domingo, 14 de mayo de 2023

Urnas llenas de asco y terror.

 

Urnas llenas de asco y terror.

Por Eduardo García Serrano

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No hay urnas suficientes para albergar el asco. Sí las hay para cobijar el terror y sus afluentes de sangre y mutilación, de luto y de dolor. Indeleble dolor izado como las banderas de la traición y la dote de la claudicación sobre el pecho de las víctimas de ETA, ofrecidas en almoneda política socapa de “éxito democrático”, al decir de los beneficiarios del trueque con el crimen: socialistas, comunistas y separatistas de todas las cloacas, de todas las pocilgas y de todos los burdeles políticos que han convertido a España en los orinales del miedo y en los corrales de la mansedumbre, en los que ya no hay ni cabestros (no vaya a ser que sus escrotos vacíos les recuerden el toro que fueron) sólo corderos silenciosos, dóciles, mansos, tibios, uncidos a la democracia como el esclavo al amo, y el amo al látigo.

ETA vendió sus armas chorreando crímenes y los socialistas se las compraron regalándole la franquicia de la traición al PP de Rajoy, para que siguiera desbrozando la senda de la claudicación codificada en el cobarde Proceso de Paz de Zapatero. 

ETA conoce muy bien la elocuencia del terror, pero ignora la de la legítima violencia del Estado, que faculta a la Nación para el exterminio de los que quieren destruirla. En todo el mundo, menos en España, donde el terror rojoseparatista tiene justificación y exégesis políticas, pero la represión del mismo hasta los cuajarones de sangre del asesino es un delito de lesa democracia y de lesa humanidad que sólo merecía calentarle el infierno a quienes se atreviesen a ponerle los dientes en rompan filas a un etarra en comisaría, o a zurcirlo a balazos en una emboscada. He ahí el destino que la democracia española le reservó al General Enrique Rodríguez Galindo, el héroe de la Guardia Civil que más comandos de ETA desarticuló y que estuvo quince años de plomo y metralla al mando del Cuartel de Inchaurrondo.

El General Galindo murió solo, despojado de sus galones y de sus emblemas, enajenado su salario y expulsado del Ejército y de la Guardia Civil. Los asesinos de ETA que nunca pudieron derrotarle en los sórdidos campos de batalla del terror, hoy son diputados y se presentan a las elecciones en las listas de Bildu a cara descubierta y galleando sobre la sangre que derramaron por la espalda, siempre por la espalda. Y esa vileza es un “éxito democrático” para socialistas, comunistas y separatistas. No hay urnas para tanto asco.

 

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