domingo, 7 de mayo de 2023

Somos los «Pura Sangre».

 

Somos los «Pura Sangre».



Desde los púlpitos del poder se aterrorizaba a toda la población creando una alarma social caótica.

El aparato de programación marchaba a toda máquina emitiendo mantras y consignas con la potencia de miles de HP (y no me refiero a caballos de potencia).

El populacho asustadizo sucumbió de inmediato y sin rechistar. No había demasiada masa crítica en sus cerebrines y se creyeron el «cuento chino» de inmediato.

Un manto invisible se apoderó de la sociedad en su conjunto y como si se tratara de una enorme capa trenzada de embustes y falacias, cubrió el hormiguero irremediablemente.

La primera medida fue someter a los histéricos «zompopos» y quitarles el aliento con un bozal de miedo.

La idea era que mediante una respiración frustrada no se les oxigenara el cerebro convenientemente y no pudieran desvelar la simulación de la Matrix.

El continuo bombardeo de mentiras fue tan exagerado y terrorífico que estreso a la población hasta el límite de sus capacidades que ya eran limitadas.

No contentos con semejante alienación, quisieron probar hasta dónde llegaba su poder y que limite tenía la imbecilidad de la colectividad.

El coraje, la habilidad cognitiva, el escepticismo, la hombría y otras cualidades viriles, desaparecieron casi de la faz de la tierra.

En todo el planeta se estableció el mismo sistema vil de Deshumanización. Los seres humanos ya no tenían rostro.

Tras aquel babero ridículo de tela se escondían lo que antes creíamos que eran de nuestra misma especie.

Gentes desprovistas de su sonrisa y razón caminaban torpemente y tan solo podías apreciar unos ojitos despavoridos que te miraban titubeantes y huidizos con temor.

Se apartaban al vernos sin la patética mascara que nos delataba como valientes ajenos a la mascarada.

Éramos los asintomáticos perversos y desconsiderados. Los herejes de la nueva religión del «Yuyu».

Los inmunes al horror ficticio que se repartía de manera generosa y continúa desde los voceros del sistema.

Fuimos los insubordinados que querían respirar y juzgaban tener derecho a hacerlo.

Éramos – y somos – las águilas imperiales que seguían volando altivas y orgullosas mientras los polluelos se escondían bajo el ala de su mamá la gallina turulata.

No nos permitían entrar en los supermercados, la policía nos buscaba y acosaba, los -antes ciudadanos- se convirtieron en chivatos y casi en verdugos. Todo, absolutamente todo, fue intoxicado por el virus de la cobardía más denigrante.

Tan solo unos pocos aguerridos insumisos nos mantuvimos en pie ante semejante cacería a la independencia intelectual.

Nos bautizaron como los negacionistas. Nosotros a ellos, como los covidiotas y nos quedamos muy cortos.

Prácticamente, toda la infectada sociedad nos odiaba por no querer aceptar aquella irreal situación. Nueva normalidad la bautizaron los ingenieros sociales.

Y se encerró a las ovejas en sus propias jaulas y el mundo se convirtió en un corral donde solo se escuchaban las alarmas histéricas.

Los pocos que nos negamos a obedecer aquella parodia fuimos censurados, insultados, expulsados y relegados a la cumbre más lejana de la cordillera de los soberanos.

Mientras en la galaxia de la normalidad de anormales los huérfanos de razón aplaudían su encierro, nosotros, los libres de espíritu, caminábamos despacio y en soledad por el sendero de la coherencia.

La humillación tampoco fue suficiente para que nos arrodilláramos ante el invisible y pérfido monstruo de múltiples cabecitas invisibles.

Elegimos la razón antes que la aceptación y la lógica antes que el miedo a un bichito que por las noches – después de las 9 PM – atacaba más ferozmente.

También te mordía la yugular sí caminabas por la calle, pero no si te sentabas en una terraza a tomar un piscolabis. Entonces se quedaba esperando tranquilito a que terminaras de leer el periódico para luego perseguirte de nuevo.

 Tampoco atacaba si veía un grupo de seis, pero se tiraba a degüello si eran siete.

Y tras ser amordazados, encerrados y desprovistos de su cabellera (porque les birlaron todo el pelo) y su dignidad, llego el maná en forma de «solución final».

La marabunta se amontonaba y con gritos sordos esperaban que sus patrones les otorgaran el salvoconducto al paraíso.

Tan solo era un pinchacito patrocinado por «la fundación del magnánimo tío Billy»  y podrían recuperar su vida. En algunos lugares te regalaban una hamburguesa con patatas fritas por inyectarte la sustancia.

Pero aún existía el peligro y ese éramos nosotros. Los que no callábamos ni nos dejábamos amordazar.

Los que no nos creímos la majadería de un pangolín maléfico.

Las miradas de los zombis aterrados se llenaron de ira y nos odiaban con desdén infinito.

El enemigo éramos nosotros – los que articulábamos el escepticismo -, los irremediablemente tercos y adoradores de la razón.

Los vendedores de pócimas y consecuencias previsibles seguían tocando sus trompetas apocalípticas y sus tambores resonaban con potencia en el país de la estulticia.

Nosotros veíamos como la humanidad se derretía con la facilidad de un hielo en el Sahara a medio día.

No fue uno, sino dos y luego tres. Algunos llegaron a coleccionarlos como si fueran cromos de superhéroes de la Marvel. Esos aprendices de «queso gruyėre» parecían masoquistas aficionados a la perforación con agujas que se practican en el «Bondage».

Quizás les diera placer ser punzados mientras los jodían por detrás, no lo sé.

Ponían el brazito y se dejaban picotear como si fueran alimento de urracas negras. Los incautos atolondrados se dejaban poseer por el líquido que el señor «puertas» recomendaba para entrar en el mundo feliz (de Aldus Huxley).

Ignoraban que había dentro, pero daba igual. Confiaban plenamente en Simón, el de los ojitos perplejos perennemente, y en Sanchinflas, el «charlot» aprendiz de dictadorcillo.

Y en todo el planeta ocurrió lo mismo.

Y las multinacionales billonarias farmacéuticas hacían su «agosto» en el invierno de los torpes pacientes.

La bobalicona plebe se fió de las autoridades, de los «expertos», del sistema, del gobierno, de los medios de comunicación que los alentaban a ser héroes del campo de concentración.

¿Cómo los iban a mentir ellos? ¿Cómo se te ocurre? ¿Mentir? ¿Quién? ¿El gobierno? Imposible…

Los malintencionados éramos nosotros, los anticientíficos que portábamos el horror de la duda a sus neonormales vidas de hámsteres de laboratorio.

-No creen en la ciencia-, decían los cabestros con su agitado cabezón cornudo de ganado adquirido en rebajas del corte infiel.

Y el ritual continuaba con bailecitos alegres de matarifes de bata blanca y alma negra, mientras muertes y dolor acompañaban el espectáculo musical.

Nos íbamos quedando solos -y así lo elegimos- porque la compañía no era grata y no sentimos demasiado agrado por los timoratos, los ñoños, ni por los achantados tuercebotas.

El ejército del poder global avanzaba con temible determinación, armado con su ponzoña tóxica y queriéndolo todo y más.

Nosotros permanecíamos en nuestra posición, esperando de pie e intentando salvar a algunos. Muchos en nuestras filas salieron despavoridos y decidieron alinearse con la mayoría muda y ciega.

Esa mayoría que todo lo permea y que legitima con su inmensa ignorancia a sus propios verdugos.

Se pusieron en la fila india que va a la pira, y esperaron su turno para abrir su cuerpo y permitir la infiltración.

Poco después correteaba por sus venas el grafeno diseñado para obedecer las órdenes de sus patentadores. ¿Os acordáis de la desaparición del Malaysia 370 (MH370/MAS370) en el 2014?

Pues ahí estaban los de una parte de la patente.

Daba igual que fueras un soldado, un general, un rey, un presidente del gobierno, un magistrado, un hombre o una mujer, muchos o casi todos, se pusieron en la cola – de Satanás y no la de detrás precisamente -.

Los pronto porculizados memos se prepararon para comulgar y absorber la sanguinolenta sustancia de su «mosihaj», cuáles víctimas en su propia macabra iniciación al vampirismo.

Los ya Zombis desde sus pupilas del más allá nos seguían mirando con ganas de devorarnos.

El mundo se había dividido un poco más. Humanos y transhumanos.

Nosotros nos reconocimos como iguales y disidentes pertenecientes a la resistencia global.

Comprendimos que no había vuelta atrás.

Habíamos tomado la decisión y ellos, su espeluznante e irrevocable determinación de seguir hacia el abismo de la obediencia ciega y controlada por hondas.

Ellos por miedo y coacción, nosotros por amor a la libertad y a la verdad.

Somos los que no fuimos polinizados con el aguijón a pesar de todo y de todos. Somos los que, en el momento de la verdad, resistimos.

Somos los toros bravos que no pudieron ser banderilleados y merecieron la vida.

De todas las edades, de todas las nacionalidades, de todas las razas, fuimos nosotros los que no nos dejamos amaestrar por los reseteadores del tito Klaus.

Los no mutados, los que no pudieron arrodillar ni poner una correa de DNA en la sangre.

Somos los últimos humanos a los que no nos importó arriesgarlo todo por nuestras convicciones y razonamientos mientras todo colapsaba.

Somos héroes y así debemos entenderlo y recordarlo.

Somos los «pura sangre» que relincharon con furia libre y no se dejaron domesticar.

Somos la esperanza que no pensaron podría aguantar su revolución transhumana.

Y ahora, miramos a los que lloraron, a los que aplaudieron, a los que acusaron, a los que impusieron, a los que sirvieron como capataces del genocidio y saben que estamos aquí y no nos intimidan.

Los bandos ya fueron establecidos y la guerra espiritual milenaria continúa su curso.

Ahora toca la siguiente batalla que es aún más dura y difícil:

«Chemtrails» y la desertificación forzada para racionar el agua y el alimento; CBDC y la esclavitud perpetua económica; Las «reservas» de 15 minutos; la invasión siguiendo el plan Kalergi; una nueva pandemia -posiblemente en África y mas brutal y salvaje-; el colapso y una posterior guerra civil en EEUU;  y una guerra que pronto se ampliara al resto de Europa y al mundo.

 

Por Patxi Balagna Ciganda

 

 

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