domingo, 7 de mayo de 2023

Petro y los aplausos

 

Petro y los aplausos

 El viaje de Gustavo Petro a Madrid ha puesto en evidencia al más alto nivel la actual posición de España en el tablero internacional. Nuestro país no está en la mesa donde se sientan las naciones prósperas, las que participan del sistema de valores que definen las democracias liberales, las que investigan, crecen y crean empleo. Las democracias merecedoras de general respeto. Nuestro país, de la mano del Gobierno social comunista de Pedro Sánchez, forma hoy parte de esa alianza bolivariana que se teje en el llamado Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla, ese inframundo en el que pululan cazadores de recompensas como ZapaterosGarzonesMonederos y compañía. De la mano de Sánchez, España ha abandonado el primer mundo para adentrarse en un territorio donde impera la pérdida de libertades y la pobreza. Somos aliados del peor populismo, algo que ha puesto en evidencia la visita de Petro y que diariamente ratifica la agenda de cambio de modelo socioeconómica puesta en marcha por este Gobierno.

Resulta ocioso insistir en el currículum del actual presidente de la República de Colombia, un tipo que esta semana repasaba sus obras completas en El País y parecía enorgullecerse de su pasado como miembro del M-19, grupo guerrillero especialista en asesinatos, violaciones y secuestros. El caballero lleva años arremetiendo contra España y los españoles con declaraciones pretendidamente ofensivas. “España se ha convertido en una dictadura en Cataluña. En este momento nos sobrevuelan helicópteros. ¿Se repetirá 1936?” (…) “El 12 de octubre se conmemora una invasión, un genocidio, una conquista, un saqueo. Jamás hubo un descubrimiento” (…) Tan cerca como este lunes, primero de mayo, víspera de su viaje a Madrid, el sujeto arremetía contra “el yugo español de la Corona”, lo que no fue óbice ni cortapisa para que horas después se colgara de la pechera el Collar de la Real Orden de Isabel la Católica, la más alta condecoración que nuestro país otorga a un mandatario extranjero. Cosas de comunistas y su falta de escrúpulos cuando se trata de acaparar lo ajeno. 

Resulta ocioso insistir en el currículum del actual presidente de la República de Colombia, un tipo que esta semana repasaba sus obras completas en El País y parecía enorgullecerse de su pasado como miembro del M-19, grupo guerrillero especialista en asesinatos, violaciones y secuestros

Tamaña exhibición de falta de tacto, siendo caritativos, por parte de un político que se permite zaherir al país que está a punto de visitar, no ha sido obstáculo para que España y sus instituciones le hayan recibido con la mayor de las pompas. Particularmente polémico ha sido su discurso en el Congreso de los Diputados, una intervención que vino precedida por el abandono del hemiciclo por parte de los diputados de Vox, y que la bancada del PP escuchó primero y aplaudió después, con Núñez Feijóo a la cabeza. Alguien tan entrado en razón como Carlos Martínez Gorriarán, articulista de este diario, ha escrito que “esto se llama cortesía parlamentaria a un Jefe de Estado extranjero invitado. Lo estrafalario y desorientado es confundirlo con un mitin local. Se hace con todos. No les invitas para insultarles. Y representan a su país aunque te chirríen. Aplauso obligatorio”.

Y uno se pregunta si la cortesía parlamentaria no hubiera quedado plenamente satisfecha con el silencio respetuoso, sin necesidad de aplauso postrero, tratándose de un individuo situado en las antípodas ideológicas de lo que el PP representa, alguien convertido en una seria amenaza para la democracia colombiana y las libertades de sus nacionales. Un marxista confeso, que en reciente entrevista televisada se despachaba de esta guisa con total desenfado: “Y cuando los pobres dejan de ser pobres y tienen, entonces se vuelven de derechas, y viene el problema… ¿Qué hacen esas personas que dejan de ser pobres? Comprarse un carro, y ahí se acaba la humanidad”. Ergo, la obligación de los Petros de este mundo es mantener a la gente en la miseria, porque si sale de ella dejarán de votarles y se acabarán sus garbanzos, que no la humanidad. Se entiende por qué Sánchez ha invitado a este personaje a visitar España. Lo que es seguro es que cuando Petro deje el poder, si lo deja, Colombia será mucho más pobre, el dinero habrá huido, los mejores profesionales habrán salido en busca de una mejor vida, y sus instituciones habrán quedado arrasadas, pero él será un hombre rico, un Pablo Iglesias más, otro marxista convertido en millonario merced a la estulticia de la pobre gente que cree que perseguir la riqueza acabará con su miseria. 

El episodio entero de la visita del mandatario colombiano no hubiera pasado de ser una más de las humillaciones –los Estados que no se respetan, no merecen ser respetados- que España está sufriendo con este Gobierno de extrema izquierda, de no ser por la moraleja que encierra en lo que al PP atañe de cara al inmediato futuro. Aplaudir, en efecto, a un ex guerrillero comunista abarloado al narcotráfico durante años, cuyo programa consisten en convertir Colombia en una corresponsalía de la Venezuela chavista, expande, cuando menos, la sombra de una decepción sobre la “calidad moral” de un partido llamado a gobernar España quizá en unos meses, y viene a certificar el tradicional desamparo ideológico en el que sigue viviendo el PP desde los tiempos de Rajoy. Es el viejo manido problema de la ausencia de referentes de un partido que un día optó por convertirse en un frío administrador del aparato del Estado, tras poner en la calle a liberales y conservadores. Una ausencia de referentes en cierto modo lógica, puesto que Génova sigue negándose a librar esa batalla cultural que sería obligada para contrarrestar la paranoia izquierdista que nos anega. Referentes ideológicos, valores cívicos y sólidos principios morales como armas que se antojan imprescindibles para acometer las reformas, muy dolorosas, que el PP tendrá que realizar si llega al poder y quiere convertirse en un partido útil para mejorar la vida de los ciudadanos.

El episodio entero de la visita del mandatario colombiano no hubiera pasado de ser una más de las humillaciones –los Estados que no se respetan, no merecen ser respetados- que España está sufriendo con este Gobierno de extrema izquierda, de no ser por la moraleja que encierra en lo que al PP atañe de cara al inmediato futuro

Casi al mismo tiempo que Petro se paseaba por Madrid exhibiendo su inicua doctrina, el diario El Mundo publicaba una entrevista con el presidente uruguayo Luis Lacalle, el hombre que ha hecho de la “libertad responsable” su lema (“La libertad no significa solamente que el individuo tiene la oportunidad y la carga de elegir; también significa que debe cargar con las consecuencias de sus actos, porque libertad y responsabilidad son inseparables”, que dijo Hayek en su “The Constitution of Liberty”), en la que se podía leer la siguiente respuesta a la pregunta de por qué su Gobierno ha bajado impuestos mientras la mayoría los suben: “Al país lo mueven los que todos los días empujan el carro, se levantan a emprender, arriesgar, pensar, el que trabaja ocho horas y hace horas extras. Tiene que haber un estímulo para esa gente, porque no puede ser que pagues más impuestos o que si ganas un poquito más te caiga otra franja de tributación y entonces te desestimulan. Tiene que haber un premio. Yo creo en la sociedad de los estímulos, y si el Estado se maneja bien, de forma austera, cumple con los fines esenciales a su cargo, no tiene por qué gastar de más. Y entonces puede darse vuelta y decirle a la sociedad que no tiene por qué volcar tanto dinero a las arcas del Estado”. He aquí, resumido, lo que cualquier ciudadano libre le pediría al Estado: que fije un marco legislativo y fiscal que anime el emprendimiento, que premie a quien arriesga y se esfuerza, que gaste lo justo y que no moleste. Que interfiera lo menos posible. 

Justo lo contrario de lo que hace Sánchez y su Gobierno. Vivimos estos días el paroxismo de las promesas falsas. Errejón ha anunciado la semana laboral de 4 días. Yolanda Díaz ha elevado la apuesta prometiendo 20.000 euros como “herencia universal” al cumplir los 18 años, y Sánchez, a quien no debe quedarle un colectivo sin intentar sobornar con dinero público, llegó ayer en Murcia al frenesí peronista de anunciar su intención de subvencionar este verano las vacaciones de los jóvenes de entre 18 y 30 años para que puedan “viajar por toda Europa”, además de prometer también la creación de "un interrail español" con ayudas de hasta un 90% en "aquellas infraestructuras ferroviarias y también de autobuses que sean competencia de la administración general del Estado" y, no hay dos sin tres, subvencionar también los viajes en AVE para los jóvenes en el mismo rango de edad. Todo con el dinero del contribuyente. Como si el Estado fuera el patio trasero de su casa. “Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”, que dijo Quevedo

Vivimos en un medio ambiente moral contaminado. Estamos moralmente enfermos porque hemos tolerado que se nos mienta con el mayor descaro, hemos asumido sin rechistar que el presidente haga justamente lo contrario de lo que promete, aceptado como normal que diga una cosa y resulte otra. Porque nos ha enseñado a no creer en nada, a desconfiar de todo y de todos, a ignorarnos mutuamente, incluso a odiarnos, de modo que, en última instancia, hemos optado por refugiarnos en el santuario de nuestro “yo” más personal. Por eso esta es una sociedad a la deriva, contaminada por la desvergüenza infinita de quien ostenta el cargo de presidente. Esta es la enfermedad que hay que curar, señor Feijóo, el cáncer que hay que sanar, la batalla que hay que librar contra la labor de este Gobierno infame. Barrer de raíz el sanchismo y su herencia, la material y la moral, como una cuestión de salud pública. Y para abordar esa tan gigantesca como hermosa tarea no es buen principio dedicarse a aplaudir a tiranuelos vocacionales de visita por España. Porque Petro no es Colombia, de la misma forma que Sánchez no es España. Y porque, en el largo plazo, el interés público depende de la virtud privada. Espero, dicho sea con todo respeto, que haya sido un simple desliz. Por la cuenta que nos tiene.

Jesús Cacho

 

Delincuentes y retrasados.

 

Delincuentes y retrasados.

Una solución: Leer.

 No hay día que pase sin una nueva noticia confirmando que estamos en manos de una secta de delincuentes, rufianes y canallas. Y, por desgracia, ya hace tiempo que ninguna tropelía nos sorprende. Como demuestra la Historia, el PSOE ha sido una organización criminal desde su mismo origen. Pero el problema, que constata cualquiera con ojos en la cara, es que sigue siéndolo. Su estrategia para alcanzar el poder y mantenerse en él siempre ha pasado por la destrucción del Estado de Derecho, y a ese fin dedica hoy, como ayer, todos sus esfuerzos junto a sus socios podemitas, golpistas y terroristas. Juntos se han afanado en la liquidación de la Constitución, previsible en organizaciones políticas hermanas, nacidas del mismo tronco marxista-leninista y, por lo tanto, históricamente enemigas de la Nación.

Es tarde ahora para lamentarse del evidente error que supuso permitir la existencia de partidos cuyo primer y declarado interés fue siempre la obtención de privilegios y la destrucción de la unidad nacional. Simplemente, preguntémonos, ¿en qué país civilizado sucede tal cosa? He aquí la primera y fundamental cuestión que habría que resolver si quisiéramos que España pudiera vivir en paz y ser libre y próspera de nuevo algún día.

Desde luego, sería pertinente no confundir “democracia” y “partitocracia”, y no estaría de más reflexionar acerca de la propia naturaleza de esta última. Tal vez, debería analizarse si la misma existencia de partidos políticos no conduce, de suyo, a la división social en bandos enfrentados y al desplazamiento del interés general por intereses particulares contrarios al bien común. Algo que ya advirtieron escritores, pensadores y políticos hace tiempo, pero a los que hoy está mal visto citar. Porque esa es otra: aquí nadie lee, pero toda esa enorme masa analfabeta, incapaz de escribir una sola línea sin faltas de ortografía, tiene muy clarito que hay personas y lecturas “peligrosas” que es mejor ni mencionar. No vaya a ser que te explote la cabeza o, seducido por el demonio, caigas atrapado de forma irreversible en el “lado oscuro”.

He aquí el resultado de la mala Educación en España durante los últimos cincuenta años: generaciones y generaciones de asnos que no leen, no piensan, escriben mal y hablan peor; siendo presa fácil de embaucadores y farsantes.

Para continuar en el poder, el falso doctor que nos desgobierna se ha embarcado en una loca carrera en la que cada nueva fechoría pretende tapar la anterior. Se conceden beneficios penitenciarios a terroristas; se entrega el control de las prisiones a los amigos de los asesinos para que los liberen; se ataca a la Policía desde el Gobierno; se discrimina por ley al varón por el hecho de serlo; se permite la discriminación de los hispano parlantes en varias regiones de España; se discrimina a agresores y víctimas en función de su edad y sexo; se fomenta la inmigración ilegal incentivando a las mafias dedicadas al tráfico de personas; se promueve la ocupación ilegal de viviendas protegiendo a los “okupas” y desamparando a los legítimos propietarios; se despenaliza el delito de sedición para favorecer a golpistas condenados; se alienta la ofensa constante a las víctimas del terrorismo permitiendo los homenajes a etarras; se rebajan penas a delincuentes sexuales con carácter retroactivo; se despenaliza el delito de malversación para beneficiar a los golpistas socios del Gobierno y a los ladrones del Partido; se amordaza a la oposición en los medios de comunicación y en el mismo Parlamento; se expulsa a la Guardia Civil de Navarra; se modifica la ley para que el Gobierno controle el Tribunal Constitucional… Es decir, se allana el camino a los separatistas para un nuevo golpe de estado, y los mismos que perpetraron el golpe del 1 de octubre de 2017 podrán convocar próximamente otro referéndum ilegal para apropiarse de una parte de España sin contar con los españoles. Y esta vez, el propio Tribunal Constitucional no se opondrá a la violación de la Carta Magna.

 En los últimos años no ha dejado de crecer la delincuencia en las calles; los atracos, las violaciones; muchos barrios han dejado de ser seguros por la noche; casi todos los días hay reyertas entre bandas de inmigrantes, pero está prohibido decir “bandas latinas” o “menas”. También está prohibido decir “inmigrantes”. Los delincuentes campan a sus anchas por las instituciones y las calles. Tenemos el paro más alto de Europa. Los ciudadanos se empobrecen sin remedio por la subida imparable de la inflación. La deuda alcanza cifras escandalosas de ¡más del 120 % del PIB!, hipotecando a las siguientes generaciones. Lo anterior pone en peligro la viabilidad de las pensiones y de la seguridad social. Se promueve la interrupción del embarazo (100.000 abortos al año), se fomenta la eutanasia y se facilita la castración para el cambio de sexo.

Además, para blanquear su propia historia criminal y sangrienta, el PSOE & Co. impulsan leyes que falsifican la Historia, imponiendo la mentira en la escuela y la universidad. No cabe duda de que el panorama se presenta sombrío. Y, sin embargo, lejos de caer en el lamento estéril o abandonarnos a la suerte que el socialismo nos depare, todavía podemos hacer algo. Lo primero, cabeza fría. Hace tiempo que nos conducen a un callejón sin salida, esperando una coartada que justifique implantar definitivamente una tiranía “por nuestro bien”. Lo sabemos. Sabemos que nuestros gobernantes carecen de escrúpulos y que vale todo: unas balas mágicas que curiosamente eluden los sistemas de seguridad al efecto; una navajita misteriosa de origen desconocido; recientemente unos oportunos sobres “explosivos”… Montajes similares a aquel presunto atentado contra la delincuente Cristina Fernández de Kirchner. Esto es, viles artimañas urdidas desde el poder, destinadas a señalar a la oposición con el objetivo de neutralizarla y, eventualmente, ilegalizarla.

Está claro que desde hace décadas el PSOE busca amordazar las voces discordantes. A través de la imposición del lenguaje “políticamente correcto” han avanzado mucho; una parte de la oposición ha aceptado la autocensura y, una vez amaestrada y dócil, se ha convertido a su vez en vector de “corrección”. Pero una respuesta proporcional a la violencia ejercida con la mentira, la censura, el insulto y la provocación constantes, sería la excusa para implantar definitiva y abiertamente su dictadura.

Y sí, es verdad que en muchos aspectos nuestro “sistema democrático” ya no merece tal nombre y se parece cada vez más una tiranía. Al fin y al cabo, la Europa globalista funciona como una dictadura y apoya la implantación de un gobierno afín en España. Pero no debemos caer en la violencia. Hay soluciones mejores. Algunos se esfuerzan por exponer a la luz las vergüenzas, argucias y desafueros de este Gobierno. Y hacen muy bien. Otros se arman de razones, pretendiendo que el peso de éstas pueda convencer a sus parientes o compañeros de trabajo descarriados que votan al PSOE. Todavía confían en que la sensatez ha de prevalecer, que el bien, a la postre, siempre triunfa, y que se podrá enderezar el rumbo. Nada que objetar a quienes se esfuerzan por convencer con la palabra y a los que conservan la ilusión. Aunque pensemos, por experiencia, que la apelación a la cordura de un socialista es en balde. Quien hoy vota al PSOE es tan delincuente como todo el Partido. Se mueve por odio, envidia y resentimiento, pero también por interés. Y votará al PSOE siempre, bien porque le debe su empleo, o bien porque su odio ciego a “la derecha” como encarnación del mal absoluto es infinito. Fanáticos y sectarios en mayor o menor grado, socialistas y comunistas sueñan con que Franco pierda la Guerra Civil, pero como eso es imposible, pretenden resarcirse pisoteando y robando a todos aquéllos que su Partido señale como “franquistas”, “fascistas”, “negacionistas” o cualquiera de las fórmulas existentes para estigmatizar, excluir y marginar a los “enemigos del pueblo”. ¿Y quiénes merecen tales etiquetas? Pues todos que critiquen o se opongan al Partido.

 Los socialistas son enemigos de la vida, de la familia, de la Historia, de la Libertad, de la Democracia, de las leyes, de la paz, de la Cultura, de la Educación, del orden y, por supuesto, de la comunidad social de ciudadanos libres llamada Nación.

¿Qué hacer frente a ellos y cómo neutralizar el peligro que suponen? En nuestra opinión, la opción es sencilla, aunque no necesariamente fácil. Como escribió Solzhenitsin, la resistencia más efectiva consiste en no ser cómplices de la mentira; no callar; identificar y denunciar públicamente las falsedades e insidias; recordar los crímenes del Partido, sus tretas, su doble moral; señalar a quien pretende restringir lo que se puede decir, escribir o pensar; no admitir los parámetros con los que la izquierda construye la realidad a su antojo; no emplear su lenguaje “políticamente correcto”; rechazar su propaganda; defender siempre la Cultura frente a la pseudo cultura aberrante y degenerada; no aceptar su censura; no autocensurarnos.

Y otra cosa: no perder el tiempo con los cobardes que enmascaran su indolencia cómplice bajo la coartada de la “moderación”. Del PP no puede esperarse nada. Ellos han sido los colaboradores necesarios para que estemos donde estamos. Los comodones, vagos e inútiles cuya pereza y pasividad durante décadas han permitido que el PSOE haya llegado tan lejos. Los del PP son los incapaces, los timoratos, los que jamás harán frente a un macarra; son esos que, si son agredidos, se esconden y lloran; aquéllos que, si unos ladrones asaltan a su madre, prefieren olvidarlo y “evitar líos”; son los que dicen a sus hijos que si les atracan en la calle lo den todo sin resistencia; y si el típico abusón le roba el bocadillo al nene, le compran otro en vez de enseñarle a defenderse. Son los Gil Robles, los Fraga, los Hernández-Mancha, los Aznar, los Rajoy, los Casado, los Feijóo. Si alguna vez hubieran tenido agallas y cerebro para responder a los delincuentes y defender a sus votantes, otro gallo nos cantaría. Eso sí, debemos señalarlo las veces que haga falta. Porque, aunque a estas alturas no debiera quedar nadie que todavía albergue la “esperanza” de que PSOE y PP se reformen, ellos confían en la flaqueza de nuestra memoria para seguir a lo suyo.

Tenemos la obligación de no callar. Y alimentar nuestra memoria para corregir la falta de retentiva de la turba descerebrada y esclava del móvil, la play-station y la tele. Hace tiempo que vivimos en la sociedad descrita por Ray Bradbury en Fahrenheit 451 (1953). El saber se halla en los libros. Y saber nos hace libres.

Por Filípides

 

La cajera trastornada y la ley trans.

 

La cajera trastornada y la ley trans.

Ya se sabía que nada bueno traían los «refrescos» de Pablo Iglesias en las letrinas parasitarias de lo podemita y menos cuando la más fresca entraba en el gobierno como vicepresidente sociocomunistoide de la mano de Maduro y los pagos en maletas secretas del Delcygate. Cuestión aparte que la operación de compra de voluntades por lo bolivariano quedara al descubierto por una de las múltiples chapuzas delictivas de Ábalos protegidas por la prostitución de la Fiscalía al servicio del miserable cum fraude. Cuestión aparte tantas aberraciones normalizadas que desembocan en la dictadura miserable de estos locos sostenidos con desfalco por los dilapidados recursos del Estado. 

Financiación ilimitada a unos delincuentes disfrazados de política. De ahí, de esa chapuza continuada derivada de indicios criminales, la obligación de someter a los arbitrios demenciales de cada ministro a una España cada vez más harta de esta patulea de impresentables cuyo seguro destino debería ser carcelario, si la Justicia cumpliera someramente el deber de hacer respetar la ley que estos transformistas han desvirtuado mafiosamente para delinquir con impunidad, en pos del desmantelamiento de las instituciones con el objetivo de la desintegración territorial y moral de España. 

En esas estamos con los indultos sin arrepentimientos en cuanto al despedazamiento territorial y con la cajera traumatizada respecto a lo moral. La fresca alocada de los refrescos de retrete del desaparecido moñas-para la posteridad queda el sobrenombre ganado a pulso parasitario-,la adelantada del harén de las vergüenzas; la lista aventajada de los machos alfa de turno que de cajera pasó a ministra supurando los rencores de vayan ustedes a saber qué retorcida infancia. La de los posos psicológicos convertidos en basura emergente es la convenida y consentida de un desgobierno criminal a la deriva que pretende cambiar los sexos y confundir la infancia; amedrentar la psiquis en formación y lanzarla al abismo de lo indeterminado.

Provocar demencias  en seres de crecimiento abortado para convertirlos en víctimas de sí mismos y caricaturas, sombras de la sociedad, despojos del sanchismo. 

¿Qué habrá en la educación de esta mimada de Satanás para pervertir la infancia que no contenta con retorcer la normalidad de lo propio busca enajenar la pubertad de las cobayas convertidas en especimenes de lo indeterminado? ¿Qué clase de subversión padeció la cajera para perder la dignidad con refrescos de macho alfa y tener la desvergüenza de adjudicarse los méritos que todo el mundo entiende ajenos de su capacidad profesional y mental? Esta es cuentista indecentemente mantenida cuyo ministerio de perversiones está financiado por casi quinientos millones de euros, mientras más de un millón de familias sin recursos contempla a la epulona de idos caprichos vivir del cuento y a costa de España, ¿para además emponzoñar los valores tradicionales de la familia y la infancia? Vade retro. Actúa también a imagen y semejanza del dúo que ocupa La Moncloa de cuyos orígenes dan cuenta las saunas del Sabiñano, esos vaporosos secretos que Sánchez se guarda, complacido en dar carta blanca a la fresca cajera convertida en adalid totalitaria de peculiaridades minoritarias. 

No se trata de política sino de perversión del mismo modo que no asistimos a una normal gestión de gobierno sino a un circo de monstruos que exhiben con su indecencia una rocambolesca función de malignidad sin límite. Ahora en la pista evoluciona la cajera trastornada, la lista de los refrescos de Iglesias, la arrimada al macho alfa que se cree lo de los méritos propios… Con semejante batiburrillo de extravío personal no extraña que sus ambiciones sean tan miserables. Y todo por no haberse cambiado de sexo el «ireno» frustrado. Acabáramos. 

Ignacio Fernández Candela

 

 

 

Somos los «Pura Sangre».

 

Somos los «Pura Sangre».



Desde los púlpitos del poder se aterrorizaba a toda la población creando una alarma social caótica.

El aparato de programación marchaba a toda máquina emitiendo mantras y consignas con la potencia de miles de HP (y no me refiero a caballos de potencia).

El populacho asustadizo sucumbió de inmediato y sin rechistar. No había demasiada masa crítica en sus cerebrines y se creyeron el «cuento chino» de inmediato.

Un manto invisible se apoderó de la sociedad en su conjunto y como si se tratara de una enorme capa trenzada de embustes y falacias, cubrió el hormiguero irremediablemente.

La primera medida fue someter a los histéricos «zompopos» y quitarles el aliento con un bozal de miedo.

La idea era que mediante una respiración frustrada no se les oxigenara el cerebro convenientemente y no pudieran desvelar la simulación de la Matrix.

El continuo bombardeo de mentiras fue tan exagerado y terrorífico que estreso a la población hasta el límite de sus capacidades que ya eran limitadas.

No contentos con semejante alienación, quisieron probar hasta dónde llegaba su poder y que limite tenía la imbecilidad de la colectividad.

El coraje, la habilidad cognitiva, el escepticismo, la hombría y otras cualidades viriles, desaparecieron casi de la faz de la tierra.

En todo el planeta se estableció el mismo sistema vil de Deshumanización. Los seres humanos ya no tenían rostro.

Tras aquel babero ridículo de tela se escondían lo que antes creíamos que eran de nuestra misma especie.

Gentes desprovistas de su sonrisa y razón caminaban torpemente y tan solo podías apreciar unos ojitos despavoridos que te miraban titubeantes y huidizos con temor.

Se apartaban al vernos sin la patética mascara que nos delataba como valientes ajenos a la mascarada.

Éramos los asintomáticos perversos y desconsiderados. Los herejes de la nueva religión del «Yuyu».

Los inmunes al horror ficticio que se repartía de manera generosa y continúa desde los voceros del sistema.

Fuimos los insubordinados que querían respirar y juzgaban tener derecho a hacerlo.

Éramos – y somos – las águilas imperiales que seguían volando altivas y orgullosas mientras los polluelos se escondían bajo el ala de su mamá la gallina turulata.

No nos permitían entrar en los supermercados, la policía nos buscaba y acosaba, los -antes ciudadanos- se convirtieron en chivatos y casi en verdugos. Todo, absolutamente todo, fue intoxicado por el virus de la cobardía más denigrante.

Tan solo unos pocos aguerridos insumisos nos mantuvimos en pie ante semejante cacería a la independencia intelectual.

Nos bautizaron como los negacionistas. Nosotros a ellos, como los covidiotas y nos quedamos muy cortos.

Prácticamente, toda la infectada sociedad nos odiaba por no querer aceptar aquella irreal situación. Nueva normalidad la bautizaron los ingenieros sociales.

Y se encerró a las ovejas en sus propias jaulas y el mundo se convirtió en un corral donde solo se escuchaban las alarmas histéricas.

Los pocos que nos negamos a obedecer aquella parodia fuimos censurados, insultados, expulsados y relegados a la cumbre más lejana de la cordillera de los soberanos.

Mientras en la galaxia de la normalidad de anormales los huérfanos de razón aplaudían su encierro, nosotros, los libres de espíritu, caminábamos despacio y en soledad por el sendero de la coherencia.

La humillación tampoco fue suficiente para que nos arrodilláramos ante el invisible y pérfido monstruo de múltiples cabecitas invisibles.

Elegimos la razón antes que la aceptación y la lógica antes que el miedo a un bichito que por las noches – después de las 9 PM – atacaba más ferozmente.

También te mordía la yugular sí caminabas por la calle, pero no si te sentabas en una terraza a tomar un piscolabis. Entonces se quedaba esperando tranquilito a que terminaras de leer el periódico para luego perseguirte de nuevo.

 Tampoco atacaba si veía un grupo de seis, pero se tiraba a degüello si eran siete.

Y tras ser amordazados, encerrados y desprovistos de su cabellera (porque les birlaron todo el pelo) y su dignidad, llego el maná en forma de «solución final».

La marabunta se amontonaba y con gritos sordos esperaban que sus patrones les otorgaran el salvoconducto al paraíso.

Tan solo era un pinchacito patrocinado por «la fundación del magnánimo tío Billy»  y podrían recuperar su vida. En algunos lugares te regalaban una hamburguesa con patatas fritas por inyectarte la sustancia.

Pero aún existía el peligro y ese éramos nosotros. Los que no callábamos ni nos dejábamos amordazar.

Los que no nos creímos la majadería de un pangolín maléfico.

Las miradas de los zombis aterrados se llenaron de ira y nos odiaban con desdén infinito.

El enemigo éramos nosotros – los que articulábamos el escepticismo -, los irremediablemente tercos y adoradores de la razón.

Los vendedores de pócimas y consecuencias previsibles seguían tocando sus trompetas apocalípticas y sus tambores resonaban con potencia en el país de la estulticia.

Nosotros veíamos como la humanidad se derretía con la facilidad de un hielo en el Sahara a medio día.

No fue uno, sino dos y luego tres. Algunos llegaron a coleccionarlos como si fueran cromos de superhéroes de la Marvel. Esos aprendices de «queso gruyėre» parecían masoquistas aficionados a la perforación con agujas que se practican en el «Bondage».

Quizás les diera placer ser punzados mientras los jodían por detrás, no lo sé.

Ponían el brazito y se dejaban picotear como si fueran alimento de urracas negras. Los incautos atolondrados se dejaban poseer por el líquido que el señor «puertas» recomendaba para entrar en el mundo feliz (de Aldus Huxley).

Ignoraban que había dentro, pero daba igual. Confiaban plenamente en Simón, el de los ojitos perplejos perennemente, y en Sanchinflas, el «charlot» aprendiz de dictadorcillo.

Y en todo el planeta ocurrió lo mismo.

Y las multinacionales billonarias farmacéuticas hacían su «agosto» en el invierno de los torpes pacientes.

La bobalicona plebe se fió de las autoridades, de los «expertos», del sistema, del gobierno, de los medios de comunicación que los alentaban a ser héroes del campo de concentración.

¿Cómo los iban a mentir ellos? ¿Cómo se te ocurre? ¿Mentir? ¿Quién? ¿El gobierno? Imposible…

Los malintencionados éramos nosotros, los anticientíficos que portábamos el horror de la duda a sus neonormales vidas de hámsteres de laboratorio.

-No creen en la ciencia-, decían los cabestros con su agitado cabezón cornudo de ganado adquirido en rebajas del corte infiel.

Y el ritual continuaba con bailecitos alegres de matarifes de bata blanca y alma negra, mientras muertes y dolor acompañaban el espectáculo musical.

Nos íbamos quedando solos -y así lo elegimos- porque la compañía no era grata y no sentimos demasiado agrado por los timoratos, los ñoños, ni por los achantados tuercebotas.

El ejército del poder global avanzaba con temible determinación, armado con su ponzoña tóxica y queriéndolo todo y más.

Nosotros permanecíamos en nuestra posición, esperando de pie e intentando salvar a algunos. Muchos en nuestras filas salieron despavoridos y decidieron alinearse con la mayoría muda y ciega.

Esa mayoría que todo lo permea y que legitima con su inmensa ignorancia a sus propios verdugos.

Se pusieron en la fila india que va a la pira, y esperaron su turno para abrir su cuerpo y permitir la infiltración.

Poco después correteaba por sus venas el grafeno diseñado para obedecer las órdenes de sus patentadores. ¿Os acordáis de la desaparición del Malaysia 370 (MH370/MAS370) en el 2014?

Pues ahí estaban los de una parte de la patente.

Daba igual que fueras un soldado, un general, un rey, un presidente del gobierno, un magistrado, un hombre o una mujer, muchos o casi todos, se pusieron en la cola – de Satanás y no la de detrás precisamente -.

Los pronto porculizados memos se prepararon para comulgar y absorber la sanguinolenta sustancia de su «mosihaj», cuáles víctimas en su propia macabra iniciación al vampirismo.

Los ya Zombis desde sus pupilas del más allá nos seguían mirando con ganas de devorarnos.

El mundo se había dividido un poco más. Humanos y transhumanos.

Nosotros nos reconocimos como iguales y disidentes pertenecientes a la resistencia global.

Comprendimos que no había vuelta atrás.

Habíamos tomado la decisión y ellos, su espeluznante e irrevocable determinación de seguir hacia el abismo de la obediencia ciega y controlada por hondas.

Ellos por miedo y coacción, nosotros por amor a la libertad y a la verdad.

Somos los que no fuimos polinizados con el aguijón a pesar de todo y de todos. Somos los que, en el momento de la verdad, resistimos.

Somos los toros bravos que no pudieron ser banderilleados y merecieron la vida.

De todas las edades, de todas las nacionalidades, de todas las razas, fuimos nosotros los que no nos dejamos amaestrar por los reseteadores del tito Klaus.

Los no mutados, los que no pudieron arrodillar ni poner una correa de DNA en la sangre.

Somos los últimos humanos a los que no nos importó arriesgarlo todo por nuestras convicciones y razonamientos mientras todo colapsaba.

Somos héroes y así debemos entenderlo y recordarlo.

Somos los «pura sangre» que relincharon con furia libre y no se dejaron domesticar.

Somos la esperanza que no pensaron podría aguantar su revolución transhumana.

Y ahora, miramos a los que lloraron, a los que aplaudieron, a los que acusaron, a los que impusieron, a los que sirvieron como capataces del genocidio y saben que estamos aquí y no nos intimidan.

Los bandos ya fueron establecidos y la guerra espiritual milenaria continúa su curso.

Ahora toca la siguiente batalla que es aún más dura y difícil:

«Chemtrails» y la desertificación forzada para racionar el agua y el alimento; CBDC y la esclavitud perpetua económica; Las «reservas» de 15 minutos; la invasión siguiendo el plan Kalergi; una nueva pandemia -posiblemente en África y mas brutal y salvaje-; el colapso y una posterior guerra civil en EEUU;  y una guerra que pronto se ampliara al resto de Europa y al mundo.

 

Por Patxi Balagna Ciganda

 

 

Solo VOX mantiene la dignidad ante un exguerrillero hispanófobo como Gustavo Petro.

 

Solo VOX mantiene la dignidad ante un exguerrillero hispanófobo como Gustavo Petro.

 

El siglo XIX supuso un punto de inflexión para la nación española, ya que los acontecimientos que en él se sucedieron determinaron el definitivo desmoronamiento de un imperio que en su máximo apogeo llegó a ser tan extenso que, como señaló fray Francisco de Ugalde a Carlos I de España, en él nunca se ponía el sol. El principio del fin tuvo lugar como consecuencia del progresivo enfrentamiento entre una España en franca decadencia y unos Estados Unidos en plena efervescencia. Así, fue en el siglo XIX cuando EE.UU. comenzó a desarrollar la agresiva política expansionista que desde entonces le ha caracterizado, estableciendo que Cuba, Puerto Rico y Filipinas se hallaban dentro de su zona de influencia, fundamentalmente impulsados por su valor geoestratégico y económico. El conflicto se desencadenó a partir de un atentado de”falsa bandera”, como fue la explosión del acorazado “Maine”, provocada por los propios norteamericanos el 15 de febrero de 1898 en el Puerto de la Habana. De esta forma, con una opinión pública convenientemente soliviantada por el sensacionalismo de la prensa amarilla, los EE. UU. Declararon la guerra a España, obteniendo una contundente victoria naval tanto en la batalla de Cavite en Filipinas como en la batalla de Santiago de Cuba. Obligada por la derrota, España firmó, el 10 de diciembre de 1898, el Tratado de París, en virtud del cual la Corona española reconocía la independencia de Cuba y entregaba a los estadounidenses Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam. Tales concesiones supusieron el punto y final del Imperio español de ultramar y la irrupción de los EE. UU. Como potencia emergente en el escenario internacional.

Tras la culminación de la independencia de los distintos virreinatos fundados por los españoles los habitantes de las diferentes naciones surgidas a lo largo del siglo XIX asistieron, imaginamos que atónitas, a un notable empeoramiento de su calidad de vida, así como a un considerable incremento de la pobreza, debido fundamentalmente a la corrupción de las nuevas oligarquías políticas y financieras nacidas a rebufo de la revolución. Esta dualidad constituida por la corrupción y la pobreza ha dominado el escenario sociopolítico hispanoamericano a lo largo de su historia, por lo que no parece sorprendente el triunfo del comunismo con sus falsas promesas en países como Cuba, Argentina, Nicaragua o Venezuela. Más asombroso resulta el que la gran mayoría de los países latinoamericanos hayan ido cayendo, como fichas de dominó, en las garras de la izquierda populista surgida a raíz del Foro de Sao Paulo, teniendo en cuenta que sus principales logros han sido consolidar la opresión y extender la miseria allá donde han logrado ejercer el poder.

Uno de los últimos países en dejarse embaucar por el discurso social populista ha sido Colombia, algo que se puso de manifiesto en las elecciones celebradas en junio de 2022 con el ascenso a la Presidencia de la República del comunista y exguerrillero del movimiento terrorista “M-19” Gustavo Petro. Desde el comienzo de su mandato -más allá de demostrar en reiteradas ocasiones tanto la concepción mesiánica que tiene de sí mismo como el planteamiento totalitario que impulsa su actividad política- el discurso de Petro se ha caracterizado por su marcado carácter hispanófobo, algo por otra parte habitual en los líderes social comunistas latinoamericanos. Así, en su visita a Madrid Petro no ha dudado en arremeter contra España tanto en el Parlamento, ante los diputados y senadores, como en el Palacio de la Moncloa, ante un sumiso Pedro Sánchez. Básicamente, el presidente colombiano ha enarbolado la bandera del indigenismo y del comunismo, insistiendo hasta la saciedad en que el Imperio español supuso un yugo para Hispanoamérica, para, a continuación, manifestar su profunda admiración por un personaje tan infame como Simón Bolívar.

Yendo por partes, lo primero que es necesario aclarar es que la referencia al “yugo español” es algo tan manido como incierto, ya que resulta obvio que, para derrotar a los aztecas y a los incas, tanto Hernán Cortés como Francisco Pizarro, dada la escasa cuantía de las tropas españolas desplazadas al continente americano en ambas expediciones, contaron necesariamente con la ayuda de las numerosas tribus indígenas deseosas de liberarse de la esclavitud a la que estaban sometidas, en virtud del poder omnímodo ejercido por los caciques autóctonos de ambas imperios.

Por lo que respecta a Simón Bolívar baste señalar que este criollo, de ascendencia vasca y clase alta, lejos de ser el héroe que los enemigos seculares de España han dibujado, era un individuo extremadamente sanguinario que -a pesar del profundo desprecio que sentía hacia los indios y los negros debido a la ignorancia que les atribuía, tal y como dejó escrito en su relación epistolar con los británicos- convirtió el odio patológico que sentía por España en su razón de ser y existir. En consecuencia, Bolívar transformó una guerra de independencia en una guerra de exterminio, como demuestran los hechos que protagonizó. Así, por poner tan solo un ejemplo de las numerosas tropelías que llevó a cabo, tras dictar el “Decreto de Guerra a Muerte”, por el que se establecía la pena capital para todos aquellos españoles que no participasen en favor de la independencia venezolana, Bolívar ordenó fusilar a 886 prisioneros españoles retenidos en Caracas y pasar a cuchillo a los más de 1.000 enfermos españoles ingresados en distintos hospitales de la capital venezolana.  En definitiva, fue tal el ejercicio arbitrario y cruel de poder llevado a cabo por Bolívar que el propio Karl Marx, en una carta dirigida a Engels, señaló en relación a tan siniestro personaje que “Hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, brutal y miserable”, construyendo así el retrato más fidedigno que de Simón Bolívar se puede realizar.

 

Resulta evidente que ante el insultante argumentario esgrimido por Petro cualquier Parlamento con una mínima autoestima hubiera salido en defensa de la nación a la que representa, respondiendo a la agresión verbal con una sonora pitada, seguida de una inmediata expulsión con cajas destempladas. Sin embargo, el Parlamento español constituye una decepcionante excepción a tal regla, ya que el presidente colombiano recibió una estruendosa ovación por parte de la bancada socialista, comunista e independentista, demostrando así, una vez más, la falta de dignidad que caracteriza a la izquierda española. No satisfecho con ello, Pedro Sánchez recibió a Petro en el Palacio de La Moncloa al día siguiente de su intervención en el Parlamento, para otorgarle, nada más y nada menos, que el Collar de la Orden de Isabel la Católica, algo que, de manera incomprensible atendiendo al contenido de su discurso, fue aceptado por el presidente colombiano, demostrando así un alto grado de incoherencia intelectual, algo por otra parte característico de todo terrorista reconvertido en mandatario.

Si bien la actuación de la izquierda en su conjunto resultó del todo patética, no menos lamentable fue el comportamiento del PP durante todos estos actos, ya que, después de que Núñez Feijoo también se levantara a aplaudir a Petro, los diputados y senadores populares procedieron igualmente a homenajear al líder colombiano, dedicándole lo que el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz -en el programa “El Gato al Agua” de El Toro TV- acertadamente denominó “el aplauso de los corderos”. Y es que de donde no hay no se puede sacar y en el PP ni hay ni se espera que haya otra cosa que pusilanimidad y obediente acatamiento del pensamiento políticamente correcto establecido por el neomarxismo cultural.

Por su parte Vox, demostrando que todavía queda algo de decencia y valor en el Parlamento español, no solo no aplaudió a Petro, sino que nada más entrar este triste personaje en el hemiciclo, como diría Cervantes, se “caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada” más allá de una tristeza infinita al comprobar como la traición a la nación española y a los valores de la civilización occidental se produce diariamente en la propia sede de la soberanía nacional, en medio del atronador silencio cómplice de una sociedad alienada.

Rafael García Alonso

 

 

viernes, 5 de mayo de 2023

Islamofobia, un deber moral

 

Islamofobia, un deber moral

La libertad religiosa no está por encima de la libertad ciudadana, está por debajo y sujeta a la libertad


 

Hace pocos días pudo verse (no sé si por lo del mes de Ramadán) a un grupo numeroso de jóvenes musulmanes ante el Arco de Triunfo barcelonés. Se dedicaban a aporrearse el pecho. Al tiempo que se golpeaban, como poseídos por una deidad energúmena, emitían una especie de cántico espeluznante. Hay poca discusión (o ninguna) acerca de lo sensato o prudente de permitir que grupos de inmigrantes, en vez de aceptar y adaptarse a las reglas de la civilización occidental (la única civilización que existe), se dediquen a importar a Europa sus macabros rituales religiosos y, de paso, sus normas machistas, misóginas y oscurantistas.

Y digo que hay poca discusión porque Europa (sus intelectuales sobre todo, siempre tan cobardes y canallas), por el contrario, se dedica a justificar y ocultar detrás de un espeso muro de buenismo retórico, la realidad de que Europa está siendo invadida. Debido a ese muro retórico, que escamotea la realidad y la razón, es necesario puntualizar algunas obviedades respecto al Islam.

El Islam es una religión que mata. Que yo sepa, es la única religión que mata a los que no creen en ella (infieles), en nombre de su dios. Preferentemente, mata a cristianos. Cuya pacífica religión se fundamenta en el amor y el perdón, por cierto. En África, los fanáticos musulmanes discriminan, persiguen y masacran a los cristianos. Y en Europa los matan cada vez que pueden, no me voy a poner ahora a mencionar casos, todos los conocemos. El tratamiento de la prensa a estos asesinatos religiosos suele ser nauseabundo, les interesa no molestar a la llamada “comunidad musulmana”, no señalar con claridad a los asesinos y denunciar la barbarie de su credo fundamental. Un loquito, un perturbado, un radicalizado, un lobo solitario. Dicen de los que matan. Pero. Son asesinos musulmanes. Asesinos de Alá. Asesinos religiosos.

¿Es misógino y primitivo considerar a las mujeres seres inferiores, a los homosexuales monstruos merecedores de la horca? Toda persona civilizada diría que sí

La libertad religiosa no está por encima de la libertad ciudadana, está por debajo y sujeta a la libertad ciudadana. En las democracias, la libertad religiosa existe gracias a la libertad y a las leyes y normas de convivencia que se han dado los ciudadanos libres e iguales. En el momento en que esa libertad religiosa entra en conflicto con la libertad ciudadana, se convierte, al promover la imposición de un Dios político, en fuerza segregadora y por tanto en enemiga de la democracia que la tolera y permite. Y en enemiga de la estética. ¿Sólo a mí me parece un espectáculo grotesco la hecatombe de corderos  durante la llamada Fiesta del Cordero?   

La islamofobia como insulto y mácula, es una creación de la izquierda cuya consecuencia ha sido y es la estigmatización de todo ciudadano europeo que se resista a la entronización, importada, de una religión misógina, autoritaria y primitiva, incompatible con la democracia: el Islam. ¿Es misógino y primitivo considerar a las mujeres seres inferiores, a los homosexuales monstruos merecedores de la horca? Toda persona civilizada diría que sí. Lo que ha hecho la izquierda al convertir la llamada islamofobia en un tabú social y cultural, es demonizar el lógico rechazo a la cohabitación en sociedades laicas y libres, con una fuerza antidemocrática y fanática hasta el punto que, en sus manifestaciones extremas, llega al asesinato indiscriminado, a la barbarie. Es decir, lo que ha hecho la izquierda es convertir a los defensores de la libertad y la democracia, en enemigos de la libertad y la democracia, y facilitar la colonización islámica de Europa. 

Intransigencia y violencia

La islamofobia en los países con gobiernos laicos, los únicos democráticos, ha de ser un deber moral. El objetivo final del Islam es islamizar. Como puede comprobarse en cualquier capital europea donde existan grandes poblaciones musulmanas. El Islam no es sólo una religión, es un proyecto colonizador. Es cierto que, en mayor o menor medida, todas las religiones lo han sido. Pero el islam es una religión aún no domada por la civilización, y en consecuencia, practica la intransigencia, la violencia y el terror para lograr sus fines. Al contrario de las otras grandes religiones monoteístas, el cristianismo y el judaísmo, que hace siglos los han descartado.

Ante esta amenaza, ya claramente tangible en muchos países de Europa,  es de sentido común ser islamófobo. El Islam es una religión misógina, violenta, antidemocrática, machista y, en sus manifestaciones extremas, terrorista. A los hechos me remito. Bastan unas caricaturas para desatar su salvajismo. Cree que las mujeres son inferiores, y que los homosexuales merecen ser colgados de una grúa o ser lanzados desde una azotea. En cuanto a las mujeres, sostiene que tienen que andar tapadas porque son putas de nacimiento, cuya razón de ser es provocar a los machos. Las mujeres según el Islam, deben ser obedientes, sometidas al macho y si se portan mal (ofenden a Alá, Mahoma, o a sus machos delegados) pueden ser azotadas, humilladas o reventadas a pedradas.

En vez de, al llegar a Europa, civilizarse, el Islam pretende imponer su atraso religioso. Toda persona civilizada, todo demócrata, debe ser islamófobo. No sólo es de sentido común, es un deber moral.

Juan Abreu

 

lunes, 1 de mayo de 2023

Gilipollas, que te van a regalar un piso, vótales.

 

Gilipollas, que te van a regalar un piso, vótales.

Son voluntariamente ignorantes y vocacionalmente embusteros, y tú les votas porque eres igual que ellos. Te engañan porque saben que no te importa que lo hagan. Saben que eres tan imbécil que, por una pulsión escatológica, te comes sus trágalas rebozadas de odio  y que sus tópicos nauseabundos y sus consignas son tan sucias como tú mismo. A eso apelan cuando necesitan que les llenes las urnas de votos: a tu oligofrenia rencorosa, a la sordidez de tus instintos de clase que le echa la culpa de tus carencias a todo el que tiene lo que a ti te falta. Por eso eres socialista. Por eso eres comunista. Y más que por eso, para eso. Y tus pastores lo saben.

Por eso y para eso ahora te ofrecen un piso. Miles de pisos para que te vuelvas a empadronar en el voto social comunista. Jamás pisarás el felpudo del piso prometido. Nunca cruzarás el dintel de su puerta, pero ¡qué más da! si a ti, y ellos lo saben, te basta con que te mientan para que les regales lo único que tienes, el voto. Te basta con la mentira, siempre que la mentira sea roja. Sientes por ellos el morboso magnetismo del cliente del trilero, la atracción del gorrino por la charca y el apego de la ladilla al putero. Por eso les votas. Les votarás siempre porque huyes de la verdad tal como el gorrino huye de la higiene y la ladilla de un pubis limpio y decente.

Te basta con la mentira, siempre que la mentira sea roja, porque la verdad, si es fascista, es un delito en la charca democrática. Por eso arrancaste del portal de la casa de tus padres y de tus abuelos la placa en la que había un yugo y unas flechas del Ministerio de la Vivienda. La casa en la que te criaste y a la que has tenido que volver porque los socialistas y los comunistas te han dejado en pelota picada en mitad de la charca, solo con tus ladillas y tu voto. ¡Hala, gilipollas, vótales que te van a regalar un piso!  El felpudo eres tú,  para que en tu jeta los socialistas y los comunistas limpien las pezuñas de sus mentiras.