jueves, 7 de abril de 2022

El Ser Imaginario - Capítulo 13

El Ser Imaginario - Capítulo 13 (Lucifer, El Emancipador) 

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“Dios quería que el hombre, privado de toda conciencia de sí mismo, permaneciese como un eterno animal, siempre de cuatro patas ante el Dios eterno, su creador, su amo. Pero he aquí que llega Satanás, el eterno rebelde, el primer librepensador y el emancipador de los mundos. Avergüenza al hombre de su ignorancia de su obediencia animal; lo emancipa e imprime sobre su frente el sello de la libertad y de la humanidad.”
Mijaíl Alexándrovich Bakunin, pensador revolucionario ruso. (1814 - 1876)

Lucifer - (del latín lux "luz" y fero "llevar"; de lo que se construye "portador de luz") En la mitología cristiana, se trata del “ángel caído”, aquel que perdió su condición de querubín celestial luego de rebelarse contra Dios y ser denigrado y expulsado del Cielo.
 
El cristianismo es contradictorio en muchísimos sentidos, algunos de los cuales ya han sido tratados en capítulos anteriores, pero, tal vez lo más destacable en este sentido, tenga que ver con el relato bíblico. Sería sensato aseverar que el verdadero protagonista de cualquier relato fantástico es el héroe, mientras que el villano es su antítesis. Bien, en el caso de la Biblia, dicha regla no se aplica. El verdadero protagonista de esta fábula es, con toda seguridad el villano: Jehová. Repetidamente en el relato bíblico, Jehová protagoniza o fomenta los más atroces actos.
Vemos al Dios Cristiano cometiendo crímenes y fomentando la violencia de las más variadas formas; guerras y calamidades de todo tipo, son el sello de un dios nefasto y vengativo. Por su parte, Lucifer, su antítesis; es tan sólo un rebelde que declara su independía del tiránico Jehová, su creador.
 
¿Quién es Lucifer en el mito cristiano?
 
Jehová creó a Lucifer para una posición de privilegio en el Cielo, de hecho, es el ángel más bello de los tantos que habitan en el reino. Jehová creó también a muchos otros ángeles, entre otros fines, para servir a los hombres. Lucifer declaró su rebeldía y fue expulsado del Cielo, junto con los ángeles que oyeron su mensaje de independencia. Como consecuencia, Lucifer y todos sus seguidores, son desterrados del Reino de los Cielos; para luego morar en el Infierno.

Los cristianos ven a Lucifer como un ser demoníaco, malvado; el ángel rebelde que inició una revolución contra Dios en aras de derrotarlo y negar su autoridad. El Diablo es, para todo cristiano, la personificación de la maldad, el origen de todo mal. (1)
 
Entonces me pregunto; ¿es maligno Lucifer en algún sentido, además de haber pretendido independizarse de un creador nefasto? ¿No fue acaso su destierro la consecuencia de un motín justificado?

Lucifer desafío a Dios y esto no fue tolerado. El mensaje de Jehová es claro:
 
“A mí no se me cuestiona…”
 
Si analizamos el relato de manera objetiva, vemos que Lucifer es el rebelde de un reino gobernado con tiranía. Jehová, es un dios que actúa de manera arbitraria e impone su voluntad. Pero lo que en términos humanos se entiende como arbitrariedad, en términos del cristianismo pasa a ser “justicia divina”.
 
No hay hecho alguno que defina a Lucifer como maligno ni a Jehová como misericordioso. Hay ejemplos de sobra en el relato bíblico, de los crímenes cometidos por Jehová, así como de los perpetrados en su nombre. Básicamente, Dios desencadena toda su ira contra la humanidad, y demuestra que la lealtad sólo se obtiene por la fuerza. Lucifer, por su parte, rechaza este mandato nefasto, y se rebela contra el dios tirano y sus representantes; se emancipa del dictador y reclama su independencia. Lucifer pretende la misma libertad que ofrece a la humanidad cuando libera a Adán y Eva de la sumisión; confía en el ser humano, en su razón y en su capacidad para ejercer la autonomía. (2)
 
Desde el comienzo, el cristianismo, como toda creencia mítica, se basa en fábulas: la creación, Jehová, Jesús, el Jardín del Edén, los ángeles y Lucifer. La ausencia de verificabilidad de cualquiera de estos personajes, sólo denota el escaso juicio crítico que se ejerce sobre los textos religiosos en nombre de la credulidad.
 
La historia de Lucifer nos ilustra al respecto de la visión cristiana; una que enaltece a un ser nefasto y demoniza al emancipador, al humanista. Lucifer es, en definitiva, nada más que un chivo expiatorio; un personaje al cual culpar por los males de la humanidad.

El hombre adoctrinado ha dejado de lado las explicaciones, el fundamento; la razón en sí misma. Ha utilizado lo único que posee para explicar todo a su alrededor: la fe.
 
El ser racional se basa en el discernimiento, reconoce la realidad, no la interpreta o deduce; prescinde de explicaciones sobrenaturales para explicarse lo existente. El supersticioso, por su parte, requiere toda clase de mitos para funcionar; adjudicando incluso los fenómenos naturales a entidades inverosímiles y carentes de todo fundamento.
 Gran parte del comportamiento supersticioso, se debe al desconocimiento sobre la Naturaleza y su funcionamiento, sus procesos. De esta ignorancia y un limitado interés por la adquisición de conocimientos surgen las primeras explicaciones sobrenaturales.
 
Despojado de toda lógica, imposibilitado de racionalizar lo que percibe; el hombre supersticioso utiliza el mito para explicar el mundo en su totalidad.
 
¿Por qué no se cuestiona al dios tirano, egocéntrico y vengativo; y sí al rebelde desterrado?
 
Varios factores posibilitan la aceptación de un ser tirano y autoritario. En primer lugar, debemos tener en cuenta el contexto en que la fábula fue ideada. En aquel entonces, el Imperio Romano y sus esclavos convivían de manera tensa, sobre todo en la zona en cuestión, la actual Palestina.
 Otro punto relevante, tiene que ver con quienes la escribieron la historia. Ésta fue ideada por los judíos, de hecho, ellos son los protagonistas; Jesús era judío y El Pueblo de Dios eran los judíos.
Estos factores tienen mucha importancia, ya que hablamos de un pueblo oprimido, esclavizado; uno que necesitaba un salvador, algo poderoso que los alejara de su penar constante en manos del Imperio Romano.
 
Adaptar viejos mitos para construir una nueva creencia, podía ser la manera de crear un aliado celestial y resguardarse de quienes los esclavizaban. Pero esta nueva creencia tendría como personaje principal a un dios que los eligiera como protagonistas y los liberara de la opresión, reinando con mano de hierro e imponiendo por la fuerza su voluntad.
 Para los judíos, acostumbrados a ser vapuleados y menospreciados, un dios tirano no era un problema; sino más bien un artilugio de fuerza en una situación terrenal de opresión.

Es necesario recordar que la Biblia es finalizada más de cien años después de la época en la que los hechos supuestamente ocurren, por lo tanto, podía funcionar perfectamente como catalizador y registro de los anhelos y padecimientos de un pueblo oprimido, llegando éstos incluso a pretender que Dios, quien suponían los eligió; en algún momento los liberaría del tormento de la esclavitud.
 
Pero el mayor legitimador y posible causante de la aceptación de un dios asesino, es, sin lugar a dudas, la ausencia de pensamiento crítico y el escaso margen para el discernimiento que permite la fe. La fe es una excelente herramienta de manipulación, no deja lugar al razonamiento, sólo requiere creer.
 
¿Y cuál es después de todo el sentido de detractar a Lucifer? ¿No es acaso él quien concede al hombre el conocimiento de sí mismo? De hecho, éste no hace más que permitir la libertad del hombre condenado a la obediencia; niega la imposición arbitraria y se ubica del lado del conocimiento, para brindar al ser humano su intelectualidad. Rompe el orden establecido y hace prevalecer el libre albedrio por sobre la autoridad irracional; le otorga al hombre, en última instancia, su preciada libertad.
 
Es irónico como las cosas suceden…

En este personaje imaginario llamado Lucifer, el cristianismo ha encontrado su chivo expiatorio, la representación de todo lo indeseable, y el responsable de una confianza en la humanidad que Dios, ese ser dotado de una inequívoca maldad, esa entidad sanguinaria y detestable, evidentemente, no le puede brindar.

Después de todo, el cristianismo le debe a Lucifer, el emancipador, mucho más de lo que pensaba.

1. Para el Judaísmo, Lucifer, Satán y Belcebú son tres entidades diferentes, Lucifer es un término metafórico para referirse al Rey de Babilonia en el Libro hebreo de Isaías Cap. 14, Satanás es un miembro de la Corte Celestial que ejerce como Procurador o Fiscal del Cielo, que asesora a Dios como una especie de acusador y Belcebú un ídolo que se adoraba en la ciudad filistea de Ecrón en los tiempos del Reino de Israel.
 2. El concepto de pecado es el de "desviación del orden de Dios”. Así, Adán y Eva fueron establecidos en un orden perfecto de armonía. Así es que hay virtud, y se considera pecado a todo lo que aparta del paraíso.

El Ser Imaginario - Capítulo 14

El Ser Imaginario - Capítulo 14 (El Mito Reemplaza a la Realidad)
(Afianzamiento de las creencias, primera parte)

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“La razón por la cual los mortales están tan sujetos al miedo, es que ven toda clase de cosas que suceden en la tierra y en el cielo sin causa discernible, y las atribuyen a la voluntad de un dios.”
Lucrecio, poeta y filósofo romano. (99 – 55 AEC)

Imaginemos un juicio: el jurado, los alegatos y el acusado en cuestión. ¿De qué manera es posible demostrar la culpabilidad o inocencia del sujeto? Existe una sola respuesta posible: evidencias. De hecho, cada cosa en la vida requiere de evidencias para ser aceptada como cierta. ¿Por qué entonces cuando se trata de creencias religiosas, funcionamos de manera diferente? ¿Posee el ser humano alguna herramienta para distinguir la realidad de la fantasía? La respuesta es afirmativa, pero, de hecho, las creencias prescinden de la demostración.
 
Cuando las creencias se instalan de manera sólida y consistente, la mente no tiene en cuenta las experiencias que no cuadran con ella, por tanto, el normal desarrollo del proceso cognitivo, queda totalmente anulado, y el individuo pasa a estar condicionado por su sistema de creencias. (1) El conjunto de creencias, imágenes y sensaciones, constituye un modelo mental mediante el cual el sujeto afectado comprende la realidad; entonces, las experiencias se adaptan indefectiblemente a dicho sistema, ya que, la creencia pasa a validar la realidad, en lugar de la realidad definir la sensatez de la creencia.
 Si fuéramos seres estrictamente racionales, sólo tendríamos por ciertas, aquellas cosas que se basan en premisas verdaderas; en argumentos sólidos y verificables, sin embargo, tendemos a hacer justamente lo contrario. En muchos casos, las conclusiones a las que llegamos, se sostienen buscando razones para creerlas ciertas, en lugar de creerlas ciertas basándonos en las razones que definen tal condición. Las creencias, no son la excepción a la regla; incluso podemos pensar que no existen razones para “creer”, sino motivos para indagar sobre los fundamentos de todo aquello que suponemos cierto desde nuestra concepción de lo desconocido. Pero la inquietud por indagar o descubrir, no es, aparentemente, algo que pongamos en práctica a menudo.

Cuando las proposiciones se afirman como ciertas o innegables y los criterios no están sujetos a verificación, nos tornamos intelectualmente sumisos e inactivos; es entonces cuando aplacamos nuestras dudas reafirmando, ya no lo que sabemos, sino lo que suponemos.
 
Desde pequeños, nos identificamos con quienes nos rodean, primeramente con nuestros padres, luego con familiares y más tarde con amigos y parejas. Cuando las creencias son determinadas por los padres, estamos frente a la herramienta de divulgación más poderosa que la religión posee: el adoctrinamiento prematuro. (2)
 
La necesidad de identificación que los niños experimentan con sus padres, no les permite ejercer juicio crítico sobre las ideas transmitidas por éstos; mismas que se dan por sentado, ya que no pertenecen a una naturaleza diferente de la que ellos identifican como la realidad objetiva de la vida. Un claro ejemplo de ello, es la creencia en Santa Claus o los Reyes Magos; ninguno de ellos existe, pero el niño los racionaliza como reales, sin requerir evidencia alguna, dado que sus padres así se lo han trasmitido desde pequeños.
 
El niño, no ejerce juicio crítico basado en la experiencia, sino que adopta como verdades incuestionables, lo aprendido de sus padres a temprana edad, es decir: cree por legitimación del emisor. Este es uno de los mayores e innegables males que la transmisión cultural causa en las personas: las neutraliza, anula su identidad intelectual y los priva de la potestad sobre sus decisiones.

En su gran mayoría, estos niños se transformarán en personas incapaces de atribuirse el mérito de sus propios logros. De la misma manera, adjudicarán situaciones adversas, a razones o designios sobrenaturales. Este funcionamiento, será incluso alentado por el sistema religioso, ya que la religión jamás fomenta el discernimiento, dado que no le reditúa el pensador, sino aquel que cree por desconocimiento y convencimiento.

Aquí, intervienen también los paradigmas que los adultos transmiten al niño, como la “fe” y la “salvación”, criterios que, aunque ajenos a cualquier contenido educativo, son presentados como fundamento y garante de moralidad. Se trata de premisas inculcadas desde un planteo ajeno a la realidad del hombre; uno que le ofrece la credulidad como garantía de salvación. La fe, no representa la liberación de las injusticias sociales y económicas que nos aquejan, ni la instauración de un sistema político más acorde con nuestra humanidad o condiciones menos especulativas y funestas. Los paradigmas cristianos, representan la restauración de la relación con aquello que no podemos conocer ni verificar, la absoluta nada: Dios.

La única manera de ser salvo desde la visión cristiana, es a través de la anulación de las dudas, de la aceptación de Dios, incluso sin evidencias. No hay posibilidad de cuestionamientos o fundamentación para la creencia, si la condición para ser salvo radica en el reconocimiento de la negación de la razón. ¿Debemos acaso suponer que Dios pretende un ejército de adoradores insensatos, incongruentes con su propia naturaleza y permeables a ser manipulados de las más aberrantes formas imaginables, para luego premiar este proceder?
 
Nuevamente, estamos frente a un sistema irracional, que premia la credulidad en lugar de favorecer la libre elección, que alimenta la negación en lugar de tomar la realidad como punto de referencia y proponer soluciones a los males terrenales. El cristianismo, es uno de los mayores promotores de conformismo y credulidad en el ser humano.
En el Génesis, Dios ofrece a Adán y Eva la opción de comer o no el fruto del Árbol de la Ciencia; claro que si lo hacen, habrá consecuencias. La prohibición y el potencial castigo tienen el propósito de servir como advertencia para prevenir que el hombre traspase los límites del mandato divino, y Dios lo expresa de la siguiente manera: “Porque el día que de él comiereis, ciertamente morirás”. Si comer el fruto implica tomar conciencia de sí mismos, deducimos entonces que el castigo consiste en ser expulsados de una fantasía creada para evitar que la autonomía intelectual de Adán y Eva aflorase como consecuencia de un deseo de independencia.
 
Esta negación del valor del conocimiento, evidenciada en el sentido más literal con la prohibición de tomar el fruto del árbol prohibido, no hace más que recordarnos cómo debemos servir a Dios: alejados de toda consciencia de nosotros mismos y totalmente despojados de nuestra autonomía intelectual. ¿Y qué sucede con Adán y Eva al desobedecer a Jehová? Sencillamente son desterrados del amparo de su creador, ya que han adquirido una moral propia, la potestad sobre su actuar y la consciencia de ser responsables de sus propios actos.
 
La insignificancia en que la humanidad se sume para venerar a un dios del cual nada sabe, es, a grandes rasgos, la sublimación de la mediocridad, la negación del sentido de nuestra existencia y el precio a pagar por imaginar placebos y refugios imaginarios que nada nos dicen de nosotros mismos. Llamarse creyente, equivale a reconocerse insignificante y carente de voluntad para enfrentar la realidad y descubrir las respuestas por uno mismo.

1. Ayn Rand solía afirmar, que no se necesitan conocimientos específicos para percatarse de la inexistencia de Dios. De hecho, cualquiera puede, sin demasiado esfuerzo intelectual, llegar a tal conclusión.
 
2. Los niños, a causa del desconocimiento sobre los hechos de la vida y la identificación que sufren con sus mayores a temprana edad, son quienes menos juicio crítico ejercen sobre las ideas a las que están expuestos. Ellos legitiman al emisor en lugar de evaluar el mensaje.

El Ser Imaginario - Capítulo15

El Ser Imaginario - Capítulo15  (Un Misterio Basado en Ausencias)
(Afianzamiento de las creencias, segunda parte)

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"Es bien sabido que el sentimiento de impotencia frente a las fuerzas desconocidas, ha propiciado históricamente un aumento de la religiosidad.”
Witold Kula, científico social, historiador y economista. (1916 - 1988)

Desde niños, nuestro mundo se nos revela de manera paulatina. ¿Cómo podemos conocer sobre nada hasta que lo experimentamos? Sencillamente no podemos; sólo por medio de las experiencias se corroboran los hechos de la vida. Diremos que tenemos conocimiento directo de algo cuando sabemos sensorialmente de ello. El conocimiento, sólo puede construirse a partir de la manifestación de los sentidos al respecto del objeto o situación en cuestión. (1) Esto se verifica cuando los niños crecen y dejan de creer en Santa Claus o los Reyes Magos, ya que el incentivo para creer en éstos desaparece y no existen tampoco motivos que ameriten sostener la creencia. No sucede lo mismo con la creencia en Dios, la cual, a pesar de pertenecer a la misma categoría que los anteriores, continúa siendo fomentada y legitimada por la gran mayoría de los padres.
 
Sin embargo, ceñirse a parámetros educacionales, no define nuestra creencia; la prueba de ello, es la inmensa cantidad de ateos que provienen de familias religiosas. Entonces, si entendemos que la educación no es suficiente para, por sí sola, definir una creencia en el individuo, y la verdadera elección subyace dentro de éste; ¿Cómo es posible entonces que tantas personas anulen sus facultades críticas y opten por creer en lo increíble?
 
Tal vez la respuesta sea inabarcable, ya que cada sujeto es definido por experiencias personales que le imprimen una manera única de percibir el mundo. De todas formas, todo creyente practicante, está expuesto a los mismos mecanismos.
 
La Iglesia Cristiana, posee reglas que no están sujetas a modificación, estas reglas se dan en llamar dogmas. Un dogma, es un enunciado ajeno a cualquier tipo de revisión o crítica. Uno de ellos, tal vez el más utilizado, es el llamado “Misterio de la Voluntad de Dios”.
 
Cualquiera puede simplemente afirmar que no puede ver a Dios, oír a Dios o simplemente no posee evidencias de la manera en que éste actúa sobre su vida. Entonces, la hipótesis más natural, al menos en lo que se refiere a lo sensorial, sería afirmar que, a primera vista, éste no existe. Basado en tal análisis, sería lo más lógico, después de todo; ¿Por qué debemos creer que Dios existe si no podemos verlo, oírlo ni percibirlo de manera alguna? (2)
 
El ser humano forma grupos y socializa, tal es su naturaleza. Cada grupo humano, funciona de acuerdo con roles dentro de la estructura social. El entorno familiar, en particular, es el responsable de moldear la personalidad, así como de fomentar o desalentar la credulidad del niño. Quien provenga de una familia de creyentes fundamentalistas, tales como quienes adhieren al Opus Dei o los anglicanos, será probablemente mucho más crédulo y supersticioso que quien provenga de una familia católica promedio, ya que los primeros funcionan de una manera mucho más dogmática. A su vez, quien que provenga de una familia católica, será más crédulo y supersticioso que quien provenga de una familia atea, por la misma razón.
 
Desde niños, estamos expuestos a todo tipo de mitos religiosos y creencias populares, pero esto no garantiza la asimilación de tales supersticiones, ya que, en el proceso de evaluación de nuevas estructuras mentales, entra en juego también el escepticismo, sobre todo en la adolescencia, cuando muchas de las ideas inculcadas son revisadas y eventualmente desechadas. Incluso cuando adoptemos estas ideas en la niñez, posteriormente reflexionamos y nos vemos forzados a reconocer que es posible que haya alguna duda al respecto de lo que suponemos existente. Por más pequeña que dicha duda pueda ser y considerando nuestra inclinación natural por el cuestionamiento, es lógico suponer que nos persuadimos de las creencias a sabiendas de lo falibles que éstas pueden ser en última instancia.
 
Si las causas sociales y los mecanismos del sistema no son garantía de adoctrinamiento; ¿Cuál es entonces el motivo primero del mito? ¿Existe algún otro factor que permeabilice al ser humano de adoptar sistemas de pensamiento no racionales?
 Evidentemente, existen otros factores que contribuyen a incentivar la creencia en seres sobrehumanos, mismos que suponen una alternativa al vacío que plantea la muerte y la ausencia de expectativas ante la inexistencia física.
 
La Ciencia, a diferencia de las religiones, no ofrece una salvación o esperanza de vida después de la muerte. El mito, a pesar de carecer de veracidad, alienta la idea de un ser que nos ama y tiene un plan para nosotros, así como la promesa de una vida eterna. A fin de cuentas, la idea de Dios crea en las personas una ilusión de inmortalidad, la esperanza de ser parte de un plan cósmico; el anhelo de no estar olvidados y abandonados a su suerte.
 El razonar, no es una capacidad que se adquiera repentinamente; nuestro razonamiento, es el resultado de millones de años de evolución y nosotros somos el fruto de ella. Pero, de todas formas, la razón no suele ser la pauta que defina nuestro accionar diario, sino tal vez las pasiones y el instinto. El hombre se aleja de la razón para explorar lo que le es ajeno, se abstrae del sentido común y recobra sus pautas de funcionamiento más primitivas.

Nuestra relación con el conocimiento directo de las cosas que existen, es un conocimiento basado en la sensación, en los datos de nuestros sentidos, pero estos datos también abarcan nuestras pasiones, pensamientos y sentimientos.
Retrocedamos hasta el Capítulo Cinco:
 “Todo objeto imaginado es real en un sentido parcial, dentro de la mente de quien lo imagina, e irreal en un sentido más objetivo; en la realidad demostrable. Aquí se contraponen dos concepciones antagónicas, lo verificable: objetivo, concreto y tangible, y aquello que es real sólo de un modo conceptual: subjetivo, incomprobable e intangible. En este sentido, la concepción de la realidad se torna ambigua. Esto es consecuencia de nuestra percepción del mundo, una basada no sólo en la razón, sino también en las emociones.”
 
Nuestros deseos y sentimientos, juegan un papel fundamental en la adopción de creencias y mitos. De hecho, el entendimiento parte de la concepción de nosotros mismos, es decir, de la comprensión de nuestra propia humanidad, y, siendo que ésta nos define en cuanto a cómo percibimos el entorno; no podemos comprender lo externo en total abstracción de nuestras pasiones, deseos y proyecciones mentales.
 
Además de nuestro conocimiento directo de las cosas que existen, tenemos un conocimiento basado en construcciones mentales, en la idea de aquello desconocido, y tal conocimiento, está altamente influenciado por los preconceptos que de lo desconocido hemos formado. No tenemos una imagen mental de Dios, de hecho, sería imposible tenerla; Dios no es una entidad o un objeto, sino una construcción de nuestro preconcepto de cómo pensamos que tal entidad debería ser.
 La convivencia con los mitos, ha provocado que la razón se pondere sólo en ámbitos propios de eruditos. Las pasiones y superficialidades han resultado mucho más seductoras para al ser humano. Pareciera no haber ya en él, ánimos de conocimiento ni de superación intelectual, y, salvo casos puntuales, la brillantez del raciocinio, no es sino un paradigma que se aplica únicamente a una “aristocracia intelectual”.
 
En muchas ocasiones prescindimos de la razón, y lo hacemos a sabiendas, como quien asume una mediocridad asimilada y sumamente reconfortante; una que alimenta en el hombre el ansia de buscar la verdad a tientas y nunca abandonar la visión supersticiosa del mundo.
¿Qué hay en las pasiones para el hombre? Tal vez no mucho, salvo la esencia del primitivismo que, de hecho, no le es del todo ajeno.
Poseemos todas las características para ser una maravilla del intelecto; criaturas meramente inquisitivas, por demás eficientes y sumamente escépticas y prósperas. Tal vez las incertidumbres han contribuido con nuestra necesidad de divinizar aquello que no se sabe existente, pero que cumple con los requisitos de una criatura no tan racional, intuitiva y en extremo supersticiosa: el mismo ser humano.

1. Para el empirismo, el conocimiento sólo se construye a partir de la experiencia. No existen ideas innatas, la experiencia es el único medio de construcción intelectual.
 
2. Desde Epicuro, sabemos que la experiencia sensible es el criterio de verdad más razonable. Epicuro postulaba que los sentidos son el medio, el único medio para la adquisición de conocimientos. Respecto al conocimiento, Epicuro sólo considera reales las cosas que pueden ser captadas por los sentidos, única forma válida de conocimiento. De allí se desprenden sus tres criterios de verdad: la sensación, la anticipación y la afección.

El Ser Imaginario - Capítulo 16

 
El Ser Imaginario - Capítulo 16 (Un Sistema Manipulador y Corrosivo)

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"Millones de seres inocentes, hombres, mujeres y niños, desde la introducción del cristianismo, han sido torturados, asesinados, puestos en prisión quemados, y, sin embargo, no hemos avanzado ni una pulgada hacia el consenso general. ¿Cuál ha sido el efecto de obligar a la gente a creer? Que la mitad de la humanidad vive engañada y la otra mitad vive en la hipocresía, con tal que el error y la mentira no desaparezcan del mundo."
Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos de América. (1743 - 1826)

En palabras de Richard Dawkins:

“El problema con la tradición es que, por muy antigua que sea una historia, es igual de cierta o de falsa que cuando se inventó la idea original. Si te inventas una historia que no es verdad, no se hará más verdadera porque se trasmita durante siglos, por muchos siglos que sean.”
Con estas palabras, Richard Dawkins nos describe con exactitud la situación en que se encuentran, no sólo las tradiciones en general, sino también los mitos religiosos. La tradición, es un factor que impide la aplicación de la razón a lo inculcado, ya que se trata de algo aceptado por ser considerado de valor cultural, y esto implica la ausencia de crítica al respecto de la idea transmitida. El verdadero problema con esto, es que la ausencia de análisis sobre las costumbres, no necesariamente es beneficiosa para el desarrollo humano. La tradición, así como el desconocimiento, tornan vulnerable al ser humano frente a situaciones de evidente fraude, como es el caso de las religiones. La tradición, el desinterés y la ignorancia, son factores que juegan un rol en la permanencia de los mitos. El cristianismo, no escapa a este parámetro, y es, en tal caso, uno de los principales lastres sociales de la actualidad.
 
Examinando la historia de las religiones, encontramos que los cultos más representativos, han sufrido una aceptación por tradición y no por validez o vigencia. El cristianismo por ejemplo, como un inequívoco símbolo de su inserción cultural, ha desvirtuado la esencia del libre albedrio, transformándolo en la obligación moral de la aceptación de Dios. ¿Existe acaso en la idea de Dios, alguna característica que se pueda clasificar como naturalmente necesaria para la humanidad? ¿Remiten los mitos alguna ventaja para el desarrollo o el bienestar de los hombres? Evidentemente no.
 
Basta con escudriñar en los anales de la historia, para percatarse del nulo fundamento para la existencia de las religiones o de la validez de la idea de Dios como precursor del bien común; así como de la evidente irrelevancia del sistema religioso en los avances sociales o los valores humanos. En realidad, la historia nos ilustra al respecto del nefasto efecto que las religiones -sobre todo el cristianismo- han tenido en nuestro desarrollo científico, social y cultural.
 
Desde el comienzo, encontramos en la Biblia pautas acordes con un sistema de premios y castigos, en el cual, sólo quienes se adecuen al modelo cristiano, serán premiados con la vida eterna. Este sistema, no premia por las características éticas de la persona, sino que fomenta el sectarismo y avanza contra quienes no comparten su discurso mitológico de dioses y demonios. El cristianismo avasalló todo sistema de pensamiento opuesto al monoteísmo, y posteriormente, a todo aquel que no coincidiera ideológicamente. No se trata de un sistema inclusivo, sino que, por el contrario, excluye a quienes no cumplen determinados requisitos. Los homosexuales por ejemplo, quedan automáticamente excluidos por su condición sexual. ¿Puede la sexualidad de un individuo determinar la valoración que de él se lleva a cabo en un culto religioso?
 
El mismo dios bíblico, promueve la discriminación y sectorización, destruye a quienes lo detractan y se muestra como un ser incapaz de ejercer tolerancia en cualquier sentido. El cristianismo, ha planteado un discurso sectario y juicioso sobre quienes no demuestran credulidad y permeabilidad al mito. Por otro lado, la Biblia no plantea pautas de convivencia entre las personas, no arroja luz sobre problemas existenciales, y mucho menos esclarece porqué debemos poseer una legislación de pensamiento para ser morales ante los ojos de Dios.
 
Es innegable, que el cristianismo condiciona la filiación ideológica o el reconocimiento del individuo, de acuerdo a la aceptación del mito por sobre las acciones o valores humanos. Es evidente también, que las personas carentes de virtud desde la visión cristiana, aquellas que nunca serán merecedoras de la “gracia divina”, son, en primer lugar, quienes niegan a Dios:
 
Salmo 14:1
 
El necio se dice a sí mismo: "No hay Dios". Todos están pervertidos, hacen cosas abominables, nadie practica el bien.
 
Samuel 14:2
 
El Señor observa desde el cielo a los seres humanos, para ver si hay alguien que sea sensato, alguien que busque a Dios.
 
Finalmente, el escaso margen que el cristianismo otorga a la sabiduría, dado su afianzamiento en los estratos sociales con menor acceso a la información (1), siendo este su modo de inserción primario, ocasiona que difícilmente se lo pueda igualar con otra doctrina tan inmoral, dañina y limitante para la humanidad. De hecho, el cristianismo tolera mejor la ignorancia del crédulo que el conocimiento del escéptico. Y en estos paradigmas basa sus ideales históricos: podemos creer ignorando, pero jamás descreer conociendo, ya que el conocimiento nos aleja de Dios. Tito Lucrecio Caro, poeta y filósofo romano, nos ilustra al respecto de la posición más sensata:
"Se ha de juzgar que es mejor ser infeliz racionalmente, que feliz irracionalmente; y que gobierna la fortuna lo que en las operaciones se ha juzgado rectamente.”
 
El cristianismo, pretende mitigar la naturaleza del hombre y sumirlo en culpas, temores y negación de las verdades más evidentes; impone una visión distorsionada de la realidad e intenta complacer el ímpetu de los instintos más elementales con falsas libertades, que no son sino la proyección de lo que el culto propone para aplacar las penas de manera temporal. La verdadera perversión, aquella innegable y objetiva, es la que restringe las libertades y nos menosprecia por ser lo que somos. El verdadero pecado, radica en cuestionar nuestra naturaleza en nombre de un ente imaginario. El único cuestionamiento posible, es aquel que nos permite ir más allá de mandatos poco realistas y definir nuestra visión del mundo; un cuestionamiento alejado de fantasías y mitos, de creer que todo puede ser explicado a través de un dios que nosotros mismos pusimos allí.

El ser humano, debe enaltecer su intelecto y ejercer la potestad de hacer un mundo a su medida, sólo es necesario dejar atrás los temores y la manipulación de quienes únicamente creen en sus propias inseguridades. El hombre emancipado de mitos y supersticiones, niega la existencia de seres absurdos, se rige por su propio sentido moral, y ama la vida; porque bien sabe que no hay nada más. La Religión es, en igual medida, irrelevante y dañina. Todos los sistemas de pensamiento relacionados con ella están pervertidos o en proceso de perversión. No es posible encontrar moralidad en su discurso, como tampoco sentido en su existencia, salvo, por supuesto, el de reconfortar a unos cuantos desgraciados que no ejercen la potestad sobre sus propias ideas.

1. Los sectores más precarios de la sociedad, son también los más probables de adoptar sistemas de pensamiento no racionales y convertirse en futuros adoctrinados y adoctrinadores

El Ser Imaginario - Capítulo 17

 
El Ser Imaginario - Capítulo 17 (Sobre el Ateísmo)

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"No pretendo probar que Dios no existe... El Dios cristiano puede existir; igualmente pueden existir los dioses del Olimpo, del antiguo Egipto o de Babilonia. Pero ninguna de estas hipótesis es más probable que la otra: se encuentran fuera de la región del conocimiento comprobable y, por lo tanto, no hay razón para considerar ninguna de ellas... Dios y la inmortalidad, los dogmas centrales de la religión cristiana, no son esenciales a la religión, ya que ninguno de ellos se encuentra en el budismo.... pero en Occidente hemos llegado a considerarlos como el mínimo irreductible de la teología. Sin duda la gente continuará teniendo esas creencias, porque son agradables, como es agradable considerarnos a nosotros mismos virtuosos y considerar malvados a nuestros enemigos.”
Bertrand Russell, filósofo, matemático, lógico y escritor británico. (1872 - 1970)

El término “ateo” significa “sin Dios”. Se trata básicamente, de quien no acepta argumentaciones basadas en la fe; busca evidencias, y en ellas se basa para emitir un juicio.
No hay bien más preciado para el ser humano que su intelecto. La racionalidad, nos ubica en la cúspide de la Evolución. ¿Qué tanto valoramos esta característica que no tiene parangón en la Naturaleza? Tanto como la ponemos en práctica en nuestras vidas. No hay mérito en el conformismo y el desconocimiento, la razón recompensa a las mentes inquietas.

Es evidente, que el adoctrinamiento y el desinterés por la veracidad, cumplen su función de manera efectiva: impedir el discernimiento y eliminar cualquier resabio de intelecto que pudiera amenazar la adopción de mitos. De hecho, la brillantez intelectual que la definición “Ser racional” supone, no es una cualidad inherente a todos los seres humanos. Incluso podría decirse, que el común denominador de la población mundial, vive una existencia rudimentaria y poco pretenciosa.
 
Nuestro deber moral como seres pensantes, es transmitir a las siguientes generaciones, valores acordes con nuestra realidad cotidiana. No es ético, entender al conformismo como un mérito, en cambio, deberíamos indagar y obtener las verdaderas respuestas sobre nuestro origen y los fenómenos de la Naturaleza.
 
Los padres por ejemplo, en su rol de educadores primarios, deberían, este es precisamente uno de los daños que ocasionan las religiones: imponen valores falsos y cercenan la posibilidad del cuestionamiento.
 
Por otra parte, si entendemos que el ser humano es, por definición, una criatura pensante, y asumimos que su racionalidad es una herramienta de supervivencia y superación; de la misma manera debemos reconocer la legitimidad de dicha herramienta por sobre la intuición y el mito inculcado.
 
¿Qué bien puede brindarnos la negación de la razón y el ignorar los designios de la Naturaleza? Evidentemente ninguno, por lo tanto, solo hay dos posibles caminos para la humanidad: aferrarse al mito de manera definitiva o aceptar de una vez por todas las responsabilidades que nuestro intelecto nos confiere. En palabras de Simone Beauvoir:
 “Lejos de que la ausencia de dios autorice toda licencia, al contrario, el que el hombre esté abandonado sobre la Tierra, es la razón de que sus actos sean compromisos definitivos.” (1)
 No tiene objeto cuestionarnos sobre el sentido de la nuestra existencia, en lugar de ello, deberíamos preguntarnos fuertemente sobre nuestra motivación para existir. ¿Cuál es el motivo para seguir adelante? ¿Qué nos impulsa? Si pretendiéramos ampliar nuestro conocimiento y potenciar nuestras capacidades como seres pensantes, para así poder aspirar a un futuro próspero para nuestra especie, deberíamos entonces regirnos por paradigmas realistas, tomar lo que nos es útil y descartar lo que no nos aporta en dicha búsqueda.
 
Las religiones, representan un freno a las nuevas ideas, obstaculizan los avances sociales y nos retrotraen al oscurantismo. Por otro lado, anulan el pensamiento crítico y exaltan el temor a lo desconocido. Toda religión es, de por sí, dogmática, carente de autocrítica y ajena a cualquier conocimiento.
 
En este punto, podemos poner las posibles opciones en perspectiva, para así establecer una comparación entre sistemas de pensamiento antitéticos, reconociendo falencias y virtudes de cada uno:
 
Las creencias se basan en mitos, interpretaciones no razonadas que suponen una explicación para, no sólo lo que vemos a nuestro alrededor, sino también para los resultados de las situaciones cotidianas. El religioso, se encuentra particularmente cómodo siendo regido por sistemas irracionales; mismos que le son satisfactorios cada vez que lo eximen de indagar. Es decir que, proyectan en sus mentes una fantasía, que les permite evadir el desgaste intelectual. La superstición, apela al conformismo y al sin sentido de explicar lo que se desconoce, por medio de pseudo-explicaciones.
 
El escéptico en cambio, se basa en la duda, en la puesta en práctica de la crítica sobre los fenómenos a los que está expuesto.(2) Apela a la razón para desentrañar los misterios de la vida. El escéptico es realista, no basa sus conclusiones en mitos, sino en realidades tangibles. Adopta una filosofía de vida, basada en la razón y acepta la realidad, entiende que la muerte es inevitable y niega la existencia de seres incomprobables, como dioses o cualquier otro tipo de deidad.
 
En el orden intelectual o lógico, se hacen necesarios métodos de análisis; es imposible para nosotros racionalizar el mundo sin éstos. Por ello, necesitamos cuestionar y obtener criterios de verdad sobre todas las cosas, para así definir, qué tan posibles son en la práctica.
 
El espíritu analítico, es siempre necesario como método de conocimiento. Si entendemos esto, podemos inferir que, basados en nuestra lógica, debemos medir la realidad o la probabilidad de determinados sucesos. Si un sistema de pensamiento, se fundamenta en realidades comprobables para llegar a una conclusión, podemos decir que estamos frente a un modelo coherente y objetivo desde cualquier punto de vista. En palabras de Aristóteles:
 
"Una verdad debe ser una deducción de otras verdades." (3)
 
Después de todo, si tomamos como parámetro la realidad, debemos reconocer que toda filosofía que la evada, será de por sí, absurda.

Tenemos entonces dos filosofías, una que convalida y legitima el conformismo y la irracionalidad, así como el despropósito de la veneración a seres incomprobables. Y otra que propone tomar las riendas del propio destino, asumiendo las responsabilidades, reconociendo a la realidad como único parámetro y a la razón como medio para reconocerla. Sólo uno de estos sistemas de pensamiento fomenta la libertad intelectual; sólo uno se basa en la razón, así como en la valoración del humano como ser pensante.
 
Teniendo en cuenta ambas opciones y considerando que nuestro objetivo final debe ser la superación como especie, deberíamos optar entonces por la objetividad y el sentido común. Siempre llegaremos a la misma conclusión, no existen mitos válidos, ya que son sólo eso; mitos.
¿Debemos, como seres pensantes, basar nuestro proceder en fantasías y supersticiones de todo tipo? Evidentemente, la respuesta más sensata será siempre que NO… La razón debe prevalecer sobre la intuición, ya que no existe bien posible para nuestra especie, si nos negamos a nosotros mismos como lo que somos: criaturas racionales.
 Si buscamos una respuesta honesta al respecto de la efectividad del ateísmo como sistema, debemos tener en cuenta, que éste no es, salvo excepciones, un sistema que se haya aplicado a gran escala. Es una doctrina más acorde con el humanismo y la libertad de pensamiento, que con la masificación ideológica que las religiones practican actualmente. A pesar de ello, los ateos han sido muy relevantes en la historia. Muchísimos personajes, de las más diversas ramas del conocimiento, tenían una filiación humanista, o bien, eran serios críticos del sistema religioso imperante. Debemos también reconocer, que el sólo hecho de no creer en Dios, no mejora ni empeora nada; aunque muchos avances sociales son consecuencia del pensamiento escéptico y la negación de las normas cristianas: el laicismo, la libertad de opinión, la independencia intelectual, la potestad sobre el cuerpo y la sexualidad; así como tantos otros.
 
¿Cuál es después de todo la alternativa? ¿Entender que algo diferente de lo biológicamente clasificable se encuentra en alguna parte del Universo acuñando poderes y definiendo nuestro destino, sólo por el hecho de existir? Carecer de respuestas al respecto de algunos sucesos o circunstancias de la vida, no es fundamento para tales elucubraciones.
 
El ateísmo, más que sólo la negación de seres absurdos, representa nuestra verdadera esencia. El hombre, tiene como tarea descubrir, cuestionarse y ejercer sus facultades críticas. El único paradigma al que el humano puede aferrarse, además de la razón, es la libertad; es decir: el encauzar libremente el cumplimiento de su objetivo natural; ¿y cuál puede ser ese objetivo más que ser feliz y hacer felices a quienes ama? ¿Qué otro bien moral puede ser más preciado para cualquier ser humano? Evidentemente, ninguno.
 
Tales bienes morales nos confieren responsabilidades, o bien, definen cómo se puede sostener la tan anhelada libertad. Nuestra libertad, tanto como nuestra razón, son sólo tendencias naturales, designios que nos definen como lo que, de hecho, no podemos dejar de ser: humanos.
 
Ejercer la independencia de la razón, no es sino el medio para obtener la tan necesaria y anhelada libertad. De hecho, la razón y la libertad son complementarias, ya que devienen una de la otra. Entonces, y siendo que los bienes humanos no son únicamente de naturaleza material, sino que lo intelectual, hace a la realización de su finalidad natural, es decir, complementa su experiencia en el mundo como ser pensante; no podemos ni debemos perpetuar la irracionalidad, el absurdo ni la negación.
 
La fe, es el motivo por el cual el hombre ha desdeñado su intelecto en un calabozo de negación, para así perpetuar la ignorancia, la credulidad y el conformismo. La fe es, contrariamente a lo que muchos piensan, un mecanismo que fomenta la desunión familiar, el desamparo del individuo y la abstracción del contexto real. No hay bien posible para nosotros como especie, si no reconocemos tales males y reclamamos la absoluta potestad sobre nuestro destino, sin interferencia alguna de doctrinas dañinas y oscurantistas.

Entonces, y recién entonces, la mediocridad se disipará y dejaremos de estar aprisionados en ese calabozo, producto de la ignorancia, y perpetuado por la errónea esperanza de un bien mayor desde el más allá…

1. Simone Beauvoir (1908 - 1986), fue una pensadora y novelista francesa, representante del movimiento existencialista ateo y figura importante en la reivindicación de los derechos de la mujer.
 
2. Cuando se conoce en demasía, entonces realmente se puede dudar. No hay conocimiento posible sin duda que lo anteceda, por ello, todo conocedor valora la duda como parte del proceso de adquisición de dicho conocimiento, y es esta misma duda la que da origen al pensamiento crítico.
3. Aristóteles (384 – 322 AEC), fue un filósofo y naturalista griego, considerado uno de los filósofos más importantes de todos los tiempos y uno de los pilares del pensamiento occidental. La cita que refiero en el texto, ha sido descontextualizada, el postulado original es:
“Para ser aceptada como conocimiento científico, una verdad debe ser una deducción de otras verdades."

El Ser Imaginario - Capítulo 18

 
El Ser Imaginario - Capítulo 18 (Comportamientos Diferenciados) 

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“La Religión, no es otra cosa que el reflejo fantástico que proyectan en la mente de los hombres, aquellas fuerzas externas que gobiernan su vida diaria, un reflejo en que las fuerzas terrenales revisten la forma de poderes sobrenaturales.”
 Friedrich Engels , filósofo y revolucionario alemán. (1820 - 1895)

Existen distintas posturas filosóficas sobre el conocimiento, algunas de ellas proponen que éste es inalcanzable, y otras que sólo es posible a través del dogmatismo.

Para el escepticismo por ejemplo, el conocimiento no es posible; lo cual encierra una contradicción en el planteo mismo, ya que si el conocimiento realmente no fuera posible, tampoco la idea de ello lo sería. Para el dogmatismo en cambio, no solamente el conocimiento es posible, sino que las cosas son conocidas tal como ellas son, en ocasiones incluso por imposición, sin verificación o sustento externo de ningún tipo, es decir, fundamentándose a sí mismas.
 
Pero la experiencia, sea sensible, verificación histórica o incluso la impresión que se obtiene del contacto con el objeto, es el verdadero fundamento del conocimiento. El medio del conocimiento es la razón, misma que no funciona sino a través de las evidencias o sensaciones que, de la realidad externa percibimos. Podemos incluso afirmar, que esta debe ser la única manera posible de entender el mundo.
 
Desde niños, nuestro mundo se nos revela de manera paulatina. ¿Cómo podemos conocer sobre nada hasta que accedemos al objeto de manera alguna? Sencillamente no podemos. Sólo por medio de experiencias y evidencias se corroboran los hechos de la vida, sobre todo en la niñez.
 
Básicamente, todo lo que conocemos es gracias a la experiencia y a las conclusiones que se obtienen de la misma. Si la razón se utiliza como herramienta de aprendizaje, los conocimientos son adquiridos de manera efectiva; pero no siempre sucede así.

Por alguna razón, individuos de elevado intelecto, se encuentren influenciados por creencias de todo tipo. Aquí es donde aparecen los comportamientos diferenciados o comportamientos basados en la asimilación cultural.

Comportamientos Diferenciados:
 
Se trata de un comportamiento, basado en el criterio que define la posibilidad de aplicar el cuestionamiento a una idea, dependiendo de la manera en que ésta ha sido inculcada o actúa sobre la psiquis del individuo. (1)
 
Sujetos que funcionan de manera racional, que analizan, racionalizan y luego actúan, no se comportan de tal manera frente a los mitos religiosos. El origen de esta conducta es cultural. Los mitos religiosos, son inculcados como verdades incuestionables y esto invalida el análisis al respecto. ¿Qué tanto prevalece el propio discernimiento por sobre los lineamientos culturales? Tanto como el individuo se atreva a cruzar esta barrera.
 
Para afirmar que un sistema de pensamiento es absolutamente objetivo, deberíamos poder demostrar la existencia de una realidad objetiva e incuestionable que da origen a dicho sistema. Los mitos religiosos, jamás podrían hacer tal cosa, dada su naturaleza. Por lo tanto, todo mito debe ser cuestionado y, de ser necesario, reemplazado por explicaciones realistas.

Toda construcción fantástica del hombre, carece de autenticidad en el mundo concreto. No debe ser la creencia lo que defina al hombre, sino el hombre quien desmitifique las creencias. No existe mito capaz de invalidar el análisis racional, ya que su naturaleza fantástica lo excluye como hecho objetivo y demostrable. Hay de hecho, una diferencia substancial entre suponer y saber. La fe no refiere conocimiento, y podemos inferir incluso, que más bien lo impide. (2) Dicho esto, si aceptamos que la fe prescinde del conocimiento para fundamentar una creencia, podemos deducir también, que es -implícitamente- una condición que detiene el normal desarrollo de los procesos lógicos del mecanismo racional. (3)
 
En reglas generales, el conocimiento, el entendimiento y la experiencia, generan escepticismo. Ahora bien, el temor a romper la barrera de los estándares socioculturales y la incapacidad para separar el mito del resto de las situaciones cotidianas, provoca que muchos individuos opten por no cuestionarse y sostengan aquellas ideas que la razón les demuestra falaces. La exclusiva dependencia de la fe, acompañada por un consecuente menosprecio de la razón, dan como resultado un funcionamiento que protege a las creencias de toda crítica o análisis, es decir: los comportamientos diferenciados.
 
¿Qué es una creencia sino un hábito mental? ¿Y cómo se afianzan dichos hábitos en un sujeto que practica la diferenciación de comportamientos en sus creencias? Sencillamente, alcanzando un estado de certidumbre, que a su vez funciona como fundamento de lo que cree verdadero. Entonces el sujeto elimina cualquier posible contraste entre su creencia y la realidad, ya que la hipotética naturaleza incuestionable de los mitos heredados, crea una barrera ante el cuestionamiento. Esto funciona de manera tal, que la capacidad intelectual del individuo no influye en el modo que las creencias son sostenidas, y los criterios, opiniones y actitudes pasan a ser definidos, al menos en cuanto a lo concerniente a la creencia, por el carácter que al mito se le asigna desde la imposición en la niñez.
Otro proceso que, paralelamente a los comportamientos diferenciados, da como resultado la incorporación no razonada de creencias, es el paso o “mutación” de ideas en creencias. Es decir, la inferencia de una creencia basada en una idea primigenia que la origina indirectamente; ejemplo:
 
La suposición de la existencia de extraterrestres que visitan la Tierra, bien puede transformarse en la creencia de que tales seres han visitado o visitarán la Tierra; sólo es necesario que la idea primera sea entendida como mito, y el sujeto la relacione indirecta o inconscientemente, con la cualidad que asigna a toda creencia, es decir: una naturaleza incuestionable y ajena al análisis crítico.
 
Otro aspecto que contribuye a la incorporación de creencias y el modo en que éstas suelen ser perpetuadas, incluso en casos de individuos con una preparación que, sin lugar a dudas, pondría en jaque la validez de las mismas, tiene que ver con el reconfortante sentimiento de comodidad que la aceptación social genera en las personas.
Retrocedamos hasta el Capítulo Quince:
 
“El ser humano forma grupos y socializa, tal es su naturaleza. Cada grupo humano, funciona de acuerdo con roles dentro de la estructura social. El entorno familiar, en particular, es el responsable de moldear la personalidad, así como de fomentar o desalentar la credulidad del niño.”
 
No podemos funcionar solos, necesitamos del grupo, del sustento emocional y moral que brinda la identidad social. Podríamos incluso pensar, que la valoración del mito, no será, salvo excepciones, un dato que interfiera en el vínculo social. Cuando los mitos nos llegan de nuestro entorno afectivo, el carácter reflexivo propio del pensamiento crítico, se ve comprometido y nos tornamos menos analíticos, ya que priorizamos las coincidencias con nuestros afectos, por sobre la legitimidad de las ideas transmitidas.
 
Es preferible para el hombre promedio, permanecer en un estado de conformismo autoimpuesto, que declararse escéptico y rechazar mito tras mito, ya que, la posible exclusión del entorno social, es un atenuante para adoptar tales posturas. De hecho, el supersticioso es socialmente más aceptado que el escéptico, dada la profunda asimilación que los mitos han sufrido en todos los ámbitos. (4)
 
La religiosidad, ha sido y es para muchos hombres y mujeres, un elemento fundamental en la configuración de grupos de pertenencia, y se ha transformado también, en una característica que define la aceptación o rechazo del individuo en el medio social. La gran mayoría de usos y costumbres devienen de ritos religiosos, del pensar religioso o de la interpretación supersticiosa del mundo. Es muy probable, que grandes grupos de personas, instruidas y en condiciones de superioridad intelectual sobre la masa adoctrinada, deban dejar de lado su escepticismo, tan sólo por sostener una socialización condicionada, y participar de ritos que, en última instancia, ellos mismos contribuyen a perpetuar.

1. Las ideas sobre las cuales el comportamiento diferenciado actúa, son siempre de origen externo, dado que esta es una condición para las mismas sean consideradas mito o idea divinizada. Se trata de aquello que, por ser considerado incuestionable, no es analizado de manera objetiva.
 
2. Individuos cuyo funcionamiento mental no ha sido afectado por causas biológicas, suelen presentar secuelas neurológicas y psiquiátricas, debido a que el ejercicio de obstrucción intencional de las facultades críticas, que el pensamiento religioso fundamentalistas supone, condiciona en gran medida sus respuestas mentales. Este condicionamiento del proceso cognitivo, ocasiona alteraciones del pensamiento, las emociones y el comportamiento. Patologías tales como el delirio religioso, o la utilización de la palabra "Dios", para responder a cada situación aparentemente insalvable desde la razón, son sólo algunos de los síntomas que suelen presentar los sujetos expuestos a sistemas de base dogmática fundamentalista.
 
3. Es imposible conocer aquello que no ha sido experimentado y/o analizado. No se conoce a partir de la aceptación prematura, a priori del cuestionamiento. En tal caso, se estaría aceptando de manera arbitraria, algo que la razón no puede sustentar como verdad objetiva.
4. La consciencia volitiva del hombre, permite que la razón pueda ser reemplazada por mecanismos accesorios. O bien, que ésta no sea sino una opción, en lugar de la pauta para cualquier análisis crítico.

El Ser Imaginario - Capítulo 19

El Ser Imaginario - Capítulo 19 (Conclusiones) 

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“Día vendrá en que el engendramiento de Jesús por el Supremo Hacedor como su padre, en el vientre de una virgen, será clasificado junto a la fábula de la generación de Minerva en el cerebro de Júpiter.”
 Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos de América. (1743 - 1826)

A lo largo de este relato, he identificado y analizado diferentes aspectos de dos males profundamente arraigados en la sociedad, que, a su vez, devienen uno del otro; la creencia en seres irreales y el sistema más falaz y dañino que el ser humano ha creado y padecido: la Religión.
 
Sobre la posibilidad de la existencia de Dios, debemos entender que no hay motivos ni evidencias para creer que sí, mientras que existen muy buenas razones para pensar que no. Dios pasa a ser un objeto indefinible, imposible de afirmar o desmentir desde lo fáctico, ya que su posibilidad de ser verificado es nula. Debemos entonces ubicar la idea de éste, dentro de la categoría de insensata e inverosímil.
 
La Religión es un fenómeno social, por lo tanto, es imposible comprenderla sin estudiar los procesos socioculturales que le dan forma. Es también un indicador de la salud intelectual de una sociedad, ya que podemos valernos de ella para obtener un registro de qué tan dogmática es la cultura en cuestión. El ateísmo por ejemplo, está fuertemente concentrado en los países desarrollados. En los países en vías de desarrollo, la densidad de ateos es insignificante, al igual que en aquellas poblaciones con un promedio de edad alto. Estos datos, nos dan la pauta de qué tan relevante es la religión como factor de análisis de una sociedad.
 
La Religión, no se define sólo por la creencia en una trascendencia, sino más bien por los valores impuestos como positivos y negativos inherentes en la concepción religiosa. La idea de la deidad, el Dios como objeto de adoración, es lo único posible de ser concebido por sobre el hombre y la noción del mismo; es una idea tan antigua que pretender racionalizarla es en la gran mayoría de los casos; fútil.
 
La divinización de los objetos, surge en la antigüedad como una manera de idealizar la imagen femenina, representación de la fertilidad y la protección. Posteriormente, esta idea es adoptada por las religiones occidentales, y se modifica la imagen femenina por modelos más acordes con una sociedad donde el patriarcado es la pauta. La imagen femenina, pasa a ser reemplazada por un Dios unipersonal, hombre; siendo, ya no una entidad física, sino más bien una concepción que unifica los conceptos ideales concebidos para estas sociedades emergentes.
 
Para Durkheim, sociólogo francés, la Religión no persigue un fin de conocimiento, sino más bien una función social, no hay en ella una realidad divina o trascendente que transmitir, sino un modelo que se corresponde con la naturaleza social a la cual pertenece. Durkheim también sostiene, que toda forma de culto es una expresión de los miedos o misterios que el ser humano concibe, siendo la religión su extrapolación en el ámbito social.
 
¿Qué tenemos entonces?
 
Parámetros ancestrales que no pueden analizarse sino en base a su propia naturaleza, misma que no responde a la razón, ya que no pertenece al mundo de lo concreto; sino que es la representación del desconocimiento del hombre antiguo. Un sentido de trascendencia y divinidad que proviene de conceptos obsoletos y para nada acordes con una cultura donde los desarrollos tecnológicos y el apego al conocimiento son las pautas del desarrollo de las sociedades. Una respuesta a los parámetros que la sociedad ha impuesto, los que, paradójicamente, no le permiten superarse a sí misma, por ser justamente el motivo primero de un estancamiento muy terrenal; pero proyectado en ideales sobrenaturales. (1)
 
No se trata de un dilema que enfrenta al teísmo con el ateísmo, más bien se trata de la puja entre oscurantismo y racionalidad, entre un placebo mental que nos limita como seres racionales y un sistema de pensamiento basado en el sentido común y la valoración del ser humano por sus propios méritos. Es en pocas palabras, se trata de tomar conciencia de nuestras capacidades y sencillamente ponerlas en práctica para obtener beneficios y un futuro próspero y realista para nuestra especie.
 
Podemos decir también que esta batalla incesante y surrealista entre racionalidad y estancamiento intelectual, que ya ha superado las barreras históricas, imponiéndose como una constante en la humanidad; debe ya llegar a su fin.
 
Podríamos pensar que la Religión, indistintamente de existencia de Dios, nos brinda reglas morales sin las cuales no podríamos tener una sociedad ordenada; pero esto es falso. No existe moral objetiva válida, ya que la moral no funciona por imposición, sino que nace en el interior de cada ser pensante. O como lo diría Ayn Rand:
“Un "mandamiento moral" es una contradicción en los términos. Lo moral es lo escogido, no lo forzado; lo comprendido, no lo obedecido. Lo moral es lo racional, y la Razón no acepta mandamientos.”
 
El concepto de religión es obsoleto e innecesario, se trata de un sistema de pensamiento arcaico y poco realista, que impide el avance de las sociedades, imponiéndoles un pensamiento más acorde con estadios primitivos del desarrollo humano, que con las necesidades de nuestra era. La religiosidad, es erróneamente relacionada con bienestar y paz, cuando es más bien promotora de violencia e intolerancia. Tanto el concepto de “Dios” como el de “Religión”, son obsoletos y opuestos al sentido común. Transforman al ser humano en dependiente de una idea falsa, misma que supone el camino hacia una salvación hipotética, pero en definitiva, tan fantástica como la idea que le da origen.
 
Las religiones y su concepción de Dios, son también contrarias al desarrollo de las sociedades, ya que no validan el mérito por el esfuerzo realizado por el hombre, mientras que sostienen un discurso arcaico de adulación a toda clase de seres imaginarios que se supone son los causantes de nuestro bienestar.
 
El único parámetro lógico para discernir sobre nuestra naturaleza y origen, debe ser la racionalidad, y en función de ella, podremos finalmente abarcar nuestro dilema existencial; ya basados en lo absolutamente concreto y alejados de toda superstición.
 
Podríamos pensar que nuestro temor a estar solos en el Universo, sin pautas que seguir, ni sentido alguno de la vida; explicarían el por qué de la necesidad de inventar un creador y seguir una moralidad, que, a fin de cuentas, no es sino una de las tantas manipulaciones intelectuales que el ser humano ejerce sobre su misma especie. Pero, aunque algunas personas así lo crean, el verdadero motivo por el que la gran mayoría de personas en la actualidad considera necesario creer en lo inexistente, tiene más que ver con consideraciones culturales, políticas y económicas, que con un sentimiento genuino en última instancia. Retrocedamos hasta el capítulo 7:
“Las religiones necesitan de la pobreza, ya que se nutren de ella, así como de la ignorancia que conlleva. Sencillamente, no hay mejor presa que las personas poco instruidas. Después de todo, ¿no es acaso razonable, que la porción de la sociedad con menor acceso a las herramientas de análisis, sea también la más permeable de aceptar un sistema opuesto a la obtención de fundamentos sólidos?”
 
Estamos frente a un dilema educacional, intelectual y a fin de cuentas también económico. Las religiones organizadas lucran con el desconocimiento y la ausencia de cuestionamiento de personas que, en última instancia, no son sino víctima de las incertidumbres que los propios sistemas socioeconómicos les deparan y del escaso acceso a opciones para una mejora en su situación de precariedad.
En los países más carenciados, no existe resistencia de ningún tipo a los cultos religiosos, es más, en algunos de ellos, el Estado se ocupa de inculcar las creencias, ya que éstas se consideran herencia cultural y su legitimidad o valor moral se dan por sentados.
 
La manipulación de las masas no intelectualizadas, es una de las herramientas que permiten a los cultos perpetuarse impunemente sin regulaciones de ningún tipo. El manipulado, asume que su creencia es verdadera, la difunde, y contamina al resto. No es necesario comprender cada proceso manipulador en profundidad para reconocer el inmenso fraude.
 
Podemos afirmar que el pensamiento escéptico, responde al requerimiento primario de nuestra naturaleza racional. Es también, el sistema de pensamiento que más acerca al hombre a su verdadera naturaleza; es una revalorización del hombre por sus propios méritos, así como el reconocimiento de su intelectualidad y capacidad de transformación del medio para su propio bienestar.
 
Todo conocimiento, idea o sistema doctrinario, debe ser susceptible de análisis y consecuentemente de valorización en cuanto a la relevancia que, como aporte para la humanidad, éste posea. Así como Aristóteles, Platón y muchos otros han sido superados con el tiempo; debemos de tal forma entender que todo conocimiento es reciclable de acuerdo al momento histórico. Por ello, debemos también debemos cuestionar nuestras creencias. Si podemos superar el conocimiento adquirido de pensadores de la talla de los nombrados; ¿cuánto más debemos analizar con objetividad nuestros mitos inculcados?
 
Desde el comienzo de nuestra historia religiosa, hace ya miles de años, tanto el cristianismo como tantos otros credos, han ido mutando, adaptándose e imponiéndose; muchísimas veces por la fuerza. Es un hecho, que actualmente el ateísmo y el agnosticismo, son socialmente más aceptados que unos siglos atrás, cuando la descreencia era juzgada con dureza y no había posibilidad alguna de difundir ideas contrarias a la Iglesia o cualquier otra doctrina religiosa imperante. También es cierto que hemos sido testigos de una innegable decadencia de los cultos religiosos. Estadísticas donde se evidencia un creciente escepticismo, así las innumerables publicaciones de diferentes cultos que intentan convencer a potenciales adeptos con promesas de la más variada índole; son prueba indiscutible de ello.
 
En lo personal, considero que la decadencia religiosa y el subsiguiente alejamiento del mito, proceso que paulatinamente se transformará en olvido, es un resultado inminente del progreso intelectual de nuestra especie. Hoy día, no hay ya posibilidades, como si las hubo en otras épocas, de que nuevas creencias surjan, dado el altísimo desinterés que las personas demuestran por las religiones a medida que el conocimiento se deja asimilar. Además de lo cual, es imposible que el desgaste de los cultos religiosos no dé sus frutos, y los éstos terminen por convertirse en meros recuerdos del pasado.
 
Mi hipótesis no se basa en un cambio inmediato, hablo de generaciones; tal vez siglos. El ser humano tiene potencial, sólo debe desligarse del lastre de la superstición y avanzar hacia un futuro regido únicamente por la razón en lugar de supeditarnos a subsistir para alcanzar metas imaginarias, inmorales e intelectualmente limitantes para la humanidad.
 Las creencias no se discuten; las ideas sí. Ambas son enunciados que las personas consideran ciertos, sólo que siendo una especie racional, las ideas se corresponden con nuestra naturaleza inquisitiva; mientras que las creencias sólo confieren un carácter supersticioso a nuestro entender del mundo.
 
Si la ausencia de cuestionamientos define al supersticioso, y, a grandes rasgos, podemos decir que la asimilación cultural de criterios religiosos es una muestra de ello; entonces esto significa que las sociedades no poseen autonomía real (al menos ideológica) de las doctrinas religiosas. Esto nos lleva a evaluar qué tanta relevancia damos a nuestros conocimientos, como para que la visión del ser humano continúe anclada al primitivismo intelectual que las religiones pregonan.
 Podríamos pensar que esto es algo que no podemos evitar, pero; ¿Por qué? ¿Qué está en juego? Seguramente nuestra independencia ideológica, pero en definitiva, y a fin de cuentas; nuestra dignidad.
 
Debemos romper las ataduras con la superstición, evitar el avasallamiento ideológico y enaltecer el valor del conocimiento objetivo, para legitimar de una vez y para siempre el fundamento de los derechos que se conceden al hombre: su calidad de digno y merecedor de los frutos de su esfuerzo; sin fe, sin lineamientos morales absurdos y en concordancia con su capacidad como ser pensante. Debemos retornar a nuestras bases racionales, y, al igual que el filósofo griego Protágoras entendía; reconocer que el hombre es la medida de todas las cosas: de las que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son; así como reconocer que no hay existencia divina posible que nos conste o nos sea relevante…
 
La religión es, en sí misma, una negación del derecho a ser felices, a ser intelectualmente libres para interpretar el mundo por nuestros propios medios y reconocernos capaces de hacer un futuro a nuestra medida. La religión, acostumbra al ser humano a obviar el disfrute y lo sume en culpas que son el medio para la domesticación de los instintos.
 
¿Existe algo más relevante en términos de dignidad que la necesidad de ser libres? ¿Podemos obviar nuestros deseos de llegar hasta las últimas fronteras existentes en nombre del desconocimiento?
 
El hombre no puede ni debe aceptar parámetros que lo limiten, que lo subyuguen y le impidan realizar la meta de transgredir toda frontera existente en favor del conocimiento y el desarrollo social, cultural y tecnológico; mismos que lo catapultarían como especie y definirían sus logros en este mundo.
 
La dignidad no es un valor inherente a nuestra especie como nos han hecho creer; podemos perderla o conservarla, sólo depende de qué tan preparados estemos para afrontar el reto y reconocernos capaces de ejercitar el derecho de tomar nuestras propias decisiones; apoyados en la razón como eje de las mismas, es decir: ejercitar nuestra autonomía intelectual y definirnos como seres pensantes. El único bien posible para la humanidad se encuentra en la aceptación y puesta en práctica de una absoluta e innegable soberanía sobre su propio destino, el reconocimiento de su derecho a ser libre y la negación de toda concepción insensata.
 
Si la realidad es el parámetro de la cordura, la superstición es la pauta del insensato, y esa insensatez nos ha puesto en un dilema que implica rechazar el conocimiento adquirido, con el único fin de alimentar un sistema destructivo.
 
Toda concepción divina nos es ajena, ya que no existe -a nuestro entender- tal cosa como lo divino. Nuestras vicisitudes son de naturaleza material, y, en el peor de los casos, emocional. Cualquier necesidad de dioses o deidades, no hace más que retrotraernos a nuestra infancia, cuando todo lo mágico e inexplicable suplía a las soluciones reales. (2)
 
La imposibilidad de alcanzar el conocimiento absoluto, aquel dilema que, sumado a la ignorancia y la precariedad intelectual, ha impulsado la búsqueda de consuelos fuera de este mundo; suele ser el punto de partida de quienes no admiten que las dudas pueden gobernar nuestro entendimiento. Sin embargo, no todo está perdido. Paulatinamente, las sociedades se alejan de la idea de Dios e ignoran los discursos religiosos, comprenden que la razón es la verdadera herramienta para el desarrollo humano, y reconocen que la Ciencia ha hecho por nosotros -en unos cuantos cientos de años- más que todos los mitos imaginados durante la historia.
 
Llegará el día en que la superstición quedará relegada por el conocimiento, la "Verdad Divina" será reemplazada por la veracidad, y el sistema nefasto que hemos dado en llamar "religión", aquel que adormece la mente humana y sofoca las ansias de superación, pasará a ser tan sólo un recuerdo, el remanente de un oscurantismo cuyos últimos reductos fueron la ignorancia y el conformismo. Recién entonces, la luz del conocimiento se abrirá paso a través de la neblina de la fe, y el discurso insolente del crédulo, será silenciado por la contundencia inobjetable de la razón. Ignorando desde entonces todo presagio, castigo divino o maldición, que alguna vez se haya pretendido imponer a los hombres, y enalteciendo uno a uno los valores humanos, seremos testigos del nacimiento de una nueva civilización de hombres libres, dignos y valientes, cuyas voces se alzarán en un sobrecogedor clamor por la razón y la dignidad, negándose ya a tolerar los atropellos de sistemas fundamentalistas, obsoletos y asesinos, que otrora impusiera la más absurda y salvaje doctrina, con el único fin de perpetuarse a costa de embrutecer, dividir, y, en definitiva, menospreciar al ser humano; amparados en la absurda idea de una divinidad, engendrada por el miedo, perpetuada por la ignorancia y desmitificada por la facultad más maravillosa que la Evolución nos proporcionó: la razón. (3)
 
La humanidad seguirá avanzando, desarrollándose y definiendo metas, mientras que quienes queden relegados en el mundo fantástico que las religiones tan efectivamente han diseñado, seguirán anhelando la salvación, que algún mesías imaginario les propone desde lo más recóndito de sus propias mentes.
 
1. Desde la antigüedad, el hombre ha especulado con seres sobrenaturales para explicar lo que su precariedad no le permitía comprender. Los interrogantes sobre el origen y la naturaleza de nuestra existencia, así como el ansia del conocimiento absoluto, han sido las motivaciones para imaginar soluciones ante aquello desconocido o incomprensible. El hecho de que algunas culturas -aisladas- desarrollaran la idea de Dios, no significa que fueran motivados de la nada para creer en él, como si éste fuese algo implícito en la consciencia humana. Esto en realidad, tiene mucho más que ver con el “primitivismo intelectual”. El hombre, en situaciones de precariedad, busca soluciones sobrenaturales, por este mismo primitivismo. Allí surge la divinización de los objetos y de la naturaleza misma.
 
2. El ser humano nace con un desconocimiento absoluto de la realidad. Adquiere una idea sobre ésta, a partir de la observación. Por ejemplo, una persona que nace en la selva, corrobora la existencia de su entorno, pero de ningún modo puede suponer la existencia del mar. Dar por sentado su existencia sería erróneo, porque del mismo modo que supone la existencia de un mar de agua salada, también podría "creer" en un mar de agua dulce, un mar de plomo fundido etc.
 
3. En su obra, “Filosofía del Ateísmo” del año 1916, Emma Goldman escribió. "¿Cómo devolver a la gente la idea de Dios? Es la pregunta de todo teísta. Puesto que la Religión, "la Verdad Divina", las recompensas y castigos, son las marcas de fábrica más grandes, las más corruptas, la industria más poderosa y lucrativa en el mundo; la industria que sirve para adormecer la mente humana y sofocar su corazón."