domingo, 17 de abril de 2022

Respeto y pasadas de rosca

Respeto y pasadas de rosca

 

Determinados conceptos grandilocuentes se utilizan en muchas ocasiones como piedras filosofales, intentando transmutar cualquier comportamiento en algo incuestionable y, lo que es peor, condenando toda opinión y manifestación contraria.

Uno de estos conceptos es el Respeto (con mayúsculas). Obviamente, respetar a los demás, ser tolerante con las personas y no impedir que cada cual ejerza su libertad, es algo imprescindible en una sociedad que pretenda dirigirse hacia un estado de bienestar e igualdad. Pero no nos engañemos; respetar no es acallar tu voz. Respetar no consiste en dejar que los demás vociferen mientras tú no emites tu opinión para no molestar. El respeto no consiste en la ausencia de crítica, sino todo lo contrario. La tolerancia está en aceptar a alguien que opina distinto que tú, pero no consiste en seguirle la corriente.

Si un tipo está tocando la trompeta bajo mi balcón a las cuatro de la mañana, es posible que mi respeto hacia su comportamiento me incline a no llamar a la policía y mi respeto a su persona me obligue a no tirarle una maceta a la cabeza. Ahora bien, supongo que nadie negará que si le increpo pidiéndole que me deje dormir y que ensaye en otro sitio más despoblado, no estoy faltándole al respeto ni coartando su libertad (entre otras cosas, porque sigue siendo libre de hacerme caso o no).

Pues bien, estoy harto de trompetistas que no sólo ensayan de madrugada bajo mi ventana, sino que me denuncian cuando les pido que dejen de tocar para permitir que el vecindario duerma. Estoy harto de que me tachen de provocador, de intolerante y de extremista por poner un cartel en mi balcón diciendo «trompetista, no me gusta tu trompeta».

Esta semana santa ha ocurrido otro ensayo de trompetista más, de esos que nos tienen acostumbrados y que tenemos que encajar so pena de ser declarados salvajes indocumentados. Esta semana santa, la Delegación de Gobierno y el Tribunal Superior de Justicia han prohibido una manifestación atea en Madrid porque «ofendería» las creencias religiosas.

Por supuesto, nadie se ha planteado (¿o sí?) el que haya gente a la que pueda ofenderle ver una masa de encapuchados adorando a un ídolo de cartón piedra bajo una doctrina que denigra al sexo femenino, a la homosexualidad y a tantos otros colectivos que no caben por el ojo de su aguja. Nadie se preocupa de aquellos padres que las pasan dobladas para explicarles a sus hijos por qué lloran desconsoladamente aquellas personas en televisión cuando llueve y nadie ha derramado una lágrima por la catástrofe de Japón.

Tranquilos de todas formas, que no es tan grave. Como bien acostumbrados que estamos, muchos no ponemos la televisión en semana santa, huimos al campo en cuanto podemos y no pisamos las zonas procesionales. Así de sencillo y de tranquilos zanjamos el problema.

Pero eso sí, calladitos. Que no se nos ocurra pedir a los encapuchados la misma tolerancia, porque si a alguien se le ocurre decir algo en contra, estará «ofendiendo» las creencias religiosas. Y no es que alguien haya pedido que prohíban las procesiones, haya recogido firmas para que quemen los pasos y las estaciones o haya solicitado que el estado cierre las iglesias expulsando a la curia del país. Para nada. Únicamente se ha solicitado una, sólo una, procesión atea. Una manifestación para reivindicar que hay gente que piensa que la religión es perniciosa, que hay personas que opinan que adorar a un trozo de cartón es nefasto para el intelecto y para el avance de la humanidad. Una manifestación para declarar que hay mucha gente que no quiere que se adoctrine a sus hijos desde el estado, la televisión y la «tradición» en una fe que atenta contra la libertad de las personas.

Entiendo que no todo el mundo esté de acuerdo con estas opiniones, y lo respeto. Es más, respeto que lo manifiesten en público y acarreen los símbolos que prefieran a lomo de costalero. Si no me gusta, como digo, basta con apagar la tele e irme al campo.

Pero claro, pedir que otros hagan lo mismo con mis opiniones, es «ofender» las creencias religiosas.

Y el problema es que no se trata de un caso aislado, ni mucho menos. Un obispo puede decir que el cáncer es un castigo divino y quedarse como dios (valga la expresión), pero cometer lo que ciertos estamentos denominan subjetivamente «blasfemia», puede llevarte a la cárcel. En multitud de foros, blogs y otros medios, las opiniones y escritos antirreligiosos son considerados faltas de respeto, mientras se pide tolerancia al primer indocumentado que diga que dios condena el sexo fuera del matrimonio y traumatice a los niños que se tocan la pirulina.

Pues no señores. Callarse no es ser respetuoso. Callarse es ser sumiso. Y hacer callar es ser totalitario. Una sociedad que no deja hablar por no ofender no es tolerante. Y una doctrina que no admite críticas se acerca demasiado a conceptos que creíamos olvidados. Decir que creemos que el fanatismo es malo para la raza humana no es ser irrespetuosos, por muchas vueltas dialécticas que se le den.

Esta semana santa, como tantas veces, los ateos no han hecho callar a nadie, han sido callados.

 

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