
Que lata desde otro pecho
Si ya no late en el mío.

La verga yo donaré,
Que se la den a un caído
Y levante poseído
El vigor que disfruté.
Pero pido que después
Se la pongan a un jinete,
De los que les gusta brete..
Sería eso una gran cosa
Yo descansando en la fosa
Y mi verga dando fuerte.

Entre otras donaciones
Me niego a donar la boca.
Pues hay algo que me choca
Por poderosas razones.
Sé de quién en ocasiones
Habla mucha bobería;
Chupa lo que no debía
Y prefiero que se pierda
Antes que algún comemierda
Mame con la boca mía.

El culo no donaré,
Pues siempre existe un confuso
Que pueda darle mal uso
Al culo que yo doné.
Muchos años lo cuidé
lavándomelo a menudo.
Para que un cirujano boludo
En dicha trasplantación
Se lo ponga a un maricón
Y muerto me den por el culo.

El Arrepentimiento - José de Espronceda

 


José de Espronceda

El arrepentimiento

de José de Espronceda

A MI MADRE

Triste es la vida cuando piensa el alma,
triste es vivir si siente el corazón;
nunca se goza de ventura y calma
si se piensa del mundo en la ficción.

No hay que buscar del mundo los placeres,
pues que ninguno existe en realidad;
no hay que buscar amigos ni mujeres,
que es mentira el placer y la amistad.

Es inútil que busque el desgraciado
quien quiera su dolor con él partir;
sordo el mundo, le deja abandonado
sin aliviar su mísero vivir.

La virtud y el honor, sólo de nombre
existen en el mundo engañador;
un juego la virtud es para el hombre;
un fantasma, no más, es el honor.

No hay que buscar palabras de ternura,
que le presten al alma algún solaz;
no hay que pensar que dure la ventura,
que en el mundo el placer siempre es fugaz.

Esa falsa deidad que llaman gloria
es del hombre tan sólo una ilusión,
que siempre está patente en su memoria
halagando, traidora, el corazón.

Todo es mentira lo que el mundo encierra,
que el niño no conoce, por su bien;
entonces la niñez sus ojos cierra,
y un tiempo a mí me los cerró también

En aquel tiempo el maternal cariño
como un Edén el mundo me pintó;
yo lo miré como lo mira un niño,
y mejor que un Edén me pareció.

Lleno lo vi de fiestas y jardines,
donde tranquilo imaginé gozar;
oí cantar pintados colorines
y escuché de la fuente el murmurar.

Yo apresaba la blanca mariposa,
persiguiéndola ansioso en el jardín,
bien al parar en la encarnada rosa
o al posarse después en el jazmín.

Miraba al sol, sin que jamás su fuego
quemase mis pupilas ni mi tez;
que entonces lo miré con el sosiego
y con la paz que infunde la niñez

Mi vida resbalaba entre delicias
prodigadas, ¡oh madre!, por tu amor.
¡Cuántas veces, entonces, tus caricias
acallaron mi llanto y mi clamor!
¡Cuántas veces, durmiendo en tu regazo,
en pájaros y flores yo soñé!
¡Cuántas veces, entonces, tus caricias
acallaron mi llanto y mi clamor!
¡Cuántas me diste, oh madre, un tierno abrazo
porque alegre y risueño te miré!

Mis caricias pagaste con exceso,
como pagan las flores al abril;
mil besos, ¡ay!, me dabas por un beso,
por un abrazo tú me dabas mil.

Pero yo te abandoné
por seguir la juventud;
en el mundo me interné,
y al primer paso se fue
de la infancia la quietud;

que aunque tu voz me anunciaba
los escondidos abrojos
del camino que pisaba,
mi oído no te escuchaba
ni te miraban mis ojos.

¡Sí, madre! Yo no creí
que fuese cierto tu aviso;
tan hechizado lo vi,
que al principio para mi
era el mundo un paraíso.

Así viví sin temor,
disfrutando los placeres
del mundo tan seductor;
en él encontré el amor
al encontrar las mujeres.

Mis oídos las oyeron,
y mis ojos las miraron,
y ángeles me parecieron;
mis ojos, ¡ay!, me engañaron
y mis oídos mintieron.

Entre placeres y amores
fueron pasando mis años
sin recelo ni temores,
mi corazón sin engaños
y mi alma sin dolores.

Mas hoy ya mi corazón
por su bien ha conocido
de los hombres la traición
y mi alma ha descorrido
el velo de la ilusión.

Ayer vi el mundo risueño
y hoy triste lo miro ya;
para mí no es halagüeño;
mis años han sido un sueño
que disipándose va.

Por estar durmiendo ayer,
de este mundo la maldad
ni pude ni quise ver,
ni del amigo y mujer
conocí la falsedad.

Por el sueño, no miraron
mis ojos teñido un río
de sangre, que derramaron
hermanos que se mataron
llevados de un desvarío.

Por el sueño, madre mía,
del porvenir, sin temor,
ayer con loca alegría
entonaba en una orgía
cantos de placer y amor.

Por el sueño fui perjuro
con las mujeres allí;
y en lugar de tu amor puro,
amor frenético, impuro,
de impuros labios bebí.

Mi corazón fascinaste
cuando me ofreciste el bien;
pero (¡oh mundo!), me engañaste
porque en infierno trocaste
lo que yo juzgaba Edén.

Tú me mostraste unos seres
con rostros de querubines
y con nombres de mujeres,
tú me brindaste placeres
en ciudades y festines.

Tus mujeres me engañaron.
Que al brindarme su cariño
en engañarme pensaron
y sin compasión jugaron
con mi corazón de niño.

En tus pueblos no hay clemencia,
la virtud no tiene abrigo;
por eso con insolencia
los ricos, en su opulencia,
encarnecen al mendigo.

Y en vez de arroyos y flores
y fuentes y ruiseñores,
se escuchan en tus jardines
los gritos y los clamores
que salen de los festines.

Por eso perdí el reposo
de mis infantiles años;
dime, mundo peligroso,
¿por qué siendo tan hermoso
contienes tantos engaños?

Heme a tus pies llorando arrepentido,
fría la frente y seco el corazón;
¡ah!, si supieras cuánto he padecido,
me tuvieras, ¡os madre!, compasión.

No te admires de hallarme en este estado,
sin luz los ojos, sin color la tez;
porque mis labios, ¡ay!, han apurado
el cáliz del dolor hasta la hez.

¡Que es veneno el amor de las mujeres
que en el mundo, gozoso, yo bebí!
Pero, a pesar de todos los placeres,
jamás pude olvidarme yo de ti.

Siempre, extasiado, recordó mi mente
aquellos días de ventura y paz
que a tu lado viví tranquilamente
ajeno de este mundo tan falaz.

Todo el amor que tiene es pasajero,
nocivo, receloso, engañador;
no hay otro, no, más puro y verdadero
que dure más que el maternal amor.

Vuelve, ¡oh madre!, a mirarme con cariño;
tus caricias y halagos tórname;
yo de ti me alejé, pero era un niño,
y el mundo me engañó, ¡perdóname!

Yo pagaré tu amor con el exceso
con que pagan las flores al abril;
mil besos te daré por sólo un beso,
por un abrazo yo te daré mil.

Dejemos que prosigan engañando
los hombres y mujeres a la par;
de nuestro amor sigamos disfrutando
en sus engaños, madre, sin pensar.

Porque es triste vivir si piensa el alma,
y mucho más si siente el corazón;
nunca se goza de ventura y calma
si se piensa del mundo en la ficción.