domingo, 7 de mayo de 2023

Petro y los aplausos

 

Petro y los aplausos

 El viaje de Gustavo Petro a Madrid ha puesto en evidencia al más alto nivel la actual posición de España en el tablero internacional. Nuestro país no está en la mesa donde se sientan las naciones prósperas, las que participan del sistema de valores que definen las democracias liberales, las que investigan, crecen y crean empleo. Las democracias merecedoras de general respeto. Nuestro país, de la mano del Gobierno social comunista de Pedro Sánchez, forma hoy parte de esa alianza bolivariana que se teje en el llamado Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla, ese inframundo en el que pululan cazadores de recompensas como ZapaterosGarzonesMonederos y compañía. De la mano de Sánchez, España ha abandonado el primer mundo para adentrarse en un territorio donde impera la pérdida de libertades y la pobreza. Somos aliados del peor populismo, algo que ha puesto en evidencia la visita de Petro y que diariamente ratifica la agenda de cambio de modelo socioeconómica puesta en marcha por este Gobierno.

Resulta ocioso insistir en el currículum del actual presidente de la República de Colombia, un tipo que esta semana repasaba sus obras completas en El País y parecía enorgullecerse de su pasado como miembro del M-19, grupo guerrillero especialista en asesinatos, violaciones y secuestros. El caballero lleva años arremetiendo contra España y los españoles con declaraciones pretendidamente ofensivas. “España se ha convertido en una dictadura en Cataluña. En este momento nos sobrevuelan helicópteros. ¿Se repetirá 1936?” (…) “El 12 de octubre se conmemora una invasión, un genocidio, una conquista, un saqueo. Jamás hubo un descubrimiento” (…) Tan cerca como este lunes, primero de mayo, víspera de su viaje a Madrid, el sujeto arremetía contra “el yugo español de la Corona”, lo que no fue óbice ni cortapisa para que horas después se colgara de la pechera el Collar de la Real Orden de Isabel la Católica, la más alta condecoración que nuestro país otorga a un mandatario extranjero. Cosas de comunistas y su falta de escrúpulos cuando se trata de acaparar lo ajeno. 

Resulta ocioso insistir en el currículum del actual presidente de la República de Colombia, un tipo que esta semana repasaba sus obras completas en El País y parecía enorgullecerse de su pasado como miembro del M-19, grupo guerrillero especialista en asesinatos, violaciones y secuestros

Tamaña exhibición de falta de tacto, siendo caritativos, por parte de un político que se permite zaherir al país que está a punto de visitar, no ha sido obstáculo para que España y sus instituciones le hayan recibido con la mayor de las pompas. Particularmente polémico ha sido su discurso en el Congreso de los Diputados, una intervención que vino precedida por el abandono del hemiciclo por parte de los diputados de Vox, y que la bancada del PP escuchó primero y aplaudió después, con Núñez Feijóo a la cabeza. Alguien tan entrado en razón como Carlos Martínez Gorriarán, articulista de este diario, ha escrito que “esto se llama cortesía parlamentaria a un Jefe de Estado extranjero invitado. Lo estrafalario y desorientado es confundirlo con un mitin local. Se hace con todos. No les invitas para insultarles. Y representan a su país aunque te chirríen. Aplauso obligatorio”.

Y uno se pregunta si la cortesía parlamentaria no hubiera quedado plenamente satisfecha con el silencio respetuoso, sin necesidad de aplauso postrero, tratándose de un individuo situado en las antípodas ideológicas de lo que el PP representa, alguien convertido en una seria amenaza para la democracia colombiana y las libertades de sus nacionales. Un marxista confeso, que en reciente entrevista televisada se despachaba de esta guisa con total desenfado: “Y cuando los pobres dejan de ser pobres y tienen, entonces se vuelven de derechas, y viene el problema… ¿Qué hacen esas personas que dejan de ser pobres? Comprarse un carro, y ahí se acaba la humanidad”. Ergo, la obligación de los Petros de este mundo es mantener a la gente en la miseria, porque si sale de ella dejarán de votarles y se acabarán sus garbanzos, que no la humanidad. Se entiende por qué Sánchez ha invitado a este personaje a visitar España. Lo que es seguro es que cuando Petro deje el poder, si lo deja, Colombia será mucho más pobre, el dinero habrá huido, los mejores profesionales habrán salido en busca de una mejor vida, y sus instituciones habrán quedado arrasadas, pero él será un hombre rico, un Pablo Iglesias más, otro marxista convertido en millonario merced a la estulticia de la pobre gente que cree que perseguir la riqueza acabará con su miseria. 

El episodio entero de la visita del mandatario colombiano no hubiera pasado de ser una más de las humillaciones –los Estados que no se respetan, no merecen ser respetados- que España está sufriendo con este Gobierno de extrema izquierda, de no ser por la moraleja que encierra en lo que al PP atañe de cara al inmediato futuro. Aplaudir, en efecto, a un ex guerrillero comunista abarloado al narcotráfico durante años, cuyo programa consisten en convertir Colombia en una corresponsalía de la Venezuela chavista, expande, cuando menos, la sombra de una decepción sobre la “calidad moral” de un partido llamado a gobernar España quizá en unos meses, y viene a certificar el tradicional desamparo ideológico en el que sigue viviendo el PP desde los tiempos de Rajoy. Es el viejo manido problema de la ausencia de referentes de un partido que un día optó por convertirse en un frío administrador del aparato del Estado, tras poner en la calle a liberales y conservadores. Una ausencia de referentes en cierto modo lógica, puesto que Génova sigue negándose a librar esa batalla cultural que sería obligada para contrarrestar la paranoia izquierdista que nos anega. Referentes ideológicos, valores cívicos y sólidos principios morales como armas que se antojan imprescindibles para acometer las reformas, muy dolorosas, que el PP tendrá que realizar si llega al poder y quiere convertirse en un partido útil para mejorar la vida de los ciudadanos.

El episodio entero de la visita del mandatario colombiano no hubiera pasado de ser una más de las humillaciones –los Estados que no se respetan, no merecen ser respetados- que España está sufriendo con este Gobierno de extrema izquierda, de no ser por la moraleja que encierra en lo que al PP atañe de cara al inmediato futuro

Casi al mismo tiempo que Petro se paseaba por Madrid exhibiendo su inicua doctrina, el diario El Mundo publicaba una entrevista con el presidente uruguayo Luis Lacalle, el hombre que ha hecho de la “libertad responsable” su lema (“La libertad no significa solamente que el individuo tiene la oportunidad y la carga de elegir; también significa que debe cargar con las consecuencias de sus actos, porque libertad y responsabilidad son inseparables”, que dijo Hayek en su “The Constitution of Liberty”), en la que se podía leer la siguiente respuesta a la pregunta de por qué su Gobierno ha bajado impuestos mientras la mayoría los suben: “Al país lo mueven los que todos los días empujan el carro, se levantan a emprender, arriesgar, pensar, el que trabaja ocho horas y hace horas extras. Tiene que haber un estímulo para esa gente, porque no puede ser que pagues más impuestos o que si ganas un poquito más te caiga otra franja de tributación y entonces te desestimulan. Tiene que haber un premio. Yo creo en la sociedad de los estímulos, y si el Estado se maneja bien, de forma austera, cumple con los fines esenciales a su cargo, no tiene por qué gastar de más. Y entonces puede darse vuelta y decirle a la sociedad que no tiene por qué volcar tanto dinero a las arcas del Estado”. He aquí, resumido, lo que cualquier ciudadano libre le pediría al Estado: que fije un marco legislativo y fiscal que anime el emprendimiento, que premie a quien arriesga y se esfuerza, que gaste lo justo y que no moleste. Que interfiera lo menos posible. 

Justo lo contrario de lo que hace Sánchez y su Gobierno. Vivimos estos días el paroxismo de las promesas falsas. Errejón ha anunciado la semana laboral de 4 días. Yolanda Díaz ha elevado la apuesta prometiendo 20.000 euros como “herencia universal” al cumplir los 18 años, y Sánchez, a quien no debe quedarle un colectivo sin intentar sobornar con dinero público, llegó ayer en Murcia al frenesí peronista de anunciar su intención de subvencionar este verano las vacaciones de los jóvenes de entre 18 y 30 años para que puedan “viajar por toda Europa”, además de prometer también la creación de "un interrail español" con ayudas de hasta un 90% en "aquellas infraestructuras ferroviarias y también de autobuses que sean competencia de la administración general del Estado" y, no hay dos sin tres, subvencionar también los viajes en AVE para los jóvenes en el mismo rango de edad. Todo con el dinero del contribuyente. Como si el Estado fuera el patio trasero de su casa. “Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”, que dijo Quevedo

Vivimos en un medio ambiente moral contaminado. Estamos moralmente enfermos porque hemos tolerado que se nos mienta con el mayor descaro, hemos asumido sin rechistar que el presidente haga justamente lo contrario de lo que promete, aceptado como normal que diga una cosa y resulte otra. Porque nos ha enseñado a no creer en nada, a desconfiar de todo y de todos, a ignorarnos mutuamente, incluso a odiarnos, de modo que, en última instancia, hemos optado por refugiarnos en el santuario de nuestro “yo” más personal. Por eso esta es una sociedad a la deriva, contaminada por la desvergüenza infinita de quien ostenta el cargo de presidente. Esta es la enfermedad que hay que curar, señor Feijóo, el cáncer que hay que sanar, la batalla que hay que librar contra la labor de este Gobierno infame. Barrer de raíz el sanchismo y su herencia, la material y la moral, como una cuestión de salud pública. Y para abordar esa tan gigantesca como hermosa tarea no es buen principio dedicarse a aplaudir a tiranuelos vocacionales de visita por España. Porque Petro no es Colombia, de la misma forma que Sánchez no es España. Y porque, en el largo plazo, el interés público depende de la virtud privada. Espero, dicho sea con todo respeto, que haya sido un simple desliz. Por la cuenta que nos tiene.

Jesús Cacho

 

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